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Una potencia que convirtió la violencia en política exterior permanente y el negocio armamentístico en columna vertebral del sistema
Hay cifras que deberían bastar para desmontar cualquier relato heroico. Estados Unidos ha estado en guerra 222 de sus 239 años de existencia como país, según cálculos difundidos por historiadores y centros de análisis sobre intervenciones militares directas o indirectas desde 1776. Es decir, solo 17 años sin conflicto armado declarado, intervención exterior o campaña bélica en curso.
No es una anomalía puntual. Es un patrón estructural. Y tiene responsables, beneficiarios y víctimas.
UNA REPÚBLICA FUNDADA EN LA EXPANSIÓN PERMANENTE
La narrativa oficial habla de libertad, democracia y defensa del “mundo libre”. Pero la cronología es otra. Desde la guerra contra los pueblos indígenas en el siglo XVIII y XIX hasta la anexión de territorios tras la guerra contra México entre 1846 y 1848, la expansión territorial fue la primera fase de una lógica que nunca se detuvo.
En 1898, la guerra hispano-estadounidense abrió la puerta al control de Cuba, Puerto Rico y Filipinas. En el siglo XX llegaron la Primera y la Segunda Guerra Mundial, Corea entre 1950 y 1953, Vietnam entre 1955 y 1975. Después, intervenciones encubiertas y golpes apoyados por la CIA en América Latina, África y Asia.
En 2001 comenzó la guerra en Afganistán. En 2003, la invasión de Irak. Dos conflictos que, según el proyecto Costs of War de la Universidad de Brown (2021), provocaron más de 900.000 muertes directas y un coste estimado superior a 8 billones de dólares.
La guerra se volvió permanente tras el 11 de septiembre de 2001. Bajo el paraguas de la “guerra contra el terror”, se desplegaron operaciones en al menos 85 países, según datos del Costs of War Project. La excepcionalidad se convirtió en norma. El estado de emergencia se volvió estructura.
El complejo militar-industrial no es una metáfora, es un modelo económico. El propio presidente Dwight D. Eisenhower lo advirtió en 1961. Desde entonces, el presupuesto de defensa no ha dejado de crecer. En 2024 superó los 886.000 millones de dólares, según el Departamento de Defensa. Más que la suma de los siguientes diez países.
Mientras tanto, en el interior, millones de personas sin acceso a sanidad universal, educación endeudada y pobreza estructural. La guerra como prioridad presupuestaria y como horizonte político.
EL NEGOCIO DE LA GUERRA Y LA HIPOCRESÍA GLOBAL
La industria armamentística estadounidense exporta armas a decenas de países. Según el SIPRI (Stockholm International Peace Research Institute), Estados Unidos fue responsable del 42% de las exportaciones mundiales de armas entre 2019 y 2023. Vende a monarquías autoritarias y a gobiernos que vulneran derechos humanos. Y luego habla de democracia.
Cada intervención se justifica con un nuevo enemigo. Comunismo en los años 50. Drogas en los 80. Terrorismo en los 2000. Competencia estratégica en la década de 2020. El discurso cambia. El mecanismo permanece.
La guerra no es un error del sistema. Es una de sus condiciones de posibilidad. Genera contratos, sostiene empleos en estados clave electoralmente y alimenta una maquinaria financiera donde fondos de inversión y corporaciones tecnológicas participan sin pudor.
Mientras tanto, los costes humanos recaen sobre poblaciones civiles. Las enfermeras y enfermeros que atienden heridos en Bagdad. Las y los docentes que dan clase en Kabul bajo ocupación. Las familias desplazadas en Siria. Las y los jóvenes estadounidenses enviados a conflictos que no decidieron.
El relato hegemónico insiste en que se trata de “intervenciones humanitarias” o “operaciones de estabilización”. Pero la historia reciente muestra otra cosa: Estados fragmentados, regiones desestabilizadas y generaciones marcadas por la violencia.
En 2018, el Watson Institute de la Universidad de Brown estimó que las guerras posteriores al 11-S habían generado más de 38 millones de personas desplazadas. No es una cifra menor. Es una catástrofe estructural.
El capitalismo contemporáneo necesita expansión constante. Cuando los mercados se saturan, la geopolítica se militariza. Cuando la economía flaquea, el gasto en defensa se presenta como estímulo. La guerra se convierte en herramienta de gestión económica.
Y mientras tanto, se repite la liturgia patriótica. Bandera, himno, excepcionalismo. Como si 222 años de conflicto no fueran un dato alarmante sino un motivo de orgullo.
Una democracia que pasa el 93% de su historia en guerra no puede seguir vendiéndose como árbitro moral del planeta.
Hablan de paz desde portaaviones nucleares. Hablan de libertad con bases militares en más de 70 países. Hablan de derechos humanos mientras financian conflictos y bloqueos que asfixian poblaciones enteras.
No es una desviación accidental. Es una arquitectura. Y esa arquitectura tiene nombre: imperialismo sostenido por intereses económicos y legitimado por un relato de superioridad moral.
La pregunta no es por qué Estados Unidos ha estado en guerra 222 de sus 239 años. La pregunta es quién gana con ello y cuánto más estamos dispuestos a normalizar que la guerra sea la política exterior por defecto de la mayor potencia del planeta.
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