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Unas recientes declaraciones en la prensa de la cantante Alaska han suscitado una ola de reacciones en las redes sociales, reavivando el viejo debate sobre el clasismo en la industria musical. Un titular que recoge las palabras de la artista de la «movida» sugiere que los miembros de la banda Siniestro Total son «paletos de pueblo». Esta declaración, cargada de connotaciones, contrasta fuertemente con la respuesta orgullosa de Miguel Costas, líder de la mencionada banda.
Costas, en un acto de reivindicación cultural, toma las redes para afirmar su identidad: «Soy pueblerino total, vivo en la Galicia rural rodeado de vacas y de mis 379 canciones compuestas y a mucha honra». Este mensaje no es solo un reflejo de su orgullo personal, sino también un desafío al estigma que a menudo se asocia con el origen rural en el contexto de la música moderna.
Soy pueblerino total, vivo en la Galicia rural rodeado de vacas y de mis 379 canciones compuestas y a mucha honra. Viva mi pueblo, @FangoriaOficiaI. pic.twitter.com/MWqtl9A8ho
— MIGUEL COSTAS (@MIGUELCOSTAS) December 4, 2023
La declaración de Alaska, si se interpreta como menosprecio hacia los orígenes y la simplicidad del entorno rural, es un ejemplo de clasismo cultural, donde se valora a los artistas urbanos sobre sus contrapartes rurales. Sin embargo, la música de Costas y Siniestro Total ha demostrado que la calidad artística y la innovación no están confinadas a los límites de la ciudad y que, ciertamente, el origen rural es el que le da la autenticidad.
Costas subraya un punto crucial: el valor de la música no reside en el entorno de su creación, sino en su autenticidad, su resonancia emocional y su habilidad para conectarse con la audiencia. La música de Siniestro Total, rica en metáforas y narrativas que abarcan la condición humana, se ha forjado con el inconfundible sello de su Galicia natal.
Alaska y Costas representan dos caras de una moneda cultural diversa. Donde uno puede ver «paletos», otros ven autenticidad y orgullo. Este incidente nos invita a reflexionar sobre cómo juzgamos el arte y a los artistas, y nos desafía a valorar todas las voces, independientemente de su origen. En última instancia, este diálogo sobre clasismo cultural nos llama a celebrar la diversidad que nutre y enriquece el panorama musical.
Orgullo rural
Desde la ventana de mi estudio, el horizonte se extiende como un tapiz de verdes intensos y tierras labradas, salpicado por el ocasional blanco y negro de las vacas que pastan con placidez. El aire es una mezcla fresca de tierra mojada y hierba recién cortada, un perfume que no se encuentra en las estanterías de las perfumerías urbanas, pero que embriaga más que cualquier fragancia diseñada por el hombre. El que escribe estas líneas, al igual que Costas, es de pueblo, de un lugar donde cada amanecer es un lienzo en blanco que la naturaleza pinta con la luz del sol ascendente. Aquí, donde el ritmo de la vida lo dictan las estaciones y el crecimiento de los cultivos, se encuentra una verdad inmutable: no hay nada más genuino que vivir en consonancia con el mundo natural.
El amor por la naturaleza y lo rural no es simplemente una preferencia; es una identidad, una que se lleva con orgullo y que define cada aspecto de la vida. Entre el canto de los pájaros al amanecer y el murmullo del viento entre los árboles, encuentro una música que supera cualquier creación humana. Los animales, con sus personalidades distintas y su compañía sin pretensiones, son vecinos que comparten en la simplicidad de la existencia. Vivo rodeado de ellos, y es una existencia que no cambiaría por la más vibrante de las ciudades. Nací en el pueblo y lleva esa esencia impregnada en el alma, orgulloso de un legado de simplicidad, fuerza y una belleza que no necesita adornos para ser apreciada.
Ser de pueblo es un honor que se celebra cada día, en cada respiración de aire puro y en cada paso sobre la tierra que nos sustenta.
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