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Andalucía afronta unas elecciones donde la derecha roza la mayoría absoluta mientras los problemas reales siguen teniendo nombre de clase: sanidad, vivienda, salarios y vida imposible
El dato no es solo electoral. Es moral. El sondeo de 40dB. para EL PAÍS y la Cadena SER, publicado el 11 de mayo, coloca al PP al borde de revalidar la mayoría absoluta en Andalucía con 56 escaños (horquilla de 54-57) y un 43,3% de estimación de voto. El PSOE quedaría en 28 escaños (horquilla de 27-29) y un 23%, el peor registro de su historia en una comunidad que gobernó durante 37 años. Vox subiría hasta 15 escaños y un 13,8%. La izquierda a la izquierda del PSOE sumaría 6 escaños para Por Andalucía y 4 para Adelante Andalucía. La mayoría absoluta está en 55. La derecha y la extrema derecha alcanzarían 71 diputados frente a 38 de la izquierda. No es una encuesta. Es una radiografía de época.
La pregunta incómoda no es por qué gana el PP. La pregunta incómoda es por qué una sociedad golpeada por la inflación, la precariedad, el deterioro de la sanidad pública y la dificultad para acceder a una vivienda puede terminar entregando de nuevo el poder a quienes han convertido esos problemas en paisaje. Cuando el pueblo vota contra el pueblo no lo hace porque sea ignorante. Lo hace porque alguien ha trabajado durante años para romper su conciencia de clase, su memoria política y su confianza en cualquier salida colectiva.
LA DERECHA NO GANA SOLO EN LAS URNAS: GANA EN LA CABEZA
El PP andaluz no necesita prometer una revolución. Le basta con prometer tranquilidad. Ese es su gran producto político. Una tranquilidad administrada desde arriba, con modales suaves y programa duro. Moreno Bonilla ha entendido mejor que nadie que la derecha contemporánea ya no siempre entra gritando. A veces entra sonriendo. Privatiza sin decir privatización. Desmoviliza sin parecer autoritaria. Reduce la política a gestión, mientras el mercado hace el trabajo sucio.
Por eso resulta tan brutal el contraste entre los datos sociales y el comportamiento electoral. Según la encuesta, las principales preocupaciones de las y los andaluces son la inflación y el coste de la vida, la sanidad pública, el paro y las condiciones laborales, la vivienda y la calidad de servicios como la educación. La SER detalla porcentajes demoledores: 92,3% de preocupación por la inflación, 90,3% por la sanidad pública, 87,2% por el paro y 86,1% por la vivienda. Y, aun así, la opción más probable es un Parlamento dominado por la derecha.
Aquí está el núcleo del desastre. No hay democracia plena cuando la gente vota dentro de un campo minado por el miedo, la resignación y la propaganda. El capitalismo no solo explota salarios. Explota emociones. Convierte la inseguridad en odio al vecino pobre, a las y los migrantes, a quienes reciben ayudas, a quienes protestan, a quienes paran, a quienes piden más recursos para lo común. Y cuando la política de clase desaparece, aparece la política del resentimiento.
Vox no necesita gobernar para contaminar. Con 15 escaños, aunque parezca estancado, sigue cumpliendo su función histórica: desplazar el debate, endurecer el marco, hacer que el PP parezca moderado mientras asume parte de su agenda. La extrema derecha no siempre gana entrando por la puerta principal. A veces gana convirtiendo al resto en una versión más educada de sí misma.
El PSOE, por su parte, paga algo más profundo que una mala campaña. Paga décadas de institucionalización, desgaste, soberbia y desconexión material. Haber gobernado 37 años no da derecho eterno a representar a nadie. El sondeo sitúa a los socialistas en un 23%, por debajo incluso del 24,09% de 2022. Muy lejos del 52,5% de 1982, del 50,36% de 2004, del 49,6% de 1990 y de aquellos resultados superiores al 44% en 1986, 1996, 2000 y 2008. La historia no se hereda. Se defiende. Y cuando se deja de hablarle a la clase trabajadora, la clase trabajadora acaba escuchando a quien le habla, aunque le mienta.
EL VOTO COMO SÍNTOMA DE UNA DERROTA COLECTIVA
Hay un dato especialmente cruel: el PP conserva una fidelidad de voto del 77,1%, mientras el PSOE se queda en el 63,9%. Los populares ceden un 10,3% a Vox, pero retienen el bloque. El PSOE, en cambio, sangra por todas partes: un 6,4% se iría al PP, un 6,9% a Por Andalucía, un 7,1% a Adelante Andalucía y un 8,3% permanece indeciso. Entre quienes no votaron en 2022, el PP es la opción preferida del 17%, mientras un 34,5% sigue sin decidir qué hacer.
Ese dato debería provocar una discusión seria. No el lamento ritual de cada noche electoral. Una discusión de fondo. ¿Por qué el abstencionismo no alimenta mayoritariamente una respuesta social? ¿Por qué el malestar no se convierte en organización? ¿Por qué la rabia contra la vida cara no se traduce en voto contra quienes protegen los beneficios empresariales, las privatizaciones y el urbanismo depredador?
Porque la izquierda ha perdido territorio simbólico y material. Ha hablado demasiado desde arriba. Ha confiado demasiado en la gestión. Ha convertido demasiadas veces la política en siglas, reparto, aparato y cálculo. Y mientras tanto, la derecha ha hecho algo más eficaz: ofrecer identidad. Falsa, sí. Reaccionaria, también. Pero identidad. Una bandera, un enemigo, una promesa de orden.
Moreno Bonilla aparece como preferido para presidir la Junta por el 37,1% de las personas encuestadas, frente al 16,7% de María Jesús Montero. Lo conoce el 93,3% de la población y obtiene un 42,3% de valoraciones buenas o muy buenas. Montero, pese a ser conocida por el 92,1%, apenas llega al 21,3% de valoración positiva y acumula un saldo negativo de -34,6 puntos, con un 55,9% de opiniones malas o muy malas. El problema no es solo de candidata. Es de relato.
La izquierda andaluza tampoco puede esconderse. Por Andalucía y Adelante Andalucía mejoran, sí, pero juntas quedarían lejos de disputar nada. Sus 10 escaños estimados son necesarios, pero insuficientes. La fragmentación sigue siendo una herida abierta. La gente puede entender matices. Lo que no perdona es la sensación de pequeñez, disputa interna y falta de horizonte.
La modalidad de gobierno preferida también habla sola: 26,1% quiere un PP en solitario, 24% una coalición del PSOE con otras fuerzas de izquierda y 18,5% un gobierno PP-Vox. Entre votantes del PP, el 69,4% prefiere que gobierne solo. Entre votantes socialistas, el 45,7% quiere pacto con la izquierda y solo el 30,1% un PSOE en solitario. Incluso ahí hay una lección: la derecha quiere poder; la izquierda necesita recomponer confianza.
Decir que el pueblo vota contra el pueblo no significa despreciar al pueblo. Significa acusar a quienes han conseguido que millones de personas miren sus propias heridas y voten a quienes las administran. Significa señalar a los medios que convierten la desigualdad en costumbre. A las élites que llaman libertad a pagar por lo que antes era derecho. A los partidos que confundieron representación con permanencia. A las izquierdas que dejaron de pisar barrio, tajo, centro de salud, aula y cola del paro.
El pueblo no nace derrotado: lo derrotan, lo cansan, lo dividen y luego le llaman libre cuando elige dentro de una jaula.
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