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La guerra impulsada por Estados Unidos e Israel contra Irán ha abierto grietas profundas en una familia política que durante años se alineó con el trumpismo y el militarismo occidental
La ofensiva militar impulsada por Estados Unidos e Israel contra Irán no solo está reconfigurando el tablero geopolítico de Oriente Próximo. También está provocando algo que pocos esperaban hace apenas unos años: una fractura visible dentro de la extrema derecha europea. Durante más de una década, estos movimientos políticos encontraron en Donald Trump un referente internacional, un modelo de liderazgo agresivo y una narrativa política basada en el choque de civilizaciones. Pero cuando la guerra deja de ser un discurso electoral y se convierte en una realidad con consecuencias económicas y estratégicas, el entusiasmo ideológico empieza a resquebrajarse.
La paradoja es evidente. El líder que durante años funcionó como referente global de la extrema derecha se está convirtiendo en su mayor problema político. La escalada militar en Oriente Próximo amenaza con provocar una crisis energética, tensiones comerciales y un deterioro de la seguridad europea. Y los partidos ultras del continente, que durante años vendieron el trumpismo como una brújula política, se encuentran ahora atrapados entre su fidelidad ideológica y el coste real de las decisiones que salen de Washington.
La reacción de Alternativa para Alemania (AfD) lo ilustra con claridad. Tras los ataques contra Irán, la dirección del partido difundió un comunicado en el que pedía moderación y respeto al derecho internacional. Un mensaje sorprendente si se tiene en cuenta que AfD ha defendido sistemáticamente las políticas de Trump y ha celebrado sus medidas antimigratorias y su agenda nacionalista. El comunicado provocó una tormenta interna entre sus propios seguidores. Militantes y simpatizantes acusaban al partido de adoptar un discurso propio de la izquierda o de la diplomacia europea tradicional.
El episodio revela una contradicción de fondo. Durante años, el trumpismo ofreció a la extrema derecha europea una narrativa simple y eficaz: Occidente como bloque civilizatorio frente a enemigos externos. Pero cuando ese discurso se traduce en guerras que amenazan con golpear directamente la economía europea, la adhesión ideológica empieza a mostrar grietas.
UNA EXTREMA DERECHA DIVIDIDA ENTRE ATLANTISMO Y SOBERANISMO
La fractura no es nueva, pero la guerra la ha hecho visible. Dentro de muchos partidos ultras europeos conviven dos visiones geopolíticas profundamente incompatibles. Por un lado, la corriente atlántica que ve a Estados Unidos e Israel como aliados estratégicos y que comparte la idea de un Occidente en confrontación permanente con sus adversarios. Por otro, una corriente soberanista que desconfía del poder estadounidense y que apuesta por una Europa más autónoma, incluso abierta a alianzas con Rusia.
En Alemania, esta tensión atraviesa a AfD desde hace años. El ala más alineada con el trumpismo entiende a Israel como un bastión del proyecto occidental. El sector más radical y nacionalista, en cambio, critica el papel de Estados Unidos como potencia imperial y defiende una Europa geopolíticamente independiente. La guerra contra Irán ha convertido esa disputa interna en un conflicto abierto.
Este mismo patrón se reproduce en otros países europeos. La extrema derecha ya no aparece como un bloque homogéneo, sino como un mosaico de posiciones contradictorias. Hay dirigentes que optan por el silencio, otros que respaldan abiertamente la ofensiva militar y otros que intentan tomar distancia de ella.
El primer ministro húngaro Viktor Orbán, uno de los aliados más cercanos de Trump dentro de la Unión Europea, eligió inicialmente el silencio. Un silencio cargado de cálculo político. Orbán ha construido su imagen como defensor de la paz frente a la guerra en Ucrania, pero apoyar una ofensiva estadounidense contra Irán comprometería ese discurso. La guerra estalla además en el peor momento político para él, a las puertas de unas elecciones en las que las encuestas apuntan por primera vez en 16 años a una posible derrota electoral.
En Francia, el líder ultraderechista Jordan Bardella ha intentado caminar sobre una cuerda floja política. No condenó de manera directa los ataques en los primeros días, pero rápidamente desplazó el debate hacia sus consecuencias económicas para la ciudadanía francesa. Un giro que revela hasta qué punto el conflicto amenaza con golpear el bolsillo de los votantes europeos.
EL PROBLEMA DEL TRUMPISMO PARA SUS PROPIOS ALIADOS
La división se vuelve aún más visible entre quienes han decidido apoyar abiertamente la ofensiva militar. El presidente de Vox, Santiago Abascal, celebró el ataque contra Irán y acusó al Gobierno español de alejar a España del bloque occidental por negarse a facilitar el uso de las bases de Rota y Morón para la guerra. Nigel Farage, líder de Reform UK y aliado histórico de Trump, también defendió la relación estratégica con Estados Unidos y criticó al primer ministro británico Keir Starmer por mostrar dudas sobre la intervención.
Pero incluso dentro de ese sector empiezan a aparecer dudas. La razón es sencilla. Las guerras pueden alimentar el discurso identitario de la extrema derecha, pero también pueden destruir su base electoral cuando generan crisis económicas. Si el conflicto se traduce en precios de la energía disparados, inflación o inestabilidad económica, la factura política la pagarán también los partidos que han defendido la línea de Washington.
La situación ha generado posiciones inesperadas. La primera ministra italiana Giorgia Meloni, líder posfascista de Hermanos de Italia, se ha visto obligada a tomar distancia del conflicto. Tras un primer momento de apoyo diplomático a Israel, terminó reconociendo que el ataque contra Irán está fuera del derecho internacional y afirmó que Italia no quiere entrar en guerra.
El resultado es una escena política que hace apenas unos años parecía improbable. Dirigentes de la extrema derecha europea situándose, al menos retóricamente, más cerca de las posiciones diplomáticas del Gobierno español que de las decisiones de Washington.
Durante años, el trumpismo funcionó como cemento ideológico para una red internacional de partidos ultraderechistas. Hoy empieza a actuar como dinamita. Porque cuando el nacionalismo se subordina a una potencia extranjera y esa potencia decide iniciar una guerra, la contradicción queda al descubierto.
Y entonces el liderazgo que prometía salvar a la extrema derecha termina mostrando algo mucho más incómodo: que su supuesto salvador puede ser también quien la empuje al abismo político.
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