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Cuando EEUU e Irán parecen acercarse a una tregua de 60 días, Netanyahu responde ampliando el fuego sobre Líbano y convirtiendo la diplomacia en un estorbo.
LA TREGUA QUE ISRAEL NECESITA ROMPER
La secuencia es obscena. Donald Trump dice que las negociaciones con Irán avanzan. Marco Rubio sugiere que un acuerdo con Teherán puede estar a cuestión de días. Y, justo entonces, Israel reanuda su ofensiva contra Líbano con una violencia que no parece casualidad, ni error de cálculo, ni simple respuesta militar. Parece otra cosa. Una advertencia. Un chantaje. Una forma de decir que en Oriente Medio no se firma nada sin que Tel Aviv pueda convertirlo antes en humo, escombros y cadáveres.
El 28 de mayo, Francesca Cicardi contaba en elDiario.es que Netanyahu había anunciado el martes que su ejército estaba “profundizando sus operaciones en Líbano”. Al día siguiente, las Fuerzas de Defensa de Israel ordenaron evacuar toda el área situada al sur del río Zahrani, incluida Tiro, ciudad donde antes de la guerra vivían más de 200.000 personas, y la declararon “zona de combate”. Este jueves llegaron nuevos ataques, incluido uno sobre Beirut, con al menos 16 personas muertas. Así se escribe la diplomacia cuando la escribe un Estado acostumbrado a que sus bombas tengan más legitimidad internacional que las vidas árabes.
El alto el fuego impuesto por Trump en Líbano el 16 de abril ya era una tregua tramposa. Permitía a Israel adoptar “todas las medidas necesarias en legítima defensa”, esa fórmula mágica que convierte cualquier agresión en una nota de prensa. Desde entonces, el ejército israelí no se retiró del sur de Líbano ni dejó de atacar suelo libanés. Pero ahora ha vuelto a la guerra de alta intensidad. Y eso, en la práctica, liquida la tregua. La liquida mientras Irán exige que cualquier pacto de fin de hostilidades incluya también a Líbano. Qué casualidad. Siempre la misma casualidad armada.
Daniel Levy, exnegociador de paz israelí y presidente del US/Middle East Institute, lo resumió con una claridad incómoda: Israel actúa como “un saboteador deliberado, comprometido e implacable” y hará todo lo posible para impedir un resultado aceptable para Irán. No es una frase menor. Es una acusación política de primer orden. Israel no estaría reaccionando a la diplomacia. Estaría intentando dinamitarla.
Y no sería la primera vez. En abril, apenas unas horas después de entrar en vigor el alto el fuego pactado por Washington y Teherán, el ejército israelí lanzó la mayor oleada de bombardeos contra Líbano desde el inicio de la ofensiva del 2 de marzo. Resultado: más de 300 personas muertas y alrededor de 1.000 heridas en una sola tarde. Los ataques se extendieron por todo el país, con especial dureza sobre Dahiye, en el sur de Beirut, considerado feudo de Hizbulá. La paz duró lo justo para que Israel eligiera objetivo.
EL NEGOCIO POLÍTICO DE QUE NADA TERMINE
Esta semana, según medios israelíes, Washington habría relajado la presión sobre Israel respecto a Líbano. La línea roja, por llamarla de alguna forma, habría sido no bombardear masivamente Beirut ni derribar edificios enteros en la capital. También se habría pedido no atacar la presa de Qaraoun, en el valle de la Bekaa. Qué concepto más miserable de contención: permitir una guerra “controlada” siempre que la devastación no resulte demasiado difícil de vender en televisión.
Bezalel Smotrich, ministro israelí de Finanzas y rostro de la extrema derecha más desatada, fue más lejos. Pidió derribar 100 edificios en Beirut por cada dron explosivo de Hizbulá que hiera o mate a un militar israelí. Lo escribió después de que una soldado de 20 años muriera el miércoles por la explosión de un dron en el norte de Israel. La muerte de una soldado convertida en excusa para proponer castigo colectivo contra una ciudad. Esa es la aritmética moral de la guerra colonial: una vida propia vale cien edificios ajenos.
Hizbulá, según el portavoz de Netanyahu, David Mencer, habría lanzado unos 900 cohetes y más de 1.000 drones desde la entrada en vigor de la fallida tregua a mediados de abril. Israel utiliza esas cifras para presentarse como víctima permanente, incluso cuando ocupa, bombardea y decide qué territorio vecino se convierte en “zona de combate”. Nadie sensato puede negar la violencia de Hizbulá. Pero tampoco se puede aceptar el truco de siempre: que cada ataque contra Israel justifique una escalada ilimitada y cada ataque de Israel sea tratado como un trámite defensivo.
Mientras tanto, los negociadores de EEUU e Irán habrían alcanzado, según Axios, un acuerdo sobre un memorando de entendimiento de 60 días para prorrogar el alto el fuego e iniciar conversaciones sobre el programa nuclear iraní. Tasnim, citando a una fuente cercana a Teherán, lo negó o al menos lo enfrió: el texto no estaría ultimado ni confirmado. La diplomacia avanza a trompicones. Israel dispara con método.
La clave es que Netanyahu se está quedando fuera de una negociación sobre una guerra que comenzó de la mano de EEUU el 28 de febrero, después de convencer a Trump de la supuesta “amenaza inminente” iraní. Israel no solo rechaza un acuerdo diplomático con la República Islámica. Habría preferido continuar la campaña de bombardeos. Porque la guerra le sirve. Le sirve para sostener a Netanyahu. Le sirve para alimentar a la extrema derecha. Le sirve para imponer una región donde la fuerza sustituye al derecho y donde las y los civiles libaneses, palestinos e iraníes son tratados como daños asumibles.
La misma lógica opera en Gaza. Allí sigue vigente otro alto el fuego frágil, impuesto por Trump en octubre de 2025, que Israel viola a diario. Desde entonces, ha matado a más de 900 palestinos. La ocupación israelí de la Franja ha pasado de poco más del 50% tras el acuerdo con Hamás al 60% actual, y Netanyahu aspira al 70%. No es paz. Es administración militar por fases.
Trump, además, ha vinculado un posible acuerdo con Irán a los Acuerdos de Abraham, firmados el 15 de septiembre de 2020, intentando meter en el mismo paquete la normalización con Arabia Saudí, Qatar, Pakistán o Turquía. Levy lo considera una táctica envenenada impulsada por Israel para socavar las conversaciones. Tiene sentido. Cuando la diplomacia amenaza con cerrar una guerra, se le añaden condiciones imposibles. Cuando el fuego pierde legitimidad, se le inventa otra causa.
El premio de consolación de Netanyahu, escribió Amos Harel en Haaretz, sería continuar los combates en Líbano si Trump termina pactando con Irán. La frase lo dice todo. Para un dirigente acorralado, una guerra puede ser un refugio. Para las y los civiles bajo las bombas, es una sentencia.
Israel no teme que fracase la paz. Teme que funcione.
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