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La economía estadounidense paga las consecuencias de los aranceles del nuevo mandato: el S&P 500 cae un 5% mientras el resto de bolsas suben más de un 6%
No es una caída cualquiera. Es la mayor diferencia negativa entre Wall Street y el resto del mundo desde 1988, cuando Ronald Reagan aún mandaba en la Casa Blanca. El arranque del segundo mandato de Donald Trump ha empujado a los mercados financieros hacia una situación insólita. Mientras los principales índices europeos y asiáticos registran subidas del 6,5%, el S&P 500, columna vertebral de la economía estadounidense, se desploma un 5%. El primer trimestre de 2025 se cierra con números rojos para Wall Street, por primera vez en cinco años, mientras los bonos suben. El dinero busca refugio. Y ese refugio ya no es EE.UU.
La razón no es un misterio: el nacionalismo económico de Trump ha sembrado el miedo entre las y los inversores, y los aranceles —mal definidos, improvisados y cargados de ideología— están empujando a la bolsa estadounidense a una espiral de desconfianza. Las amenazas comerciales, sumadas a la falta de claridad sobre los acuerdos finales, paralizan decisiones de inversión, congelan operaciones y generan volatilidad. Lo advertía Mary Ann Bartels, directora de inversiones en Sanctuary Wealth: “Estamos atascadas y atascados en la incertidumbre. Nadie confía en una recuperación si no se conoce con detalle el alcance de los aranceles y su impacto real en los beneficios corporativos”.
Los mercados no son inocentes. Y cuando huyen, es por algo. Trump ha transformado a la primera potencia económica mundial en un país de riesgo. La obsesión por imponer barreras comerciales ha tenido consecuencias inmediatas: empresas atrapadas en cadenas de suministro tensionadas, exportaciones bloqueadas, caída del comercio global. El caso del petróleo y del etanol norteamericano retenido por culpa de un solo arancel es solo un ejemplo. El resultado: el capital ya no quiere estar ahí. Wall Street ha dejado de ser un puerto seguro.
EL SÍNDROME ‘AMÉRICA PRIMERO’ SE ESTRELLA CONTRA LA REALIDAD GLOBAL
Pero hay más. La arrogancia de Trump también ha chocado con la aceleración tecnológica global. Mientras las tecnológicas estadounidenses siguen absorbiendo inversiones a niveles artificiales, la irrupción de DeepSeek, el modelo de inteligencia artificial desarrollado en China, ha movido los cimientos de la economía digital. El espejismo de que EE.UU. lideraría en solitario la revolución de la IA se está desvaneciendo. Y el capital empieza a mirar a Pekín.
El castillo de naipes construido en torno a gigantes como Nvidia, Alphabet o Microsoft muestra grietas. Las y los inversores empiezan a temer que el modelo DeepSeek deje fuera de juego a las tecnológicas estadounidenses, cuya sobrevaloración histórica no se sostiene sin beneficios reales a corto plazo. Si el nuevo paradigma tecnológico se escribe en mandarín, Wall Street no está invitado.
Todo esto se suma a un problema estructural: las valoraciones bursátiles en EE.UU. llevan años por encima de sus medias históricas. La caída de este trimestre no es una anomalía, es un ajuste. Un ajuste doloroso, sí, pero inevitable cuando el crecimiento se ha inflado artificialmente a base de deuda, desregulación y propaganda.
Trump ha querido emular a Reagan, pero se ha olvidado de su doctrina más importante: el libre comercio. Reagan jamás habría dinamitado el mercado global con aranceles populistas. Su “Make America Great Again” era una invitación a expandirse, no a encerrarse. Trump, en cambio, prefiere el ruido, el bloqueo, el enemigo exterior como excusa para cada fracaso interior. Pero la economía no perdona.
Mientras los grandes fondos retiran posiciones de EE.UU., las bolsas de Europa, Asia y América Latina recogen el capital huido. El índice MSCI All Country World sin componentes estadounidenses sube más de un 6,5% en los mismos tres meses en los que el S&P 500 se hunde. La comparación es humillante. Y simbólica. El mundo sigue girando. Pero Trump insiste en darle la espalda.
En 37 años no se había visto una diferencia tan abrumadora entre Wall Street y el resto del planeta. No hay mensaje más claro para quienes aún creen que los mercados solo responden a la lógica empresarial. También huyen del autoritarismo económico, del aislacionismo y del narcisismo político que se disfraza de estrategia.
No es una crisis bursátil. Es un castigo. Un castigo político a un proyecto que no entiende el mundo en el que vive.
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