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La salida de Lori Chávez-DeRemer se suma a una cadena de ceses en el gabinete marcada por escándalos y tensiones internas
Otra caída en el equipo de Donald Trump. Otra salida envuelta en polémica. La secretaria de Trabajo de Estados Unidos, Lori Chávez-DeRemer, ha dimitido este lunes tras semanas de presión por múltiples acusaciones de abuso de poder. No ha sido una salida limpia ni silenciosa. Ha sido, más bien, una retirada forzada en medio de una tormenta que llevaba meses formándose.
La Casa Blanca confirmó la marcha a través de su director de comunicaciones, Steven Cheung, sin intervención directa del presidente. Un detalle que no es menor. Trump, tan dado a anunciar despidos en sus redes, optó esta vez por el silencio. Chávez-DeRemer, en cambio, sí habló. En su mensaje público —recogido en su tuit de despedida en X— defendió su gestión y cargó contra lo que calificó como ataques del “Estado profundo”. Un clásico en la narrativa trumpista.
— Lori Chavez-DeRemer (@LChavezDeRemer) April 21, 2026
Con esta dimisión, Chávez-DeRemer se convierte en la tercera figura del gabinete en abandonar el cargo en apenas semanas. Antes cayeron la secretaria de Seguridad Nacional, Kristi Noem, despedida en marzo, y la fiscal general, Pam Bondi, destituida a principios de abril. Tres salidas, tres crisis. Un patrón que empieza a ser difícil de ignorar.
Una investigación que fue creciendo
Las primeras señales aparecieron en enero. Informaciones que apuntaban a comportamientos impropios dentro del Departamento de Trabajo. Lo que parecía un rumor más terminó derivando en una investigación formal del inspector general. Y a partir de ahí, la cascada.
Un reportaje del New York Times publicado el miércoles pasado destapó prácticas que cruzaban varias líneas rojas. Según la información, Chávez-DeRemer, junto a su equipo y miembros de su familia, utilizaba a personal joven del departamento para asuntos personales. Mensajes, favores, gestiones privadas. No era algo puntual. Era, según las fuentes, una dinámica habitual.
La situación se volvió aún más delicada cuando salieron a la luz intercambios de mensajes entre familiares de la secretaria y empleadas del departamento. Algunas de ellas habrían recibido instrucciones explícitas para atender necesidades personales de la familia. Un uso del aparato público que, como mínimo, plantea serias dudas éticas.
Pero no era lo único. La investigación también incluía acusaciones de mantener una relación sentimental con un subordinado, consumo de alcohol en el lugar de trabajo y utilización de viajes oficiales con fines personales. Demasiadas sombras acumuladas en demasiado poco tiempo.
La Casa Blanca trató de contener el golpe en un primer momento. Negó las acusaciones. Restó importancia. Pero la estrategia fue perdiendo fuerza a medida que aparecían nuevos detalles. Lo que empezó como una defensa cerrada terminó convirtiéndose en un silencio incómodo.
Un gabinete en tensión permanente
El contexto no ayuda. La administración Trump atraviesa una etapa de desgaste interno evidente. Tres salidas en semanas no son casualidad. Son síntoma. Y cada caso tiene su propia historia, pero todos comparten un fondo común: la fragilidad de un equipo sometido a presión constante.
En el caso de Chávez-DeRemer, el golpe es doble. Porque no era una figura cualquiera. Confirmada en marzo de 2025 con 67 votos a favor y 32 en contra, había logrado algo poco habitual: cierto respaldo sindical pese a su perfil republicano. Durante su etapa como congresista por Oregón, apoyó iniciativas para facilitar la sindicalización y proteger prestaciones sociales. No era la típica elección ideológica dura.
Sin embargo, su paso por el Departamento de Trabajo dejó una huella muy distinta. Bajo su mandato, la administración impulsó una agenda desreguladora agresiva. Se revisaron o eliminaron más de 60 normativas laborales. Entre ellas, requisitos de salario mínimo para trabajadores de cuidados o normas de seguridad en sectores como la minería. Decisiones que fueron duramente criticadas por sindicatos y expertos en seguridad laboral.
También hubo recortes en programas internacionales. Millones de dólares destinados a combatir el trabajo infantil y el trabajo forzoso fueron cancelados. Un giro que contrasta con los datos acumulados en las últimas dos décadas, en las que este tipo de iniciativas contribuyeron a reducir en 78 millones el número de niños trabajadores en el mundo.
Mientras tanto, dentro del propio departamento, la investigación fue dejando víctimas colaterales. Al menos cuatro altos cargos fueron obligados a abandonar sus puestos, incluido su jefe de gabinete, su subjefe y un miembro de su equipo de seguridad. Este último, además, vinculado a la supuesta relación personal que también está bajo escrutinio.
Ahora, con su salida, el subsecretario Keith Sonderling asumirá el cargo de forma interina. Una solución provisional en un momento que dista mucho de ser estable.
Chávez-DeRemer se va defendiendo su legado. Habla de avances, de trabajadores, de oportunidades. La realidad es otra. Se va en medio de una investigación abierta, con un departamento tocado y con un gobierno que suma otra grieta visible.
Y lo que queda en el aire no es solo su caso. Es la pregunta que empieza a repetirse en Washington, cada vez con menos margen para eludirla: cuántas crisis más puede absorber una administración que parece vivir en permanente combustión.
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