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Un informe de la ONU, la UE y el Banco Mundial retrata una devastación total mientras la financiación prometida apenas llega
Las cifras no son una exageración. Tampoco un cálculo apresurado. Son el resultado de un diagnóstico conjunto que deja poco margen a la interpretación: Gaza necesita 71.400 millones de dólares para intentar volver a empezar. No para crecer. No para mejorar. Para sobrevivir.
El dato aparece negro sobre blanco en el informe conjunto de la ONU, la Unión Europea y el Banco Mundial sobre daños y necesidades en la Franja, publicado el 20 de abril. Un documento que no habla de reconstrucción en abstracto, sino de un territorio arrasado tras 30 meses de ofensiva israelí.
El cálculo es claro: de esos 71.400 millones, al menos 26.300 millones deberían invertirse en los próximos 18 meses. Urgente. Para restablecer servicios básicos, levantar infraestructuras críticas y evitar el colapso total de la economía. Lo mínimo para que la vida —lo poco que queda— pueda sostenerse.
Pero incluso esa cifra, ya de por sí insuficiente, choca con una realidad incómoda. El dinero no está llegando. De los 17.000 millones de dólares anunciados en el llamado “Board of Peace” impulsado por Donald Trump, solo ha llegado una fracción mínima. Prácticamente nada. Promesas infladas. Transferencias que no se concretan.
Mientras tanto, la devastación sigue acumulándose. Y los números, otra vez, hablan por sí solos.
Una economía colapsada, un territorio inhabitable
El informe detalla daños materiales por valor de 35.200 millones de dólares y pérdidas económicas y sociales que alcanzan los 22.700 millones. No son solo edificios. Es todo un sistema que ha dejado de funcionar.
Más de 371.888 viviendas han sido destruidas o dañadas. Más de la mitad de los hospitales están fuera de servicio. Las escuelas, prácticamente todas, han sido alcanzadas de una forma u otra. El resultado es una economía que ha caído un 84%. Un desplome que no admite eufemismos.
Y luego está la dimensión humana. Más de 1,9 millones de personas desplazadas, muchas de ellas varias veces. Familias enteras moviéndose sin destino claro. Sin hogar. Sin red. Sin horizonte.
El informe es directo en este punto: más del 60% de la población ha perdido su vivienda. No es una crisis de acceso. Es la desaparición del propio concepto de hogar.
El impacto no es homogéneo. Las mujeres, las niñas y niños, las personas con discapacidad o quienes ya partían de situaciones vulnerables son quienes soportan el peso más brutal de esta devastación. No es una consecuencia secundaria. Es el patrón.
77 años borrados y un futuro en suspenso
Hay una cifra que atraviesa todo el informe y que resulta difícil de asumir: 77 años. Ese es el retroceso estimado en desarrollo humano. Una vida entera. Generaciones borradas en menos de tres años.
No es una metáfora. El documento lo plantea como un colapso estructural de las condiciones de vida: educación interrumpida, sistemas sanitarios destruidos, economía paralizada. Todo a la vez.
La guerra ha dejado más de 71.000 personas palestinas muertas y más de 171.000 heridas. A esto se suman miles de desaparecidas bajo los escombros. O en fosas que ni siquiera se han podido identificar. En total, más de 250.000 personas muertas, heridas o desaparecidas según distintas estimaciones recogidas en el informe.
La magnitud de la destrucción es tal que otros análisis de Naciones Unidas ya apuntan a un horizonte que roza lo irreal: hasta 80 años para reconstruir Gaza. Ocho décadas para levantar lo que ha sido reducido a polvo.
Y mientras se habla de reconstrucción, también se habla —en ciertos despachos— de expulsiones masivas y proyectos de reconversión del territorio en una especie de enclave turístico. La llamada “Riviera de Oriente Medio”. Una idea que, sobre el terreno, suena casi obscena.
Porque aquí no hay terreno disponible. Hay ruinas. Hay escombros. Hay vidas rotas.
El contraste es difícil de sostener: un territorio devastado que necesita decenas de miles de millones para sobrevivir, frente a compromisos internacionales que apenas se materializan. Dinero prometido que no llega. Infraestructuras que no existen. Y una población atrapada en medio de todo ello.
Las cifras están ahí. Claras. Persistentes. Y lo que dibujan no es un proceso de reconstrucción, sino la normalización de la destrucción.
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