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Ya no le quedan cartas que jugar. El PP se entrega por completo al caudillismo gallego para intentar derrocar a Sánchez.
UN CONGRESO PARA SELLAR LA OBEDIENCIA Y DISPARAR A MONCLOA
El Partido Popular no ha celebrado un congreso, ha escenificado una rendición. El 21.º cónclave nacional, que tendría que haber servido para pensar el país, ha sido un desfile de sumisión al liderazgo de Alberto Núñez Feijóo, un político de 63 años al que el partido ya no le concede margen para otro fracaso. Lo saben sus fieles, lo repiten los barones y lo gritan los editoriales de su prensa amiga: esta es su última bala. Y están dispuestos a vaciar el cargador.
La excusa, una vez más, ha sido la regeneración. En realidad, lo que ha hecho Feijóo es cerrar filas, blindar su núcleo duro y tomar el control absoluto del aparato. Ni debate ideológico, ni cuestionamiento interno, ni crítica alguna. Solo un objetivo: preparar el asalto final a Pedro Sánchez, incluso si para ello hay que invitar a Vox al banquete, seducir a Junts o reventar lo poco que queda de neutralidad institucional.
Ya no hay complejos: solo cálculo, rabia y un proyecto construido a golpe de encuestas.
El caso Cerdán —última granada mediática contra el PSOE— ha sido la gasolina de este congreso. Con el adversario debilitado, el PP ha optado por tensar la cuerda hasta el final. Sin escrúpulos. Sin disimulos. Y sin principios. Porque si algo ha quedado claro es que la derecha española ha renunciado a disimular su hambre de poder. Ya no hay complejos: solo cálculo, rabia y un proyecto construido a golpe de encuestas.
El lema del cónclave lo dice todo: “Toma partido por España”. Traducido: toma partido por el PP. Toma partido por Feijóo. Toma partido contra cualquiera que no se pliegue al dogma azul. El nacionalismo de siempre, esta vez sin corbata.
UN PARTIDO ENTREGADO AL CLAN GALLEGO Y SILENCIADO POR DENTRO
Este no ha sido un congreso ideológico. Ha sido un cierre patronal de pensamiento. La única enmienda seria —la de Alejandro Fernández para vetar pactos con los independentistas— fue desactivada en los despachos, maquillada con eufemismos y enterrada antes de llegar al escenario. Porque Feijóo no quiere vetos: quiere manos libres para pactar con quien haga falta, aunque ayer lo insultara desde la tribuna.
Mientras tanto, los temas incómodos han sido laminados. Ni aborto, ni eutanasia, ni igualdad, ni subrogación. Ni una palabra sobre lo que realmente divide al partido. Ni una voz sobre lo que preocupa al país. Solo silencios estratégicos, pactos de no agresión interna y una fundación —la de Aznar— exigiendo que se vuelva al dogma católico de los noventa. Pero nadie escucha ya a los cadáveres políticos.
El núcleo duro de Feijóo ha sido ascendido como si estuviéramos en una empresa familiar. Miguel Tellado, su escudero de siempre, ocupará la secretaría general y controlará también la maquinaria electoral. Ester Muñoz, leal hasta la médula, será la nueva portavoz parlamentaria. Y Alma Ezcurra, de perfil duro y obediente, se convierte en pieza clave sin deberle nada a Ayuso. Todo atado. Todo bien atado. El clan gallego lo controla todo y se lanza con él a la guerra final.
Cuando la estrategia se convierte en doctrina y el aparato en brazo armado, no estamos ante un congreso: estamos ante una coronación.
Y hablando de Ayuso, su derrota interna ha sido silenciosa pero humillante. Al principio amagó con rebelarse contra el fin de las primarias abiertas, pero se dio cuenta de que no tenía números y volvió a su madriguera madrileña. A cambio, le dejaron un caramelito simbólico: podrá hablar en la clausura del congreso. Pero su batalla está perdida. Feijóo ha logrado lo que Casado no pudo: domesticarla sin pegar un solo tiro.
El resultado: un PP vertical, disciplinado, preparado para pactar con Vox mientras lo niega en público, para seducir a Puigdemont mientras lo insulta en la prensa, y para volver al sistema de compromisarios porque la democracia interna, ya sabemos, es peligrosa.
Este es el verdadero rostro del PP de Feijóo: autoritario por dentro, oportunista por fuera, mudo ante los grandes debates sociales y voraz cuando huele sangre. Un partido que no quiere convencer, sino aplastar. Que no busca consensos, sino mayorías suficientes para imponer su modelo: un modelo viejo, jerárquico y profundamente reaccionario.
Porque cuando todo el partido se pliega a un hombre, cuando no queda espacio para el disenso, cuando la estrategia se convierte en doctrina y el aparato en brazo armado, no estamos ante un congreso: estamos ante una coronación.
Y la historia nos ha enseñado que las coronaciones en política suelen preceder a la decadencia o al desastre.
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