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La guerra que prometía fuerza y control se convierte en un desastre económico y político mientras el bloqueo energético y el rechazo interno empiezan a asfixiar a la Casa Blanca.
Hay guerras que empiezan con discursos grandilocuentes y terminan chocando con la realidad. Y la guerra impulsada por Donald Trump contra Irán está empezando a hacerlo muy rápido.
Lo que se presentó como una demostración de fuerza se está transformando en un problema que crece cada día. El bloqueo del estrecho de Ormuz ha desencadenado una tormenta económica global, el rechazo social dentro de Estados Unidos aumenta y, para colmo, las grietas comienzan a abrirse dentro del propio Partido Republicano.
Todo ello apenas unos días después del inicio del conflicto.
Las cifras empiezan a mostrar el tamaño del problema. Según el Pentágono, los primeros seis días de guerra ya han costado 11.300 millones de dólares. Al mismo tiempo, siete soldados estadounidenses han muerto y al menos 140 han resultado heridos, mientras el conflicto amenaza con escalar en una de las regiones más volátiles del planeta.
Pero el verdadero problema para Trump no está solo en el frente militar.
Está en todo lo que viene detrás.
UN GOLPE ECONÓMICO GLOBAL
El estrecho de Ormuz es uno de los puntos más sensibles del sistema energético mundial. Antes del estallido del conflicto transitaban por esa ruta unos 20 millones de barriles de petróleo al día, según la Agencia Internacional de la Energía.
Cuando ese cuello de botella se vuelve inseguro, todo el mercado energético entra en tensión.
Eso es exactamente lo que está ocurriendo.
El bloqueo del estrecho y los ataques a petroleros han disparado los precios del petróleo, acercándolos peligrosamente a los 100 dólares por barril. El efecto se ha trasladado inmediatamente a la economía estadounidense.
En apenas diez días, el precio de la gasolina ha pasado de menos de 3 dólares por galón (3,8 litros) a más de 3,5 dólares.
En un país donde millones de personas dependen del coche para trabajar, ese aumento es mucho más que un dato económico. Es un problema político inmediato.
Y lo más preocupante para la Casa Blanca es que Washington no tenía un plan para esta situación. Irán no necesitaba ganar una batalla naval para golpear a Estados Unidos. Bastaba con convertir Ormuz en un punto inseguro.
Trump ha intentado minimizar el impacto con mensajes contradictorios. Un día asegura que los precios bajarán pronto. Al siguiente presume de que el encarecimiento del petróleo beneficia a Estados Unidos.
Su frase del 12 de marzo, publicada en Truth Social, lo resume todo: “Cuando los precios del petróleo suben, ganamos mucho dinero”.
Pero para millones de ciudadanos lo que sube no son los beneficios.
Es la factura.
UNA GUERRA CADA VEZ MÁS IMPPOPULAR
El impacto económico llega en un momento delicado para la Casa Blanca.
Las encuestas empiezan a mostrar un rechazo creciente al conflicto. Según un sondeo de la Universidad de Quinnipiac publicado esta semana, más de la mitad de los votantes estadounidenses se oponen a la guerra en Irán.
Además, una mayoría cree que el conflicto puede prolongarse durante meses o incluso más tiempo.
El recuerdo de Afganistán y de Irak sigue muy presente en la sociedad estadounidense. La idea de otra intervención militar larga, cara e incierta genera un rechazo inmediato.
Y la guerra ya empieza a mostrar su factura humana.
Los siete soldados muertos, los 140 heridos y el accidente de un avión cisterna en Irak con cinco personas a bordo recuerdan que las guerras no se libran en redes sociales.
Se libran con vidas.
Trump aspiraba a proyectar fuerza internacional. Pero en casa la narrativa empieza a girar en dirección contraria. Cada subida del precio de la gasolina y cada noticia de bajas militares alimenta la percepción de que esta es una guerra elegida, no una guerra necesaria.
PRESIÓN POLÍTICA DENTRO DEL PROPIO TRUMPISMO
Si la presión social crece, la presión política empieza a hacer lo mismo.
Estados Unidos se dirige hacia las elecciones legislativas de noviembre, en las que se renovarán los 435 escaños de la Cámara de Representantes y un tercio del Senado.
Para muchos republicanos, la guerra se está convirtiendo en un riesgo electoral.
Según The Wall Street Journal, algunos asesores de Trump ya le han sugerido en privado buscar una estrategia de salida antes de que el conflicto se convierta en una guerra prolongada que desgaste al partido.
Las tensiones empiezan a aparecer incluso dentro del propio movimiento MAGA.
El congresista republicano Thomas Massie ha criticado abiertamente la intervención militar. Otras voces conservadoras influyentes también cuestionan el rumbo del conflicto.
Mientras tanto, figuras como el senador Lindsey Graham presionan para ampliar la implicación militar estadounidense en la región, defendiendo incluso compromisos de defensa permanentes con aliados de Oriente Medio.
Ese choque de posiciones refleja algo más profundo.
La guerra está abriendo una fractura dentro del propio trumpismo.
El movimiento que se construyó alrededor del lema America First empieza a enfrentarse a una realidad incómoda: una guerra cara, imprevisible y potencialmente larga que amenaza con arrastrar a Estados Unidos a otra espiral de inestabilidad en Oriente Medio.
Trump quiso presentar el conflicto como una demostración de fuerza.
Pero cada día que pasa muestra algo distinto.
Una crisis que empieza a crecer más rápido que su capacidad para controlarla.
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