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El correo entre el príncipe Andrés y Jeffrey Epstein demuestra que el poder no se rompe: se protege.
CÓMPLICES, NO VÍCTIMAS
En febrero de 2011, mientras el mundo descubría la fotografía que mostraba al príncipe Andrés con el brazo alrededor de la adolescente Virginia Giuffre, el hijo de Isabel II escribió un correo a Jeffrey Epstein. “Estamos en esto juntos”, le dijo. Una frase breve, pero suficiente para desenmascarar décadas de hipocresía real y complicidades entre élites. Porque no hablaba solo un duque. Hablaba una institución acostumbrada a que el escándalo nunca llegue al trono.
El mensaje fue enviado el 28 de febrero de 2011, un día después de que la foto se hiciera pública. En él, Andrés tranquilizaba al magnate: “No te preocupes por mí. Parece que estamos juntos en esto y tendremos que superarlo”. Añadía un saludo de confianza: “Mantente en contacto y jugaremos un poco más pronto”. Firmaba como “A, HRH The Duke of York, KG”. Era una declaración de lealtad entre depredadores.
El detalle es crucial: en 2019, el propio Andrés aseguró en la BBC que había roto toda relación con Epstein en diciembre de 2010. Mintió. Mintió ante las cámaras, mintió ante la ciudadanía y mintió a la justicia. La correspondencia demuestra que la supuesta ruptura fue una maniobra de relaciones públicas. Una jugada más del teatro monárquico, donde los delitos se maquillan con títulos y los abusos se esconden tras la palabra “honor”.
La monarquía británica no se escandaliza por la explotación sexual, sino por el hecho de ser descubierta.
LA RED DE IMPUNIDAD
Epstein fue hallado muerto en su celda de Manhattan en agosto de 2019, mientras esperaba juicio por tráfico sexual. Oficialmente fue suicidio. Ofensivamente fue silencio. Antes, en 2008, ya había sido condenado por prostitución y prostitución con menores. Cumplió apenas unos meses en una cárcel de lujo. En ese tiempo, siguió recibiendo visitas de empresarios, políticos y miembros de la realeza. Nadie cortó la relación con él. Nadie quiso saber demasiado.
En enero de este año, parte de aquel correo apareció en documentos judiciales relacionados con la Autoridad de Conducta Financiera del Reino Unido (FCA) y el exdirector de Barclays, Jes Staley, acusado de mentir sobre su vínculo con Epstein. Entonces se hablaba de un “miembro de la familia real” no identificado. Hoy ya no hay dudas: era Andrés.
Pero el caso no termina en los muros del palacio. Este mismo fin de semana se supo que Tony Blair recibió a Epstein en Downing Street el 14 de mayo de 2002, cuando aún era primer ministro. La cita fue organizada por Peter Mandelson, político laborista, posteriormente nombrado embajador en Estados Unidos y destituido por su cercanía al magnate. Mandelson describió a Epstein como un “amigo” y una persona “segura”.
La élite política y económica británica compartía cócteles y secretos con un proxeneta que traficaba con niñas. No por ingenuidad, sino porque el sistema los une. El dinero, la influencia y el silencio son las tres religiones de las élites globales. Y en ese altar, Epstein fue sacerdote y oferente.
LA MENTIRA COMO LEGADO
El príncipe Andrés insistió en 2019 que había mantenido contacto con Epstein solo para “romper la relación”. Según su relato, viajó a Nueva York para decirle personalmente que no quería volver a verlo. Lo hizo, según él, por “liderazgo”. En realidad, las fotos de ambos paseando por Central Park prueban lo contrario: lo hizo por amistad y protección.
Desde entonces, Buckingham Palace ha intentado cerrar filas. Se suspendieron sus funciones oficiales, se borró su agenda pública, se eliminaron menciones de su perfil institucional. Pero la monarquía no lo expulsó. Simplemente lo escondió, como quien guarda un retrato incómodo en un cajón.
Cada nueva revelación hunde un poco más la credibilidad de una institución que se alimenta de mito y dinero público. La misma que sermonea sobre moral, patria y deber, mientras calla ante el abuso, el tráfico sexual y la complicidad criminal.
El “estamos en esto juntos” no era solo una frase entre amigos. Era una confesión. Andrés sabía que no era un caso aislado, sino un eslabón más de una cadena de poder que compra el silencio, manipula la prensa y pervierte la justicia. El mensaje es claro: el poder no se destruye entre ellos, se protege.
El duque mintió. Epstein murió. Las víctimas siguen esperando justicia. Y la corona, como siempre, permanece intacta. Porque ninguna monarquía sobrevive sin servidumbre, ni ninguna servidumbre sin miedo.
El problema no es un príncipe. Es un sistema entero que confunde impunidad con realeza.
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