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En el escenario global actual, plagado de discursos vacíos sobre derechos humanos y solidaridad internacional, la realidad en Gaza nos golpea con una brutalidad insoportable. Mientras el mundo observa, casi con una indiferencia cómplice, la Franja de Gaza se convierte en el escenario de una tragedia humana de magnitudes inimaginables, perpetrada bajo la sombra de políticas deliberadas y acciones que rayan en lo criminal.
La advertencia de Oxfam Intermón sobre la hambruna «inminente» en Gaza no es solo una llamada de atención; es un grito desesperado por humanidad en un mundo que parece haber olvidado su significado. Sobrevivir con 245 calorías al día, menos de un 12% de la ingesta diaria recomendada, no es vida, es una condena a muerte lenta y agonizante, ejecutada en el escenario público de la indiferencia internacional.
Este escenario no es accidental ni una consecuencia inevitable de un conflicto eterno; es el resultado directo de decisiones políticas, de una estrategia de guerra que utiliza el hambre como arma. Israel, con su bloqueo y sus bombardeos, no solo ataca infraestructuras militares sino que desmantela sistemáticamente cualquier posibilidad de una vida digna para los habitantes de Gaza, sometiéndolos a una existencia precaria en el mejor de los casos y a una muerte segura en el peor.
La falta de alimentos, la destrucción de infraestructuras civiles, y el bloqueo que impide el acceso a recursos básicos no son accidentes; son tácticas de guerra diseñadas para doblegar a la población civil, para matarla de hambre. Las palabras se quedan cortas para describir la crueldad de usar el hambre como arma, una práctica que debería pertenecer a los capítulos más oscuros de la historia humana, no a las páginas de nuestros periódicos actuales.
Es inconcebible que en el siglo XXI, con todos los avances tecnológicos y las proclamadas metas de desarrollo sostenible, permitamos que una población entera se enfrente a la muerte por inanición. Es una mancha en la conciencia colectiva de la humanidad, una prueba de nuestro fracaso no solo como políticos y líderes mundiales sino como seres humanos.
Las excusas y las justificaciones políticas se desmoronan ante la evidencia de niños y niñas muriendo de hambre, de familias enteras reducidas a la desesperación y la impotencia. La comunidad internacional, tan rápida para reunirse en cumbres y conferencias, parece incapaz de actuar con la urgencia que la situación demanda. Las palabras de condena se evaporan en el aire si no van acompañadas de acciones concretas.
Es momento de que aquellos con el poder de influir en el curso de estos eventos dejen de lado la retórica vacía y actúen. Un alto al fuego permanente, el fin del bloqueo, el acceso sin restricciones a ayuda humanitaria, y el fin del suministro de armas a Israel son pasos necesarios y urgentes para evitar una catástrofe humanitaria de proporciones históricas.
Mirar hacia otro lado o justificar la inacción con argumentos políticos es cómplice de esta tragedia. La pregunta no es si podemos permitirnos actuar, sino si podemos permitirnos no hacerlo. ¿Estáis preparados para ver morir de hambre a los palestinos y palestinas? Porque yo no.
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