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La nueva portavoz del PP es la prueba viviente de que el fanatismo ideológico se premia, no se corrige
DEL PREMIO DE ABASCAL AL HOOLIGANISMO EN EL CONGRESO
Hay quienes hacen carrera con una oposición rigurosa al poder. Ester Muñoz la ha hecho gritando, señalando y obedeciendo. La nueva portavoz parlamentaria del PP no es una sorpresa. Es una culminación. Una síntesis perfecta del autoritarismo sin matices que ha colonizado el discurso de la derecha española desde que la nostalgia de la Reconquista volvió a colarse en el Congreso. Muñoz no disimula: no ha venido a representar ideas, sino a aplastar al adversario.
Nacida en León en 1985, hija de médico y empresario, se afilió al PP en cuanto le dejaron. Antes ya sentía, según sus propias palabras, “el latido de España”. Y así arrancó su cruzada. En 2009, con apenas 24 años, Santiago Abascal —sí, ese mismo— le entregaba un premio por su defensa del castellano y su ataque a las lenguas cooficiales. El premio se lo daba la Fundación DENAES, ese laboratorio de testosterona patriótica que años después serviría de cuna para Vox. El discurso galardonado hablaba de “invasión musulmana”, “gesta cristiana” y “crímenes atroces cometidos por nacionalistas”. Un guion más cercano a El Alcázar no se rinde que a un Parlamento democrático del siglo XXI.
Desde entonces, su trayectoria ha sido una escalada sin pudor hacia el centro de la maquinaria del PP, siempre pegada al ala más dura. Fue senadora, asesora, delegada de la Junta de Castilla y León y presidenta provincial del PP leonés. No por méritos técnicos, sino por fidelidades bien calculadas. Nunca ha ocultado que su partido le importa menos que la “unidad de España”, ni que la política, para ella, es más campo de batalla que espacio de representación. En los pasillos de Génova se la reconoce por sus “papeles trabajados”, como si preparar dossieres de ataque fuese virtud y no síntoma de la decadencia política.
UNA PORTAVOZ PARA APUNTAR CON EL DEDO
El 25 de junio de 2025, Muñoz se levantó de su escaño y apuntó con el dedo a los socialistas desde su escaño. No fue un gesto aislado. Fue una declaración de intenciones. Feijóo la ha elegido precisamente para eso: para golpear. Para agitar. Para llevar la línea Tellado a su máxima expresión. “Clara”, se define ella. Como si la claridad justificara el acoso parlamentario, los discursos de exclusión y los bulos deliberados. Como si un micrófono hiciera de altavoz del alma, y no del aparato.
En el Senado ya dejó huella con una frase que costaría la dimisión en cualquier país con memoria: “15 millones para que ustedes desentierren unos huesos”, le dijo a la ministra Dolores Delgado refiriéndose a la Ley de Memoria Histórica. La excusa posterior fue aún peor: no hablaba de víctimas del franquismo, sino de “una momia”, dijo, en referencia a Franco. Como si los muertos democráticos debieran enterrarse dos veces: una bajo tierra, otra bajo el insulto.
No es anecdótico. Muñoz ha sido una de las voces más activas contra el leonesismo, contra cualquier intento de descentralización real del Estado, contra la diversidad lingüística, contra los derechos de las personas migrantes y contra cualquier intento de convivencia plurinacional. Su trayectoria es una línea recta: recentralizar, castellanizar, polarizar.
Pero Feijóo no la ha elegido a pesar de eso. La ha elegido por eso. Porque necesita alguien que grite más que Abascal para no tener que pactar con él. Porque la crispación es el programa. Porque en una política convertida en plató, las formas valen más que los fondos. Y Muñoz sabe montar el espectáculo con precisión quirúrgica: agresiva pero controlada, obediente pero vistosa.
Su gran momento llegó con la tragedia de la DANA en Valencia, que dejó 228 muertos en octubre de 2024. Mientras miles de familias lloraban, ella utilizó el drama como munición contra Teresa Ribera, acusándola de negligencia y exigiendo que no fuese nombrada vicepresidenta de la Comisión Europea. No pidió responsabilidades por la gestión autonómica, ni reparó en los cuerpos aún bajo el barro. Su objetivo era golpear. Le recomendaron más dureza. Lo hizo encantada. Y ese discurso sigue fijado en su cuenta de Twitter. Como un trofeo.
Ahora, como portavoz parlamentaria, su encargo es claro: taponar la fuga hacia Vox con más Vox. En el último Congreso del PP, mientras algunos buscaban matices, Feijóo ha preferido poner la maquinaria en manos de quien lleva años repitiendo los mantras del ultraísmo nacional. Muñoz, con sonrisa afilada, recoge el testigo con la seguridad de quien nunca ha dudado de su misión: convertir el Congreso en un campo de batalla cultural, donde cada pregunta parlamentaria es un disparo y cada rueda de prensa, una proclama.
Nada es casual. El fichaje de Muñoz completa la “metamorfosis madrileña” de Feijóo, el líder que llegó prometiendo moderación y termina abrazando la estrategia de tierra quemada. Porque para llegar a la Moncloa, cualquier atajo parece válido, incluso dejarse arrastrar por el hooliganismo ideológico.
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