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Europa vuelve a esconderse tras palabras vacías mientras Estados Unidos incendia Oriente Medio y la legalidad internacional se convierte en papel mojado.
Mientras los misiles de Estados Unidos e Israel caían sobre territorio iraní dejando centenares de víctimas civiles según la Media Luna Roja, la Unión Europea emitía comunicados asépticos pidiendo “contención” sin atreverse siquiera a mencionar los bombardeos. Ni una sola condena explícita. Ni una referencia directa a la violación de la Carta de Naciones Unidas. Solo la habitual retórica hueca que convierte el derecho internacional en un decorado.
España, esta vez, ha decidido no participar en esa coreografía del silencio. El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, calificó el ataque como “un atropello a la legalidad internacional” y negó el uso de las bases de Morón y Rota para la operación. No es un gesto menor. Supone recordar algo que en Bruselas parece tabú: que la guerra preventiva no es diplomacia y que bombardear sin mandato colectivo es una ruptura del orden jurídico internacional.
EUROPA PIDE CONTENCIÓN, PERO SOLO A LOS BOMBARDEADOS
La presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, habló de “respetar plenamente el derecho internacional”, pero evitó condenar a quien lo vulnera. La jefa de la diplomacia europea, Kaja Kallas, reclamó “máxima contención” mientras la UE condenaba únicamente los ataques de represalia iraníes.
Es la vieja fórmula europea: el agresor no se nombra, el agredido debe serenarse. Una equidistancia que legitima la fuerza bruta bajo la apariencia de prudencia institucional.
Von der Leyen llegó a justificar los bombardeos bajo la premisa de una “transición creíble en Irán” y la eliminación de su programa nuclear y de misiles. Pero el propio secretario de Defensa estadounidense, Pete Hegseth, desmintió cualquier relato diplomático: habló de una misión “devastadora y decisiva” para destruir capacidades militares iraníes. Y el presidente Donald Trump sentenció que los bombardeos durarán “el tiempo que sea necesario”.
Europa pide diálogo mientras Washington anuncia devastación. Esa es la síntesis moral de la UE en este momento.
El European Council on Foreign Relations ha advertido de que los gobiernos europeos no pueden limitarse a esperar un hipotético cambio de régimen. La guerra implica precios energéticos más altos, más personas refugiadas, más inestabilidad. El profesor Alberto Alemanno lo resumió con crudeza: si Estados Unidos obtiene el premio geopolítico, Europa paga la factura. Esa frase debería sonar en cada despacho de Bruselas.
Sin embargo, Francia y Alemania, junto al Reino Unido en el llamado E3, han anunciado que colaborarán para destruir la capacidad iraní de lanzar misiles y drones. Se alinean con la lógica militar mientras fingen apostar por la diplomacia. No hay contradicción más obscena.
BASES MILITARES, SOBERANÍA Y MIEDO POLÍTICO
El Gobierno español ha negado el uso de las bases de soberanía española para la operación. El ministro de Exteriores, José Manuel Albares, insistió en que no se prestará apoyo a nada que no tenga encaje en la Carta de Naciones Unidas. La ministra de Defensa, Margarita Robles, fue clara: no se ha dado asistencia al ataque.
Es una decisión política que incomoda a la derecha española. Desde el PP hasta Vox han acusado a Sánchez de alinearse con los ayatolás. El viejo recurso de convertir el respeto al derecho internacional en complicidad con el enemigo. No importa que la misma posición haya sido defendida históricamente por juristas, por organismos multilaterales y por quienes aún creen que las normas existen para algo.
La paradoja es evidente. Cuando España reconoció el Estado palestino meses atrás, fue señalada. Después, parte de la UE acabó siguiendo ese camino. Ahora ocurre algo similar. Madrid denuncia la ilegalidad mientras Bruselas mide cada palabra para no molestar a Washington.
El trasfondo es más profundo que una crisis puntual. Desde 2003, con la invasión de Irak, la Unión Europea no ha sido capaz de construir una política exterior autónoma frente a Estados Unidos. Se habla de “autonomía estratégica”, pero cuando suenan los tambores de guerra, la mayoría de gobiernos europeos optan por el alineamiento automático. El miedo a fracturar la alianza atlántica pesa más que el compromiso con el derecho internacional.
Mientras tanto, se repite el mismo patrón: la guerra se presenta como solución técnica a problemas políticos complejos. Se habla de “misión clara”, de “objetivos decisivos”, de “neutralizar amenazas”. Se oculta el coste humano. Se normaliza que cientos de civiles mueran como daño colateral inevitable.
Europa se indigna con las consecuencias, pero no con las causas.
La UE teme incomodar a Washington más de lo que teme perder su credibilidad jurídica. Y esa cobardía tiene consecuencias. Cada vez que Bruselas evita nombrar al agresor, el derecho internacional se erosiona un poco más. Cada vez que se invoca la Carta de Naciones Unidas sin aplicarla, se convierte en un símbolo vacío.
No se trata de defender al régimen iraní, cuya represión interna es conocida y condenable. Se trata de algo más elemental: si el derecho internacional solo se invoca contra los adversarios y se ignora cuando lo incumplen los aliados, deja de ser derecho y se convierte en propaganda.
La Unión Europea vuelve a demostrar que, cuando Washington bombardea, Bruselas mira al suelo. Y el silencio, en política internacional, también es una forma de complicidad
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