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El presidente canario agitó el miedo, difundió escenarios sin base científica y acabó usando una emergencia internacional para alimentar su guerra contra el Estado mientras la OMS y la UE felicitaban a España por la operación.
DEL PROTOCOLO SANITARIO AL CIRCO DEL MIEDO
Hay dirigentes que, cuando llega una crisis, intentan gestionarla. Y luego está Fernando Clavijo. El presidente de Canarias ha decidido convertir la operación internacional del MV Hondius en una mezcla de espectáculo político, confrontación institucional y paranoia improvisada con Google e inteligencia artificial. Todo mientras organismos internacionales, expertos sanitarios y tribunales repetían lo mismo: no existía evidencia científica que justificara el alarmismo que él y su Gobierno llevaban días difundiendo.
La escena del sábado 9 de mayo fue bastante reveladora. Tres ministros del Gobierno español. Protección Civil. Puertos del Estado. La OMS. Cobertura internacional. Y Clavijo, desplazado del centro del foco porque, sencillamente, la operación dependía del Estado y de organismos internacionales. No de él. Ahí empezó el problema.
Porque pocas horas antes de que el MV Hondius entrara en aguas de Granadilla de Abona, Clavijo lanzó una amenaza pública completamente fuera de sus competencias: “No vamos a autorizar el fondeo de ese barco”. Una declaración grandilocuente. Inútil también. Los puertos son competencia estatal y no existía ningún respaldo jurídico para impedir la operación. Ninguno.
Su propio portavoz, Alfonso Cabello, terminó reconociéndolo el lunes 11 de mayo ante la prensa: no había informes jurídicos, no había informes científicos y no había informes sanitarios que sostuvieran las afirmaciones del Gobierno canario. Ni sobre las famosas ratas nadadoras. Ni sobre supuestos riesgos incontrolables. Ni sobre la necesidad de impedir el desembarco.
Nada.
Aun así, durante días se alimentó la idea de que Tenerife estaba al borde de una invasión biológica digna de una película mala de sobremesa. Lo más delirante llegó cuando se supo que Clavijo había enviado a la ministra de Sanidad un texto generado por inteligencia artificial sobre la capacidad natatoria de las ratas. Ese era el nivel. El presidente de una comunidad autónoma utilizando respuestas automáticas de internet para discutir protocolos sanitarios internacionales durante una alerta epidemiológica.
No consultó evidencia científica. Consultó al “doctor Google”.
Y mientras tanto, quienes sí trabajaban en la operación celebraban más de tres reuniones diarias desde el martes 5 de mayo para coordinar el dispositivo. El propio Cabello admitió que hubo colaboración constante con el Ministerio de Sanidad y con el secretario de Estado Javier Padilla. Eso desmontó otra de las grandes mentiras repetidas por Coalición Canaria estos días: el supuesto desprecio del Estado hacia Canarias.
La realidad fue bastante menos épica. Canarias participó en la coordinación, estuvo informada permanentemente y logró incluso que el barco no atracara directamente, sino que fondeara frente al puerto para trasladar a las y los pasajeros en zódiacs. Pero Clavijo quiso más. Quiso convertir una emergencia sanitaria en una victoria política total. Y ahí empezó el desastre.
Porque cuando un dirigente apuesta toda su credibilidad al miedo, luego necesita alimentar ese miedo constantemente. Aunque sea inventándose escenarios absurdos.
BULOS, PROPAGANDA Y LA OBSESIÓN DE BUSCAR CULPABLES
La presidenta del Cabildo de Tenerife, Rosa Dávila, se convirtió en la otra gran protagonista de esta deriva. Una dirigente que ha aumentado un 62% el presupuesto publicitario de Presidencia hasta alcanzar los 6,5 millones de euros y que durante esta crisis se dedicó a recorrer televisiones y radios sembrando sospechas sobre PCR, contagios y protocolos sanitarios sin aportar pruebas.
Lo grave no es solo la desinformación. Es el uso político del miedo.
Porque mientras expertas y expertos sanitarios calificaban el operativo de “impecable”, dirigentes de Coalición Canaria seguían insinuando que el Estado estaba poniendo en peligro a la población canaria. El inmunólogo Alfredo Corell desmontó públicamente varias de las afirmaciones de Dávila en televisión. Y aun así siguieron.
Siguieron porque el objetivo nunca fue sanitario. Era político.
Clavijo necesitaba construir un enemigo exterior. Primero fue el barco. Luego el Gobierno central. Después la inmigración otra vez. Porque apenas terminó la operación del Hondius, el Ejecutivo canario volvió a rescatar el discurso del abandono migratorio y el “repunte” de cayucos para recuperar el terreno perdido en la confrontación.
Es una estrategia bastante transparente. Cuando la gestión hace aguas, se agita el miedo. Cuando los hechos desmontan el relato, se cambia rápidamente de enemigo.
Mientras tanto, organismos internacionales felicitaban a España por la operación. Naciones Unidas. La Comisión Europea. La OMS. Incluso el papa León XIV agradeció públicamente “la acogida que caracteriza al pueblo de las Islas Canarias”. Un reconocimiento internacional que dejaba a Clavijo en una posición incómoda: el dirigente que intentó bloquear una operación sanitaria alabada globalmente.
Y aun así siguió insistiendo.
Siguió hablando de ratas. De riesgos remotos. De escenarios improbables. Siguió sugiriendo que Cabo Verde debía asumir todo el problema pese a tratarse de un país con muchos menos recursos sanitarios y una renta per cápita ocho veces inferior a la española (4.218 euros frente a 34.210).
La Audiencia Nacional también tumbó el relato alarmista. Rechazó la denuncia presentada por un grupo ultraderechista que intentó frenar el operativo y dejó una frase demoledora: no existían datos que permitieran concluir que la operación comprometiera “la vida y la salud de la población española”.
Ahí quedó todo resumido.
No era una crisis sanitaria descontrolada. Era una crisis política fabricada. Una operación de desgaste institucional montada sobre bulos, exageraciones y cálculos partidistas mientras las y los profesionales sanitarios hacían su trabajo con rigor y discreción.
Y quizá lo más inquietante de todo sea eso. Que algunos dirigentes ya ni siquiera necesitan hechos para fabricar alarma. Les basta un móvil, una IA mediocre y una cámara delante.
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