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El exministro del Interior y su número dos comparecen en el juicio de Kitchen como si la operación parapolicial contra Bárcenas hubiera ocurrido en otro país, en otro Gobierno y bajo otro Ministerio.
LA AMNESIA COMO ESTRATEGIA DE DEFENSA
Jorge Fernández Díaz ha encontrado una fórmula bastante útil para explicar la Operación Kitchen: no sabía nada. Nada de nada. Nada en absoluto. Era ministro del Interior, tenía bajo su mando a la Policía, a los comisarios, al secretario de Estado de Seguridad y a toda la maquinaria institucional que, según la acusación, fue utilizada para espiar a Luis Bárcenas y tratar de arrebatarle documentación sensible sobre la caja B del PP. Pero él, por lo visto, pasaba por allí. Como un turista institucional. Como un señor que entraba al Ministerio, saludaba, leía la prensa y se iba a comer.
La declaración de Fernández Díaz y Francisco Martínez en el juicio de la Operación Kitchen dejó una imagen difícil de digerir: el jefe y su número dos, enfrentados durante la instrucción, aparecieron ahora perfectamente alineados en una versión común. Ninguno sabía nada. Ninguno vio nada. Ninguno ordenó nada. Ninguno se preocupó por nada. Y todo ello pese a que la Fiscalía pide 15 años de prisión para ambos por una operación presuntamente montada desde Interior para proteger al PP de las revelaciones de Bárcenas.
La cosa tiene mérito. Porque no hablamos de una anécdota administrativa, ni de un expediente perdido, ni de un rumor de pasillo. Hablamos de Kitchen. Una presunta operación parapolicial organizada durante el Gobierno de Mariano Rajoy para vigilar al extesorero del PP, captar a su chófer como confidente, buscar documentos comprometedores y neutralizar el impacto político de una corrupción que amenazaba directamente a la cúpula del partido. Todo muy normal. Muy democrático. Muy de Estado de derecho con sotana, medalla policial y alcantarilla incluida.
Fernández Díaz, sin embargo, sostuvo ante el tribunal que nadie en el PP le transmitió preocupación por lo que Luis Bárcenas pudiera contar. Nadie. Ni una llamada. Ni una conversación. Ni una inquietud. Ni siquiera una ceja levantada. Es decir, mientras en 2013 estallaban los papeles de Bárcenas, salían a la luz los sobresueldos en la dirección del PP y se publicaban los SMS de Rajoy al extesorero con aquel inolvidable “hacemos lo que podemos”, el ministro del Interior vivía, según su relato, en una especie de balneario mental.
Qué paz. Qué serenidad. Qué democracia tan relajada.
El problema es que esa tranquilidad solo existe si uno decide creerse que el ministro del Interior de Rajoy no sabía lo que estaba ocurriendo en el país, en su partido, en su Gobierno y en su propio Ministerio. Y hay relatos que no son relatos: son insultos a la inteligencia.
EL MINISTRO QUE SE ENTERABA POR LA PRENSA
Fernández Díaz dijo que se enteró de Kitchen “como el común de los mortales”, por los medios de comunicación. La frase es maravillosa, casi literaria. El ministro del Interior convertido en ciudadano anónimo. El jefe político de todos los mandos implicados reducido a lector pasivo de titulares. El responsable máximo de la seguridad del Estado enterándose de una presunta operación policial ilegal como quien descubre una exclusiva mientras moja la magdalena.
Pero claro, si aceptamos esa versión, hay que aceptar también lo siguiente: que Fernández Díaz no habló seriamente del asunto con Francisco Martínez, su número dos; que no pidió explicaciones al director adjunto operativo de la Policía; que no quiso saber qué hacían ciertos comisarios con Bárcenas; que no le preocupó que se estuviera usando dinero público, recursos policiales y confidentes para proteger al PP; y que, pese a ser amigo personal de Mariano Rajoy, tampoco consideró necesario preguntar nada sobre un escándalo que podía comprometer al presidente del Gobierno.
Es mucho tragar.
Francisco Martínez, por su parte, también se apuntó al no absoluto. Lo suyo es aún más llamativo porque durante la instrucción había mantenido una posición bastante distinta. Entonces señaló hacia arriba. Ahora mira hacia ninguna parte. Donde antes había mensajes, órdenes, notarios y tensión con el exministro, ahora hay niebla. Mucha niebla. Una niebla muy conveniente.
