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La guerra contra Gaza es también una guerra contra quienes la cuentan: Al Jazeera denuncia el asesinato deliberado de su 12º trabajador desde octubre de 2023.
MATAR AL TESTIGO, ENSUCIAR SU NOMBRE
El cámara de Al Jazeera Ahmed Wishah fue asesinado el 20 de junio en un ataque aéreo israelí contra una vivienda del campo de refugiados de Bureij, en el centro de Gaza. No murió en una abstracción bélica. No cayó en “daños colaterales”. Fue alcanzado por un bombardeo en una casa de un campo de refugiados, uno de esos lugares donde la palabra refugio ya suena a burla cruel cuando la maquinaria militar israelí decide que no hay techo, calle, hospital, escuela, convoy, tienda de campaña ni cámara que merezca seguir en pie.
Según Al Jazeera, en el ataque murieron dos personas y al menos otra persona palestina resultó herida. La cadena fue directa: condenó el “asesinato deliberado” de Ahmed Wishah, trabajador de Al Jazeera Mubasher, y recordó que es el 12º trabajador de la red asesinado en Gaza desde que comenzó la guerra genocida de Israel en octubre de 2023. Doce trabajadores de un mismo medio muertos. Doce. Luego vendrán los portavoces con su jerga de expediente, sus frases prefabricadas y sus acusaciones sin pruebas. Pero el dato queda ahí, como una losa sobre la conciencia de un mundo que mira demasiado y actúa demasiado poco.
El bombardeo de Bureij elevó a 10 el número de personas asesinadas por ataques israelíes en Gaza durante ese sábado. Entre las víctimas hubo cuatro miembros de una misma familia, incluidos dos niños, cuya vivienda fue atacada en el centro de la ciudad de Gaza. También murió un hombre en un ataque al norte de la ciudad, y una mujer fue asesinada por fuego israelí en Beit Lahia, en el norte. Hubo más ataques cerca de grupos de personas en el barrio de Sheikh Radwan, en Gaza ciudad, y en el oeste de Jan Yunis, con al menos una persona muerta y varias heridas. Es la rutina del horror. La contabilidad diaria de una masacre administrada con método.
Ahmed Wishah era hermano de Mohammed Wishah, también asesinado por Israel el 8 de abril, cuando viajaba en su vehículo, según las autoridades palestinas de defensa civil. Al día siguiente, el ejército israelí afirmó, sin aportar pruebas, que Mohammed era un “terrorista clave” dentro de la estructura de producción de cohetes y armas de Hamás. La misma partitura. Primero se mata. Luego se mancha. Después se espera a que los gobiernos occidentales miren hacia otro lado y a que los grandes despachos diplomáticos conviertan el asesinato de periodistas en una nota preocupada, prudente, inútil.
Con Ahmed Wishah ocurrió algo parecido. Un portavoz militar israelí dijo a AFP que Ahmed era un “terrorista de Hamás”. Otra vez sin pruebas. Al Jazeera rechazó la acusación como “infundada” y denunció que el ejército israelí lleva tiempo difundiendo falsedades contra su personal para justificar sus crímenes contra periodistas y cámaras en Gaza. La estrategia es vieja y repugnante: matar al periodista y luego fabricar una coartada para que la víctima parezca culpable de su propia muerte.
EL PERIODISMO BAJO LAS BOMBAS
El Comité para la Protección de los Periodistas, CPJ por sus siglas en inglés, ya había condenado la práctica israelí de ensuciar el nombre de periodistas palestinos asesinados. La organización señaló que ha documentado un patrón: Israel acusa a periodistas de ser terroristas sin presentar pruebas creíbles. No es un detalle menor. Es la arquitectura comunicativa de la impunidad. Se bombardea el cuerpo, se bombardea la reputación, se bombardea la posibilidad misma de que el mundo crea a quienes están narrando el genocidio desde dentro.
Porque Gaza no solo está siendo destruida con bombas. También está siendo atacada con silencio. Israel sabe que cada cámara que sigue grabando es una derrota para su relato. Cada periodista que logra enviar imágenes, nombres y cifras atraviesa el muro de propaganda. Cada voz palestina que cuenta lo que ocurre rompe la ficción cómoda de los comunicados militares. Y por eso molesta. Molesta muchísimo. No hay operación militar limpia cuando necesitas matar a quienes la documentan.
Al Jazeera afirmó que tomará todas las medidas legales disponibles para perseguir a los responsables de los crímenes contra su personal en Gaza. También insistió en que seguirá cubriendo lo que ocurre en la Franja pese a los intentos del ejército israelí de silenciar “la voz de la verdad”. La frase puede sonar solemne. En Gaza, suena literal. Allí la verdad no se escribe desde una mesa tranquila. Se escribe entre escombros, con familiares muertos, con baterías agotadas, con miedo, con hambre y con la certeza de que llevar una cámara puede convertirte en objetivo.
Las cifras de CPJ son insoportables: al menos 260 periodistas palestinos han sido asesinados desde que comenzó la guerra israelí contra Gaza en octubre de 2023. Dos cientos sesenta periodistas. No es una anomalía. No es una mala racha. No es una tragedia inevitable. Es una señal política. Cuando un Estado mata a periodistas de forma repetida y luego los acusa sin pruebas, lo que está diciendo es que no quiere testigos. Quiere monopolio del relato. Quiere cadáveres sin imágenes, ruinas sin nombres y muertos sin responsables.
El Ministerio de Sanidad de Gaza informó el 20 de junio de que, desde el inicio de la guerra genocida israelí, 73.018 personas han sido asesinadas y 173.273 han resultado heridas. Desde el anuncio del supuesto “alto el fuego” en octubre pasado, los ataques israelíes han matado a 1.007 personas y herido a 3.165. Alto el fuego, lo llaman. Qué manera tan obscena de usar las palabras. Si después de un alto el fuego hay más de 1.000 personas muertas, tal vez el problema no sea la semántica. Tal vez el problema sea que se ha normalizado llamar pausa a la continuidad de la matanza.
Aquí conviene decirlo sin adornos. Israel no está solo matando a periodistas palestinos. Está atacando el derecho de todas y todos a saber. Está atacando la memoria futura. Está intentando decidir qué imágenes existirán, qué nombres circularán y qué crímenes podrán probarse cuando llegue, si llega, la hora de rendir cuentas. Y mientras tanto, demasiados gobiernos que presumen de libertad de prensa cuando les conviene siguen vendiendo prudencia, equilibrio y matices como si el asesinato de cámaras, reporteras y reporteros necesitara una mesa redonda para ser comprendido.
Ahmed Wishah ya no puede contar Gaza. Su hermano Mohammed tampoco. Pero los nombres de quienes quisieron borrar siguen ahí, clavados contra la propaganda, recordando que cuando un ejército necesita matar periodistas para sostener su relato, lo que defiende no es seguridad: es impunidad armada hasta los dientes.
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