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El acuerdo firmado tras tres meses de guerra no trae justicia ni paz limpia: trae una nueva arquitectura de poder donde Washington negocia, Teherán sale reforzado y los pueblos vuelven a pagar la factura.
EL ACUERDO DEL SIGLO PARA UNOS, LA MALDICIÓN DEL SIGLO PARA OTROS
El acuerdo entre Estados Unidos e Irán, firmado el 18 de junio por Donald Trump y Masoud Pezeshkian, ya tiene su etiqueta grandilocuente: el “gran pacto”, el “acuerdo del siglo”, la jugada histórica que supuestamente cerraría una etapa de guerra y abriría otra de negociación. La liturgia también fue cuidadosamente escogida. Trump lo formalizó en Versalles, al margen de la cumbre del G7, como si el decorado imperial pudiera maquillar lo evidente: las potencias no reconstruyen el orden internacional, lo reparten.
Es el primer pacto firmado por un presidente estadounidense y un presidente iraní desde la Revolución Islámica de 1979. No es un detalle menor. Tiene 14 puntos, prolonga el alto el fuego durante 60 días, incluye a Líbano y abre la puerta a negociar un arreglo permanente, incluido el programa nuclear iraní. Dicho así parece diplomacia. Pero la diplomacia, cuando llega después de miles de muertos, suele ser el nombre elegante del fracaso moral.
La guerra duró tres meses. Empezó el 28 de febrero, cuando Estados Unidos e Israel lanzaron una ofensiva contra Irán que incluyó el asesinato del líder supremo Ali Jamenei, de 86 años, junto a otros altos cargos iraníes en los primeros días. El incendio regional dejó más de 7.000 personas muertas, sobre todo en Irán y Líbano, disparó los precios de la energía y alimentó el miedo a una crisis alimentaria en países empobrecidos. Lo de siempre. Los poderosos mueven las piezas y las y los pobres ponen los cuerpos.
Para Washington y Teherán, según el comentarista libanés Sarkis Naoum, este pacto es una especie de punto de no retorno. Irán no podía soportar mucho más el castigo económico de las sanciones. Trump, por su parte, tampoco tenía incentivo para abrir otra guerra. Hay una lógica fría ahí. Muy fría. No se trata de pacifismo, se trata de cálculo. Cuando la guerra deja de salir rentable, aparece la negociación vestida de hazaña diplomática.
El problema es que este acuerdo no desmantela la maquinaria que ha llevado a la región al borde del abismo. La reordena. Irán consigue oxígeno político, alivio progresivo de sanciones, recuperación de exportaciones petroleras y la expectativa de fondos masivos para reconstrucción. A cambio, Estados Unidos salva la cara sin haber logrado los objetivos que compartía con Israel: derribar el régimen clerical, desmontar el programa nuclear iraní y cortar su influencia regional. No han redibujado Irán. Han aceptado que Irán sigue ahí.
ISRAEL PIERDE EL RELATO, EL GOLFO TIEMBLA Y LÍBANO QUEDA ATRAPADO
Para Israel, el acuerdo es un golpe estratégico. Danny Citrinowicz, investigador del Instituto de Estudios de Seguridad Nacional de Israel, lo describió directamente como una “catástrofe”. Su lectura es demoledora: Israel entró en la guerra, con respaldo estadounidense, con la idea de debilitar o incluso derribar la República Islámica, y terminó viendo cómo Washington firmaba con ella un reconocimiento político de facto. Una humillación envuelta en protocolo.
El pacto no recoge las exigencias centrales de Israel. No hay límites claros al programa de misiles iraní. No hay freno contundente a sus aliados regionales. No hay una vía nítida para desmantelar las instalaciones nucleares. Y, para colmo, la campaña israelí en Líbano queda condicionada por un alto el fuego integrado en el marco impuesto a petición de Irán. Netanyahu vendió durante años la idea de que podía arrastrar a Estados Unidos a su guion permanente de guerra. Esta vez, el guion se le ha roto en la cara.
Eso no convierte a Irán en una fuerza liberadora ni a Trump en un arquitecto de la paz. Conviene no comprar propaganda de ningún bloque. Aquí no hay santos: hay Estados, intereses, petróleo, sanciones, armas y pueblos usados como moneda de cambio. La diferencia es que el resultado deja a Israel más aislado y a Irán con más margen. Incluso fuentes iraníes citadas por Reuters hablan de una victoria política: no abandonaron a sus aliados, especialmente a Hezbolá, y estaban dispuestos a levantarse de la mesa y volver a la guerra por ellos.
Líbano queda en una posición especialmente delicada. El pacto lo mete dentro del alto el fuego de 60 días y lo encadena a una negociación mayor entre Washington y Teherán, desplazando las conversaciones directas entre Beirut e Israel. El presidente libanés Joseph Aoun avisó la semana pasada de que Irán no puede negociar en nombre de Líbano asuntos como el alto el fuego o la retirada israelí del sur del territorio. Tiene razón. Pero la realidad pesa más que las declaraciones institucionales: cuando las potencias negocian, los Estados pequeños suelen convertirse en anexos de la mesa.
Desde sectores cercanos a Hezbolá lo ven al revés. Creen que el carril entre Estados Unidos e Irán fortalece la posición libanesa, porque eleva su caso a una negociación de primer nivel. Teherán podría presionar a Hezbolá y Washington a Israel. Puede ser. También puede ser otra forma de tutela. Líbano vuelve a ser tratado como territorio administrable, no como país soberano. Una vieja costumbre regional, colonial y profundamente peligrosa.
En el Golfo, la inquietud es todavía más evidente. Las monarquías petroleras han descubierto, otra vez, que la protección estadounidense tiene letra pequeña. Fuentes del Golfo citadas en el análisis apuntan a un cambio de mentalidad: menos confianza en el paraguas militar de Washington, más aceptación de Irán como fuerza regional duradera y una deriva hacia la acomodación antes que la confrontación. No es simpatía. Es miedo. Y el miedo, en política exterior, también firma acuerdos.
El experto Alex Vatanka, del Middle East Institute, lo resume con pragmatismo: intentaron tumbar a Irán militarmente y no pudieron. La alternativa habría sido una guerra más amplia que podría haber devastado el Golfo durante décadas. Esa es la crudeza del asunto. La diplomacia llega cuando la destrucción amenaza con salirse del mapa previsto por quienes la diseñaron.
Queda la gran incógnita: Israel. Varias y varios analistas lo señalan como el posible saboteador del proceso, sobre todo en Líbano. Es poco probable que pueda dinamitar un acuerdo que Trump considera propio, pero el riesgo existe. Israel sale de esta guerra más aislado en la región y en el mundo, con menos capacidad de imponer su relato y más tentación de incendiar algún frente para no aceptar la derrota política. Cuando un Estado acostumbra a confundir seguridad con dominación, cualquier acuerdo de paz le parece una amenaza.
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