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«Si alguien en su sano juicio quisiera de verdad iniciar una guerra, debería ser inmediatamente enviado al frente con un fusil en las manos»
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Cuando se declara una guerra, sus trompetas suelen llevar ya tiempo sonando. Lo que hemos estado viendo en los últimos tiempos no ha sido otra cosa que el tubilustrium mediático ordenado por la élite dirigente europea y perpetrado por sus medios afines, es decir, casi todos.
Desde hace algunas semanas, hemos venido viendo declaraciones de ciertos líderes continentales, tales como el presidente de la República Francesa, Emmanuel Macron, o la presidenta de la Comisión Europea, la nobilísima Ursula von der Leyen, en las que apuntaban en esa dirección, en la posibilidad real del estallido de una guerra más amplia que la que existe en este momento. Así pues, por enésima vez estamos asistiendo a la difusión interesada del discurso de la “guerra justa” contra el “malvado tirano”.
Ojo, antes de que toda la caverna se tire a mi cuello y me acuse de prorruso, diré que el nuevamente elegido presidente de la Federación Rusa me resulta altamente despreciable, pero en la misma medida que los antes mencionados Macron, Von der Leyen, por mencionar un par de nombres de una lista que sería interminable.
Volviendo al tema de este artículo, las declaraciones antes mencionadas y su publicación acompañada de argumentos “objetivos” y justificaciones a priori no tienen otro propósito que el de hacer que la sociedad acepte tácitamente una nueva guerra.
Un conflicto de tales características supondría, por una parte, el más que probable uso de armamento nuclear y la consecuente destrucción del planeta, y la adición al bando ruso de sus correspondientes aliados, esto es, China, Irán… o lo que es lo mismo, la III Guerra Mundial.
En un conflicto armado suelen combatir, salvo excepciones, ejércitos regulares enviados por los estados participantes, es decir, financiados con dinero público. Partiendo de esta premisa, los ingentes costes de esta guerra (como de tantas otras) saldrían de las partidas presupuestarias de los estados participantes, es decir, de tus impuestos y de los míos y, dado que el dinero, por desgracia, no es infinito, estos gastos irían en detrimento de tu sanidad y de la mía, de la educación de tus hijos y de los míos, de tu seguridad y de la mía… Habría que ver cuánto tardarían nuestros gobernantes y sus voceros en introducir nuevamente en nuestras vidas el concepto «recortes». Parece que ya veo los titulares: Esta guerra es necesaria para garantizar la seguridad de nuestra civilización y tenemos todos que apretarnos el cinturón para poder sufragarla. También habría que ver si «todos» somos realmente todos.
Pero un conflicto armado no es lo que las películas americanas nos pretenden vender. En un conflicto armado, los inocentes mueren de verdad, la pobreza que genera en los supervivientes es de verdad, y el enriquecimiento de unos pocos también es de verdad. Si alguien en su sano juicio quisiera de verdad iniciar una guerra, debería ser inmediatamente enviado al frente con un fusil en las manos.
Esto es la guerra: Gente de mediana edad mandando a jóvenes a morir como quien manda cerdos al matadero, mientras la prensa lamebotas idealiza, alaba, solemniza y blanquea sus muertes usando conceptos tan abstractos como patria, honor o libertad (en su sentido más prostituido).
Quienes pintamos canas ya nos manifestamos hace dos décadas contra una guerra fundamentada en una absoluta patraña. La historia siempre se repite.
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