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El mundo miró a Tenerife como ejemplo sanitario y humanitario mientras el Gobierno canario prefería alimentar el ruido y desaparecer del operativo
El Puerto de Granadilla, en Tenerife, se convirtió este 10 de mayo en el centro de una operación internacional inédita. Un dispositivo sanitario y logístico de enorme complejidad. Barcazas trasladando pasajeros desde el buque MV Hondius, equipos médicos preparados para actuar ante un virus de alto riesgo, la UME coordinando evacuaciones y casi 200 periodistas internacionales documentando una escena que parecía salida de una película de catástrofes. Solo faltaba una cosa: el presidente de Canarias.
Fernando Clavijo no apareció. Tampoco ningún miembro relevante de su gobierno. Mientras la Organización Mundial de la Salud, el Ministerio de Sanidad, Interior y decenas de profesionales convertían Tenerife en referencia internacional de gestión sanitaria, el Ejecutivo autonómico seguía atrapado en una mezcla de tacticismo político, miedo mediático y provincialismo ridículo. Porque sí. Lo que hizo el Gobierno canario durante estos días fue eso: un ridículo de escala internacional.
Y es grave. Muy grave.
El brote de hantavirus detectado en el Hondius dejó ya tres personas fallecidas. Decenas de pasajeros tuvieron que ser evacuados y repatriados bajo estrictas medidas sanitarias. Los españoles, 14 en total, fueron trasladados a Madrid para cumplir cuarentena en el Hospital Gómez Ulla. También regresaron personas de Francia, Canadá, Países Bajos, Reino Unido, Irlanda, Turquía y Estados Unidos. Faltan aún las evacuaciones de Australia y un segundo vuelo neerlandés.
La operación salió bien. “Inédita”, la definió la ministra de Sanidad, Mónica García. Y no lo dijo sola. Allí estaban también Ángel Víctor Torres, Fernando Grande-Marlaska y el director general de la Organización Mundial de la Salud, Tedros Adhanom Ghebreyesus. Tenerife pasó a ser, durante unas horas, un símbolo de coordinación internacional frente a una amenaza epidemiológica.
Y mientras tanto, Clavijo haciendo oposición al operativo desde la barrera.
EL GOBIERNO CANARIO ELIGIÓ EL MIEDO Y EL RUIDO
Lo obsceno no es solo la ausencia institucional. Lo obsceno es que el Gobierno canario intentó erosionar públicamente el dispositivo hasta el último minuto. Cuando la prioridad era proteger vidas y evitar una crisis sanitaria mayor, algunos responsables políticos decidieron alimentar sospechas y ruido para rascar titulares. Pequeña política de patio regional en medio de una emergencia internacional.
La propia OMS explicó por qué se eligió Tenerife: España era el país más cercano con recursos suficientes y Canarias contaba con una infraestructura consolidada para la gestión de patógenos de alto riesgo. Es decir, no fue una improvisación ni un capricho. Fue un reconocimiento internacional a la capacidad sanitaria y logística del Archipiélago.
Pero parte de la derecha insular reaccionó como si desembarcar enfermos fuese una invasión extraterrestre.
La presidenta del Cabildo de Tenerife, Rosa Dávila, intentó justificar la actuación del Ejecutivo hablando de “seguridad” y “protección de la población”. Palabras muy solemnes. Muy institucionales. Lo curioso es que mientras hablaban de protección, quienes estaban realmente trabajando eran sanitarias y sanitarios, personal de emergencias, Guardia Civil, Salvamento Marítimo, UME y equipos internacionales.
El Gobierno canario no estaba.
Ni siquiera cuando Tenerife aparecía en todos los informativos internacionales como ejemplo de gestión. Ni siquiera cuando el propio papa León XIV elogió la acogida del Archipiélago. Ni siquiera cuando buena parte de la ciudadanía entendió algo muy sencillo: que ayudar a personas atrapadas en un barco con un brote infeccioso no es ideología. Es humanidad básica.
Y eso fue precisamente lo más incómodo para Clavijo. Que la población canaria respondió mejor que su propio gobierno.
LA CANARIAS REAL DIO UNA LECCIÓN DE HUMANIDAD
Mientras algunos dirigentes agitaban el miedo desde despachos climatizados, en las calles de El Médano se respiraba otra cosa. Calma. Empatía. Sentido común.
Jennifer Sáez, de 38 años, lo resumía con una claridad demoledora: “Si me ocurriese a mí lo que les ha pasado a los pasajeros, me gustaría que me salvaran la vida”. No hace falta un máster en geopolítica sanitaria para entenderlo. Solo un mínimo de decencia.
Rita, de 55 años, recordaba el miedo que pasó durante la COVID y confesaba sentir vergüenza al ver ciertos discursos políticos y televisivos alrededor del operativo. Vergüenza. Esa palabra apareció varias veces entre vecinas y vecinos de la zona. Porque mientras el mundo veía solidaridad, algunos dirigentes locales parecían empeñados en fabricar pánico.
Lo más duro para Clavijo quizá no sea haber faltado al operativo. Es haberse perdido la fotografía histórica. El amanecer sobre el Puerto de Granadilla. Las conversaciones en inglés, alemán o japonés entre periodistas internacionales. Las barcazas escoltadas por Guardia Civil. Los pasajeros usando sus propias cámaras para grabar a quienes les fotografiaban desde tierra. El momento exacto en el que Canarias dejó de ser tratada como periferia turística para convertirse en referencia mundial de salud pública.
Y él no estaba.
Porque hay políticos que solo aparecen cuando pueden cortar una cinta o inaugurar un hotel. Cuando toca asumir riesgos, coordinar crisis o defender una respuesta humanitaria frente al miedo, desaparecen. O peor: estorban.
Mónica García fue muy medida al pedir que las polémicas quedaran para después. Seguramente demasiado medida. Porque aquí sí hay algo que analizar. Y mucho. Mientras profesionales sanitarios y equipos de emergencia protegían vidas, parte del Gobierno canario eligió proteger su cálculo electoral.
Canarias estuvo a la altura del mundo. Su gobierno, no.
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