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Crisis encadenadas, lucro infinito y la arquitectura del saqueo global
✍️ Javier F. Ferrero
I. Cuando el incendio es el modelo
Durante años nos dijeron que la economía capitalista era cíclica. Que tras la crisis venía la recuperación, y luego otra vez el crecimiento. Que los altibajos eran parte natural del juego. Como las estaciones. Como el amor.
Mentían.
Desde la crisis financiera de 2008 no vivimos en un ciclo, sino en una espiral descendente de crisis concatenadas, donde cada desastre no es un accidente del sistema, sino su combustible. La pandemia, la inflación post-pandémica, la guerra de Ucrania, la emergencia climática, la guerra comercial, la escasez alimentaria, la recesión técnica… El capitalismo ha aprendido a alimentarse del caos. Y lo ha institucionalizado.
Lo explicó Naomi Klein con su “doctrina del shock”: las élites aprovechan los momentos de trauma colectivo para introducir políticas que jamás pasarían en condiciones normales. Hoy esa doctrina ya no es excepción, es la norma. Ya no esperan al huracán. Lo provocan. Lo gestionan. Lo monetizan.
II. Los beneficiarios del apocalipsis
Las catástrofes se reparten como el pan: a las mayorías les llega duro y tarde, mientras unos pocos se sientan a la mesa del banquete. Porque en esta economía del desastre permanente, la miseria de muchos es la mina de oro de unos pocos.
Durante la pandemia, mientras medio planeta hacía colas en el banco de alimentos, las grandes fortunas del mundo aumentaron su riqueza en un 42%. Pfizer, Moderna o BioNTech amasaron miles de millones vendiendo vacunas desarrolladas con fondos públicos. Amazon multiplicó beneficios al mismo tiempo que precarizaba y espiaba a sus trabajadores.
Cuando llegó la inflación, las grandes energéticas aprovecharon el miedo para inflar sus márgenes. TotalEnergies, Repsol, Shell o Iberdrola no sufrieron con la guerra: la convirtieron en bonus millonarios. Mientras, tú pagabas la luz a precio de chantaje.
Con la crisis climática, más de lo mismo. Bajo la bandera verde del ecologismo, fondos especulativos, consultoras y multinacionales están invirtiendo en litio, hidrógeno verde, bonos de carbono, tierras agrícolas o agua embotellada. ¿Salvar el planeta? No. Colonizar la transición. Convertir el colapso en dividendos.
Hoy, incluso las guerras se gestionan con lógica de inversión: los fabricantes de armas celebran en bolsa cada bombardeo, los fondos de reconstrucción se adjudican antes del alto el fuego y la “ayuda humanitaria” se licita como una franquicia.
Esto ya no es capitalismo de libre mercado. Es capitalismo del colapso programado. Un modelo que no quiere estabilidad: quiere riesgo, sangre, hambre y pánico. Porque ahí es donde se multiplican los márgenes.
III. No es la tormenta, es el paraguas agujereado
¿Y los gobiernos? Aplauden. Firman. Y subcontratan. Porque el desastre permanente ha sido también la excusa perfecta para dejar de gobernar. En nombre de la emergencia, se recortan derechos, se privatizan funciones, se abandonan territorios.
La inflación es culpa de la guerra, no de los márgenes empresariales. El desempleo es culpa de los jóvenes que no se esfuerzan, no del modelo económico. El colapso climático es culpa de tu consumo individual, no de las petroleras. Siempre hay un chivo expiatorio a mano: Rusia, China, la izquierda, los migrantes, los sindicatos… Cualquiera menos los de arriba.
Y así seguimos: a base de estados que rescatan bancos pero no familias, de fondos europeos que salvan multinacionales pero no viviendas, de presupuestos militares que se disparan mientras colapsa la sanidad pública.
Pero el problema no es que todo se esté derrumbando. El problema es que lo están derribando a propósito. Porque en este capitalismo terminal, la destrucción ya no es el final, sino el plan de negocio.
Bienvenidos a la economía del desastre permanente.
Y ahora, decidme otra vez que esto es “el mejor de los mundos posibles”.
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