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Artistas y oyentes impulsan un movimiento global para romper con el modelo extractivista del streaming y recuperar el control sobre la música
EL NEGOCIO DEL SILENCIO Y LA MÚSICA SIN ALMA
En Oakland, California, un grupo de artistas y melómanas decidió que ya era suficiente. Lo llamaron “Death to Spotify”, y no es solo un eslogan: es una declaración de guerra cultural. En septiembre, decenas de personas se reunieron en la biblioteca Bathers para debatir cómo descentralizar la creación, la escucha y la distribución de música de las lógicas del capital. Entre las y los ponentes había responsables de sellos independientes, DJs, activistas culturales y radios libres como KEXP. Lo que empezó como una charla local se ha convertido en una chispa global: ya hay solicitudes desde Barcelona y Bengaluru para replicar el formato.
La música ha sido convertida en ruido de fondo por un sistema diseñado para no pensar.
Esa es la tesis de fondo que atraviesa el libro Mood Machine (Liz Pelly, 2025), una investigación demoledora sobre cómo Spotify ha destruido la experiencia musical. Pelly acusa al gigante sueco de haber convertido la escucha en un acto pasivo, alimentado por algoritmos que premian la repetición y castigan la experimentación. El modelo se sostiene sobre una verdad incómoda: Spotify paga una miseria por reproducción, y aún menos a quienes aceptan rebajar sus derechos para aparecer en las listas automáticas.
El problema no es nuevo, pero ahora tiene nombre y rostro. Daniel Ek, su multimillonario cofundador, ha invertido parte de su fortuna en Helsing, una empresa alemana dedicada al desarrollo de inteligencia artificial militar. Lo que antes era un conflicto sobre regalías se ha convertido en un debate ético sobre complicidad. ¿Puede alguien financiar la guerra y a la vez enriquecerse con la música que la denuncia?
Grupos como Massive Attack, King Gizzard & the Lizard Wizard, Deerhoof y Hotline TNT ya han retirado sus catálogos en protesta. Otros nombres, como Neil Young y Joni Mitchell, lo hicieron antes por el acuerdo de Spotify con el negacionista Joe Rogan. Entonces volvieron. Pero esta vez el movimiento tiene un tono diferente: menos mediático, más colectivo, más radical.
DEL ALGORITMO AL AUTOGESTIONAR: LA MÚSICA COMO RESISTENCIA
Stephanie Dukich, trabajadora pública de Oakland, y Manasa Karthikeyan, del sector cultural, no son músicas. Pero entendieron que la lucha no es solo de artistas: es también de oyentes conscientes. Inspiradas por Mood Machine y por la oleada de boicots, fundaron Death to Spotify con un propósito claro: “Abajo la escucha algorítmica, abajo el robo de regalías, abajo la música generada por IA”.
El reto es inmenso. Significa renunciar a la comodidad de tenerlo todo a un clic, aceptar la lentitud del descubrimiento, volver a valorar lo artesanal en un mundo de playlists infinitas y almas anestesiadas. Karthikeyan lo resume con crudeza: “Si no estás dispuesta a perder la inmediatez, tampoco estás dispuesta a cambiar nada”.
Bandas como Hotline TNT lo han demostrado. Tras borrar su catálogo de Spotify, vendieron su disco Raspberry Moon directamente por Bandcamp y en una retransmisión de 24 horas en Twitch. Ganaron miles de dólares. Demostraron que la independencia no es una quimera, sino una posibilidad que el capitalismo digital ha tratado de borrar.
Otros proyectos, como el de la cantautora Caroline Rose, han ido más lejos: su nuevo álbum Year of the Slug solo existe en vinilo y en Bandcamp. “No quiero regalar mi trabajo a una empresa que convierte nuestra creatividad en datos de consumo”, explicó. Su decisión sigue el ejemplo de Cindy Lee, quien lanzó Diamond Jubilee en plataformas de intercambio libre, al margen del circuito comercial.
El movimiento se apoya en organizaciones como la Union of Musicians and Allied Workers (UMAW), nacida durante la pandemia para defender los derechos de las y los trabajadores de la música. Su cofundador, Joey DeFrancesco, ha dejado claro que el boicot individual tiene límites, pero el boicot colectivo tiene poder. UMAW, junto con el movimiento Austin for Palestine Coalition, logró que el festival South by Southwest rompiera con patrocinadores vinculados al ejército estadounidense y a fabricantes de armas. Además, impulsa el proyecto de ley Living Wages for Musicians Act, promovido por la congresista Rashida Tlaib, que busca regular los pagos de Spotify a los artistas.
Spotify insiste en que “Spotify y Helsing son empresas diferentes”. Pero la realidad es más amplia: la misma lógica que precariza a las y los músicos sostiene la economía de la guerra, la vigilancia y el control algorítmico. Lo que está en juego no es solo el precio por reproducción, sino el modelo cultural y político que decide qué suena y qué se borra del mapa.
CUANDO ESCUCHAR ES UN ACTO POLÍTICO
La revolución que empieza en pequeñas bibliotecas o foros independientes tiene un alcance mayor del que parece. No se trata de destruir Spotify, sino de cuestionar el modelo que lo hace posible. De entender que cada clic es una decisión económica, cultural y ética.
En palabras de Karthikeyan: “No queremos apagar la música. Queremos devolverle la vida que el algoritmo le robó”.
Y esa frase, tan sencilla, podría ser la banda sonora de una generación que empieza a comprender que en el capitalismo digital, incluso escuchar es una forma de resistencia.
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