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La actriz reivindicó en La Revuelta el peso de Mar adentro, cuestionó la propiedad privada del arte y puso el foco en una sociedad que educa peor de lo que consume.
MORIR CON DIGNIDAD NO ES UN CAPRICHO
Belén Rueda fue a La Revuelta el 28 de mayo para presentar Cada día nace un listo, una comedia negra sobre ambición, corrupción, clases sociales y mercado del arte. Pero la entrevista terminó abriendo algo bastante más profundo que una promoción. Habló de eutanasia, de cultura, de redes sociales, de inteligencia artificial y de esa obsesión tan de época por convertirlo todo en mercancía. Incluso la muerte. Incluso el arte. Incluso la infancia.
Su trayectoria tiene algo que molesta a los guardianes del mérito prefabricado. Empezó como azafata en televisión en la década de los 90, pasó por la ficción televisiva, se consolidó en series como Periodistas y llegó al cine con casi 40 años por una puerta enorme: Mar adentro. No fue un debut menor. Fue el tipo de papel que coloca a una actriz en medio de un debate social que algunos querían sepultar bajo sermones, dogmas y amenazas morales.
La película de Alejandro Amenábar ganó 14 premios Goya y tuvo 15 nominaciones. Entre esos premios estuvo el Goya a Belén Rueda como mejor actriz revelación. No es un dato decorativo. Es el recordatorio de que el cine español, cuando se atreve, puede hacer algo más que entretener a las y los espectadores entre anuncios de bancos, coches y plataformas. Puede intervenir en la conversación pública. Puede señalar una injusticia antes de que el Parlamento se atreva a tocarla. Puede poner rostro a una demanda social que llevaba décadas esperando una ley.
Rueda lo dijo con claridad: han pasado 22 años desde Mar adentro y hoy existe una ley que regula la eutanasia. Esa ley no cayó del cielo. La Ley Orgánica 3/2021, de 24 de marzo, fue publicada en el BOE el 25 de marzo de 2021 y entró en vigor el 25 de junio de 2021. Es decir, tuvieron que pasar años de sufrimiento, debates, resistencias reaccionarias y casos personales convertidos en campo de batalla moral para que el Estado reconociera algo elemental: morir sin sufrimiento insoportable también forma parte de la dignidad humana.
Y aquí conviene decirlo sin adornos. Quienes se oponen a la eutanasia en nombre de la vida suelen defender una idea muy rara de la vida: obligatoria, tutelada, vigilada, sometida. Una vida que debe obedecer incluso cuando el cuerpo ya no puede más. Una vida convertida en propiedad de otros. De curas, de tertulianos, de partidos que legislan con rosario en una mano y cálculo electoral en la otra. El derecho a morir tranquilo no destruye la vida: destruye el poder de quienes creen que la vida ajena les pertenece.
Belén Rueda habló de “morir tranquilo, sin sufrir, con tu familia”. Parece sencillo. Lo es. Pero en este país lo sencillo suele necesitar décadas cuando tropieza con intereses, púlpitos y moral de escaparate.
ARTE, REDES Y FAMA: TODO EN VENTA, TODO EN EXPOSICIÓN
La entrevista también dejó otra frase interesante, casi una bofetada elegante al fetichismo propietario: “¿Por qué tienes que quedarte tú una cosa para tu único placer? No te pertenece”. Hablaba de obras de arte. De esa idea obscena por la cual una pieza cultural puede acabar encerrada en una casa privada, invisible para la mayoría, convertida en trofeo de una familia rica o de un especulador con paredes caras.
Tiene razón. El arte no nació para dormir en salones blindados ni para engordar patrimonios opacos. Nació para circular, para conmover, para incomodar, para construir memoria compartida. Pero el capitalismo tiene una capacidad infinita para pudrirlo todo: una pintura se convierte en activo financiero, una película en contenido, una actriz en marca, una niña o un niño en usuario, una emoción en dato y una vida entera en escaparate.
Por eso también importó lo que dijo sobre las redes sociales. Rueda recordó una época en la que la gente se hacía conocida por una profesión: cantante, deportista, actor, actriz, científico o científica. Ahora muchas niñas y niños ya no dicen qué quieren hacer. Dicen que quieren ser famosos. Famosos, pero de qué. Esa pregunta debería perseguirnos un poco más.
Las redes han multiplicado por mil esa ansiedad. Han fabricado una industria de la exposición permanente donde la fama ya no necesita obra, oficio ni comunidad. Basta con presencia. Basta con algoritmo. Basta con que alguien mire. Y mientras las familias intentan educar, las plataformas extraen atención como quien perfora una mina. No venden entretenimiento: venden dependencia emocional empaquetada como libertad.
Rueda no cayó en el discurso fácil de prohibirlo todo. Dijo algo más sensato: educar. También lo aplicó a la inteligencia artificial. Cualquier adelanto sin leyes puede ser malo, pero prohibir no resuelve nada. Hay que enseñar a utilizarlo. Esa frase parece moderada, pero tiene una carga política enorme. Porque educar exige tiempo, inversión pública, docentes, familias con vida fuera del trabajo y leyes que no estén escritas por las mismas empresas que se enriquecen con el problema.
La anécdota del teclado lo resume bien. Cuando llegaron los primeros ordenadores, algunas familias se llevaban el teclado a la cena para que sus hijos e hijas no pudieran usarlo. No sirvió de nada. Con las redes y la inteligencia artificial ocurre lo mismo. El gesto autoritario tranquiliza a las personas adultas durante cinco minutos, pero no cambia la realidad. La tecnología no se combate escondiendo el teclado: se combate quitándole el mando a quienes la diseñan para explotarnos.
Belén Rueda no dio una lección solemne. Dio algo mejor: una conversación clara sobre cultura, muerte digna, arte público, fama vacía y educación. Y quizá por eso incomoda. Porque en un país acostumbrado a tratar la cultura como alfombra roja o como gasto prescindible, recordar que el cine ayudó a abrir una ley es casi una provocación.
La cultura no salva por sí sola, pero empuja. Abre grietas. Cambia el marco. Y a veces, cuando el poder llega tarde, una película ya había dicho la verdad 22 años antes.
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