Martínez no negó su relación intensa con José Manuel Villarejo. Eso habría sido demasiado incluso para este teatro. Admitió reuniones, contactos y fascinación por un comisario al que describió como un “torrente de información”, aunque a veces fueran simples chascarrillos. Es decir, el secretario de Estado de Seguridad se reunía con Villarejo, recibía información de Villarejo, escuchaba advertencias de Villarejo, pero nunca, jamás, por supuesto, oyó nada ilegal. Villarejo, ya se sabe, era una especie de geopolitólogo de sobremesa. Tanto que Martínez llegó a decir que la primera vez que oyó hablar del estrecho de Ormuz fue por él. España, potencia mundial de la fontanería policial y la geografía improvisada.
Hay un detalle especialmente revelador. Martínez contó que conoció a Villarejo porque Fernández Díaz le transmitió que Juan Cotino había dicho que era urgente contactar con el comisario, ya que tenía información relevante. El encuentro se produjo en abril de 2012. Villarejo, según esa versión, avisaba de que ciertas declaraciones del ministro sobre Ignacio González podían volverse en su contra. Un asunto delicado, político, policial y con aroma a cloaca. Pero luego Fernández Díaz declaró que apenas conocía a Villarejo, que no tuvo contacto con él entre 2013 y 2015 y que solo lo saludó brevemente en 2016 en una comida por la jubilación de Eugenio Pino.
Todo encaja si uno decide dejar de pensar.
LOS DISCOS DUROS, EL CHÓFER Y LA LEYENDA MEDIÁTICA
El momento de los discos duros de Bárcenas roza el esperpento. Martínez afirmó que eran una “especie de leyenda mediática”. Claro. Los discos duros. La documentación. La información que podía comprometer al PP. Todo eso, según esta nueva versión, era un mito periodístico, un cuento, una niebla creada por la prensa. La realidad, al parecer, era mucho más inocente: comisarios reuniéndose, confidentes cobrando, un chófer de Bárcenas vigilando a su jefe y altos cargos del Ministerio sin enterarse de nada.
Pero en la instrucción apareció otra versión. El comisario García Castaño declaró que Martínez le ordenó buscar esos discos duros. Y el tribunal ha podido escuchar ese testimonio. Así que la “leyenda mediática” tiene, como mínimo, demasiados policías, demasiados mandos, demasiados pagos y demasiadas coincidencias para ser solo una leyenda.
También está el caso de Sergio Ríos, el chófer de Bárcenas captado como confidente. Un hombre pagado para vigilar al extesorero mientras trabajaba para él. Martínez negó saber si recibió trato de favor para ingresar en la Policía y soltó otra frase de manual: “Es imposible amañar un procedimiento de selección en la Policía Nacional”. Una frase preciosa si no fuera porque la propia causa apunta precisamente a que eso ocurrió para mantener controlado al confidente en el futuro.
La defensa se sostiene sobre una idea muy simple: nadie sabía nada porque saber algo sería penalmente incómodo. Fernández Díaz no sabía. Martínez no sabía. El PP no estaba preocupado. Villarejo solo contaba chascarrillos. Los discos duros eran una leyenda. El chófer era casi una casualidad. Y Kitchen, si uno escucha a los acusados, parece menos una operación parapolicial que una invención colectiva de periodistas, jueces, fiscales, policías y documentos.
Demasiada gente inventando lo mismo.
Lo más obsceno de todo no es solo la amnesia. Es el intento de convertir esa amnesia en una forma de autoridad moral. Como si ocupar el Ministerio del Interior durante cinco años no implicara responsabilidad política. Como si estar en la cúspide de la cadena de mando sirviera para mandar cuando conviene y para no enterarse cuando llegan los tribunales. Como si el poder pudiera ejercerse sin huellas, sin memoria y sin consecuencias.
Fernández Díaz y Martínez han escenificado un pacto de no agresión que beneficia, sobre todo, al exministro. Si el número dos ya no señala al jefe, el jefe puede seguir interpretando el papel del hombre ajeno a su propio Ministerio. Es una obra vieja: el poder se organiza, la policía obedece, los subordinados se mueven, los papeles desaparecen, los confidentes cobran y, cuando llega el juicio, todo el mundo descubre de repente que vivía en una nube.
El no absoluto.
No vi. No supe. No pregunté. No ordené. No me preocupé.
España no tuvo un ministro del Interior. Tuvo, según su propio relato, un espectador con despacho, chófer oficial y mando sobre todos los acusados.
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