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Nos dijeron que viajar sin parar era libertad. Era negocio. Y ahora pagamos las consecuencias de invadir cada rincón del planeta como si fuera un parque temático sin límites.
En 1993, un hantavirus mató a alrededor de 30 personas de las 50 infectadas en la región de las Cuatro Esquinas, en Estados Unidos. La comunidad navajo llevaba generaciones advirtiendo, desde su tradición oral, de algo que la modernidad occidental desprecia sistemáticamente: hay fronteras naturales que no deberían cruzarse. Los ratones pertenecían al mundo exterior y nocturno. Los humanos, al interior y diurno. Mezclar ambos mundos traía enfermedad y muerte.
Tres décadas después seguimos actuando como si esa advertencia fuera superstición. Como si el planeta entero estuviera diseñado para satisfacer el capricho turístico de las clases medias globales y el negocio obsceno de las aerolíneas, los cruceros y la industria del viaje infinito.
El brote de hantavirus en el crucero MV Hondius, investigado ahora por la OMS tras la muerte de una pareja neerlandesa, vuelve a mostrar el mismo patrón. Turismo extremo. Viajes constantes. Contacto innecesario con ecosistemas sensibles. La pareja había recorrido Argentina, Chile y Uruguay en una ruta de observación de aves que incluía lugares como el basurero de Ushuaia, donde podría haberse producido el contacto con el ratón portador del virus de los Andes.
Y aquí está el núcleo del problema. La globalización ha convertido cada salto vírico local en una amenaza planetaria. En el barco viajaban unas 140 personas de 23 nacionalidades. Un virus que antes podía quedar aislado en una región remota hoy se sube a un avión, a un crucero o a un tren turístico y en cuestión de horas cruza continentes enteros.
Lo hemos normalizado. Esa obsesión enfermiza de “conocer mundo”. De consumir destinos. De convertir la naturaleza en un decorado para Instagram. Hay gente viajando a la Antártida para intentar tocar crías de pingüino. Personas entrando en cuevas llenas de murciélagos para hacerse fotos. Excursiones masivas para alimentar macacos o acercarse a gorilas salvajes. Todo convertido en experiencia premium. Todo monetizado.
Antonio Quesada, del Comité Polar Español, relata escenas casi grotescas: turistas escalando glaciares en zapatillas o acercándose a fauna protegida pese a las prohibiciones. Porque el problema ya no es solo ecológico. Es cultural. Hemos interiorizado que ningún lugar debe permanecer intacto. Que todo debe ser accesible, consumible y explotable.
Y mientras tanto, los virus esperan.
Los datos son demoledores. Hasta el 75% de las enfermedades infecciosas emergentes proceden de fauna salvaje. Los científicos calculan que existen al menos 10.000 virus animales con capacidad potencial para infectar humanos. Más de 200 ya han dado el salto a nuestra especie. Y seguimos acelerando el proceso.
Cada vuelo barato. Cada crucero de lujo. Cada resort construido en ecosistemas destruidos. Cada bosque convertido en parque turístico. Todo suma.
Porque el capitalismo no sabe detenerse. Necesita crecer siempre. Incluso aunque eso implique abrir la puerta a la próxima pandemia.
EL CAMBIO CLIMÁTICO Y LA INVASIÓN DE HÁBITATS ESTÁN EMPUJANDO LOS VIRUS HACIA NOSOTROS
La otra gran mentira de nuestra época es pensar que las pandemias son accidentes imprevisibles. No lo son. Muchas veces son consecuencias directas de un modelo económico que destruye ecosistemas y desplaza especies enteras.
El caso del virus Nipah en Malasia, en 1998, es paradigmático. La expansión de enormes explotaciones porcinas en zonas selváticas provocó el contacto entre cerdos y murciélagos frugívoros. Resultado: un nuevo brote letal. Con el virus Hendra en Australia ocurrió algo parecido con los caballos. En África occidental, el brote inicial de ébola de 2013 también se relacionó con la penetración humana en bosques tropicales.
Siempre el mismo patrón. Deforestación. Urbanización salvaje. Ganadería industrial. Turismo invasivo. Extractivismo. El mercado avanzando sobre territorios que antes permanecían relativamente aislados.
Gaspar Domínguez, especialista chileno en salud pública, lo resume de forma brutal: “Estamos llevando perros, vacas y gallinas a estas zonas y el contacto con fauna salvaje aumenta dramáticamente la posibilidad de que un virus pase al humano”.
No hablamos solo de humanos entrando en territorios salvajes. También hablamos de animales expulsados de sus hábitats por incendios, minería o cambio climático. Eso ocurrió con los murciélagos desplazados por los incendios forestales en Malasia y con la tala de árboles en Australia. La fauna huye. Y termina acercándose a granjas, viviendas y ciudades.
La crisis climática acelera todavía más el desastre. Mosquitos que antes no sobrevivían en determinadas regiones ahora expanden enfermedades hacia nuevas zonas. En Chile, el mosquito Aedes aegypti avanza cada vez más al sur. Enfermedades como Chagas cambian de territorio. Las lluvias extremas y el aumento de temperaturas multiplican poblaciones de roedores portadores de virus.
Lo vimos ya con los hantavirus en los años 90. Lo estamos viendo ahora otra vez.
Y aun así seguimos escuchando discursos sobre crecimiento ilimitado, récords turísticos y expansión económica como si fueran símbolos de éxito colectivo. Gobiernos celebrando millones de visitantes mientras colapsan ecosistemas, ciudades y sistemas sanitarios. Aeropuertos ampliándose sin parar. Cruceros gigantes atravesando zonas frágiles del planeta para que una minoría privilegiada pueda sentirse exploradora durante una semana.
Después llega el virus. Entonces aparecen las ruedas de prensa, los expertos alarmados y las promesas de “estar preparados”. Pero nadie toca el núcleo del problema porque el núcleo del problema genera demasiado dinero.
Un estudio publicado en BMJ Global Health concluye que los brotes zoonóticos son cada vez “más frecuentes y severos”. Otro trabajo científico estima que en el futuro podría haber cuatro veces más epidemias zoonóticas y hasta doce veces más muertes asociadas.
Doce veces más.
Y seguimos vendiendo vuelos de fin de semana a cualquier rincón del planeta por menos de lo que cuesta llenar la nevera.
La humanidad ha convertido la destrucción ecológica en modelo económico y ahora los virus simplemente están aprovechando la autopista global que nosotros mismos construimos.
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