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Dos misiles Tomahawk lanzados por Estados Unidos impactaron contra una escuela llena de niñas y niños en Irán. La llamada “inteligencia militar” utilizó datos obsoletos y Donald Trump intentó mentir culpando a Irán mientras los cuerpos aún estaban bajo los escombros.
La guerra moderna se vende como precisión quirúrgica. Como inteligencia militar avanzada. Como tecnología capaz de distinguir entre un cuartel y una escuela. Pero lo ocurrido el 28 de febrero en la ciudad iraní de Minab desmonta esa propaganda con una brutalidad imposible de disimular.
No fue un error menor. Fueron dos impactos. Dos misiles Tomahawk estadounidenses. Dos decisiones militares que acabaron destrozando una escuela primaria llena de niñas y niños. El New Yprk Times lo confirma en un amplio reportaje: https://www.nytimes.com/2026/03/11/us/politics/iran-school-missile-strike.html?smid=tw-nytimes&smtyp=cur
El resultado: al menos 175 personas muertas, la mayoría menores.
Y ahora la propia investigación preliminar del Pentágono lo confirma. El ataque fue responsabilidad de Estados Unidos. No de Irán. No de un accidente misterioso. No de una confusión inevitable en la guerra. Fue consecuencia directa de lo que el ejército estadounidense llama, con una ironía involuntaria, “inteligencia militar”.
Inteligencia.
¿De verdad?
Dos misiles contra una escuela
La explicación oficial es casi insultante. Según la investigación, el ejército estadounidense seleccionó como objetivo un edificio que figuraba en sus bases de datos como parte de una instalación militar iraní. En realidad era una escuela primaria en funcionamiento.
La razón del error es tan simple como grotesca: los datos estaban desactualizados.
La Agencia de Inteligencia de Defensa proporcionó las coordenadas del objetivo. El Comando Central las utilizó para planificar el ataque. Nadie verificó la información. Nadie comprobó las imágenes satelitales recientes. Nadie se preguntó si ese edificio seguía siendo una base militar.
El resultado fue devastador.
Un primer misil impactó en la zona. Horas después llegó el segundo, dentro de la misma operación militar contra la base naval situada junto al colegio.
Dos misiles de precisión.
Dos decisiones tomadas en despachos climatizados a miles de kilómetros.
Y dentro de ese edificio había niñas.

“Inteligencia militar”: el oxímoron
Las imágenes satelitales posteriores dejan claro que el edificio llevaba años funcionando como escuela. Entre 2013 y 2016 el complejo fue transformado completamente.
Las torres de vigilancia desaparecieron. Se abrieron accesos públicos. Se construyeron zonas de recreo. Las paredes se pintaron de colores infantiles. El recinto quedó separado físicamente de la base naval.
Cualquier analista con un mínimo de rigor habría detectado esos cambios en cuestión de minutos.
Pero el aparato militar más caro del planeta —el mismo que presume de satélites, inteligencia artificial y vigilancia global— ni siquiera fue capaz de actualizar una base de datos básica.
Luego hablan de precisión quirúrgica.
Luego hablan de inteligencia.
La realidad es mucho más simple: un ejército gigantesco con un presupuesto obsceno y una cadena de mando incapaz de distinguir un cuartel de un colegio.

Trump: mentir antes de que se enfríen los cadáveres
Mientras las pruebas empezaban a acumularse, Donald Trump reaccionó como suele hacerlo: mintiendo.
Ante los periodistas aseguró que, en su opinión, el ataque había sido causado por Irán. Incluso insinuó que el propio país atacado podría haber lanzado el misil que destruyó la escuela.
Hay un pequeño problema con esa teoría.
Estados Unidos es el único actor en esta guerra que utiliza misiles Tomahawk.
Pero a Trump nunca le ha importado demasiado la realidad. Ni las pruebas. Ni los hechos. Ni siquiera la lógica más básica.
Cuando un periodista le preguntó por qué era el único miembro de su administración que culpaba a Irán, respondió con una frase que resume toda la situación: “No sé lo suficiente sobre ello”.
Un presidente que no sabe.
Un ejército que no verifica.
Una inteligencia que no investiga.
Y 170 niñas muertas.
El patrón de siempre
La investigación también ha examinado si sistemas tecnológicos modernos, incluidos programas de inteligencia artificial utilizados para analizar objetivos, pudieron haber influido en el error.
Pero la conclusión provisional es mucho más incómoda. No fue un fallo tecnológico. Fue incompetencia humana.
Un error burocrático. Una base de datos mal mantenida. Una cadena de mando que asumió que alguien más había comprobado la información.
Y un misil de precisión lanzado contra un edificio lleno de estudiantes.
No es la primera vez que ocurre. En 1999, durante la guerra de Kosovo, Estados Unidos bombardeó por error la embajada china en Belgrado por utilizar mapas desactualizados.
Pero la tragedia de Minab tiene algo que hace todavía más obsceno todo el episodio.
La magnitud de las víctimas.
Excavadoras tuvieron que abrir filas de pequeñas tumbas antes del funeral colectivo. Decenas de ataúdes diminutos alineados en un cementerio que nunca debió existir.
Todo por dos impactos.
Dos misiles.
Y una maquinaria militar que sigue llamando “inteligencia” a un sistema capaz de matar a 170 niñas por no actualizar una base de datos.
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