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La segunda vuelta entre Iván Cepeda y Abelardo de la Espriella no solo elige presidente: decide si la rabia social se convierte en derechos o en autoritarismo de lujo.
Colombia vota hoy con una pregunta demasiado grande para caber en una papeleta: si quiere profundizar una salida democrática a sus heridas o entregarse al espectáculo de la mano dura, la motosierra moral y el orden armado. La segunda vuelta entre Iván Cepeda y Abelardo de la Espriella no es una pelea normal entre dos candidatos con matices. No. Es un choque entre dos formas de entender el poder. Una, con todas sus limitaciones, habla de paz, reformas y continuidad progresista. La otra se disfraza de rebeldía mientras huele a élite, castigo y trumpismo caribeño.
El dato frío es conocido: en la primera vuelta del 31 de mayo, De la Espriella quedó por delante con el 43,7% de los votos, más de 10,3 millones, frente al 40,9% de Cepeda, cerca de 9,7 millones. La diferencia fue de apenas 2,8 puntos, pero suficiente para instalar la idea de que la ultraderecha llega favorita. Y ahí empieza el peligro. Porque cuando la extrema derecha se siente favorita no modera el gesto. Lo afila. Convierte cada voto en una autorización para pasar por encima de todo.
Cepeda está obligado a remontar. El candidato del Pacto Histórico ha tenido que renunciar a la constituyente, suavizar partes de su discurso y tomar distancia del legado más áspero de Gustavo Petro para intentar abrir una puerta al centro.
LA ULTRADERECHA NO VIENE A ORDENAR COLOMBIA, VIENE A DISCIPLINARLA
De la Espriella vende orden. Ya sabemos lo que significa esa palabra cuando sale de la boca de la ultraderecha. Orden para las élites, miedo para las mayorías. Orden para los mercados, cárcel para los pobres. Orden para los de arriba, obediencia para quienes protestan. La derecha radical nunca promete paz: promete silencio.
Por eso la comparación con Milei no es un recurso fácil. Es una advertencia. Milei llegó a Argentina con la estética del castigo, la fantasía de la motosierra y la promesa de destruir “la casta”. Luego la motosierra encontró carne donde siempre la encuentra el neoliberalismo: en las pensiones, la universidad pública, la sanidad, la cultura, las trabajadoras y trabajadores, las personas jubiladas y la gente que ya vivía demasiado cerca del borde. El liberticida Milei no rompió el sistema. Lo puso a funcionar sin anestesia.
Colombia debería mirar ese espejo sin hacerse trampas. De la Espriella no representa una insurgencia popular contra los privilegios. Representa una versión más brillante, más televisiva y más agresiva de los mismos privilegios. Un abogado de élite convertido en candidato de la furia. Un ultraderechista que habla como si viniera de fuera del poder, pero cuya biografía política y social no nace precisamente en una olla comunitaria ni en una asamblea campesina.
La campaña llega, además, en un país atravesado por una violencia histórica que no se arregla con frases de macho en tarima. La paz en Colombia no es una consigna bonita. Es una necesidad material. Significa territorio, memoria, justicia, reparación, reforma rural, derechos para las comunidades indígenas y afrodescendientes, garantías para las lideresas y líderes sociales, y una vida posible fuera del negocio eterno de la guerra. Quien reduce Colombia a “mano dura” está vendiendo una mercancía vieja: la guerra como programa electoral.
No es casualidad que esta segunda vuelta se lea también desde Washington. La ultraderecha continental ha aprendido a moverse como franquicia. Trump, Bolsonaro, Milei, Abascal y compañía no son fenómenos aislados. Son sucursales de una misma pulsión: privatizarlo todo, militarizar la protesta, criminalizar a las personas migrantes, reírse de los derechos humanos y convertir la política en un plató de humillación permanente.
CEPEDA REMONTA CONTRA EL MIEDO, PERO TAMBIÉN CONTRA EL DESGASTE
Sería absurdo pintar a Cepeda como un candidato sin dificultades. No lo es. Llega a la segunda vuelta con el peso del Gobierno Petro sobre la espalda, con la fatiga de una parte del electorado, con un centro que juega a la equidistancia como quien se lava las manos en mitad de un incendio, y con una maquinaria mediática que ha aprendido a presentar cualquier reforma social como una amenaza comunista. Viejo truco. Muy viejo.
La disputa está en una bolsa decisiva de alrededor de 3,9 millones de votos procedentes de otras candidaturas o del voto en blanco. También en quienes no votaron el 31 de mayo. Ahí se decide todo. La jornada del 21 de junio se celebra con votación nacional entre las 8:00 y las 16:00, mientras que el voto exterior se abrió del 15 al 21 de junio. Hay más de 41 millones de personas habilitadas para votar y se espera una participación que podría superar los 25 millones, una cifra histórica. No es poca cosa. Colombia no está ante un trámite. Está ante una bifurcación.
Infobae ha seguido las últimas movidas políticas de la campaña, con los intentos de ambos bloques por disputar indecisos, abstencionistas y voto de centro: https://www.infobae.com/colombia/2026/06/20/elecciones-presidenciales-de-colombia-2026-en-vivo-estas-son-las-ultimas-movidas-politicas-de-cara-a-la-segunda-vuelta/
Petro, mientras tanto, ha llamado a sus bases a mantener la calma. Lo hizo antes de la segunda vuelta, en un clima cargado de tensión, pidiendo no agredir a nadie y mirar “con amor” incluso a quien insulte o ataque. Puede sonar ingenuo. O puede ser exactamente lo contrario: una forma de impedir que la derecha radical consiga la foto que busca. Porque la ultraderecha necesita el caos para justificar el garrote. Necesita el miedo. Lo fabrica, lo agita, lo vende y luego aparece con uniforme de salvadora. El País lo recogió aquí: https://elpais.com/america-colombia/elecciones-presidenciales/2026-06-20/elecciones-colombia-2026-la-segunda-vuelta-de-las-presidenciales.html
La pregunta no es si Cepeda entusiasma a todo el mundo. La pregunta real es si Colombia puede permitirse entregar el Estado a quienes convierten la desigualdad en culpa individual y la seguridad en coartada para arrasar derechos. Hay una diferencia enorme entre criticar un gobierno progresista y abrirle la puerta a un proyecto que se alimenta del resentimiento. En el primer caso hay democracia. En el segundo, empieza la pedagogía del miedo.
Colombia sabe demasiado de muertos, de paramilitarismo, de desplazamiento, de élites impunes y de madres buscando a sus hijos como para comprar otra vez el discurso fácil de la fuerza. Cuando un país herido vota desde el miedo, los verdugos suelen presentarse como médicos.
El 21 de junio no se decide solo quién entra en la Casa de Nariño. Se decide si América Latina suma otra pieza al tablero reaccionario o si Colombia le pone un límite democrático a la internacional del odio. Otro Milei no llega nunca diciendo que viene a romper a los pobres. Llega diciendo que viene a salvarlos. Y luego empieza a cobrarles la salvación.
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