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La presidenta madrileña convirtió un viaje institucional en una operación ideológica fallida: colonialismo de escaparate, victimismo político y regreso precipitado
Por Javier F. Ferrero
Isabel Díaz Ayuso viajó a México con una idea vieja en la maleta: que la historia puede usarse como atrezo, que la diplomacia es un plató y que la política exterior consiste en provocar lejos para facturar titulares en casa. Pero México no era Telemadrid. Ni una convención del PP. Ni una tertulia donde la palabra “Hispanidad” funciona como contraseña sentimental para quienes confunden memoria con propiedad.
El viaje acabó como suelen acabar las fantasías imperiales cuando pisan suelo real: con ruido, malestar y retirada.
Ayuso quiso presentarse como defensora de una supuesta verdad histórica frente al “revisionismo”. En realidad, hizo algo más simple y más grave: convirtió la colonización en marca electoral. Habló de Hernán Cortés como quien invoca un mito útil, ignorando que para millones de personas en América Latina ese nombre no pertenece a una épica civilizadora, sino a una experiencia histórica atravesada por violencia, saqueo, sometimiento y jerarquías raciales.
No fue una defensa de la historia. Fue una operación de nostalgia colonial para consumo interno.
HISPANIDAD COMO GARROTE
La derecha española lleva años fabricando una identidad política basada en el agravio. Todo les ofende salvo la desigualdad. Todo les parece una amenaza salvo el poder económico. Todo les parece censura salvo la censura que ejercen sus medios, sus jueces afines y sus campañas de acoso.
Ayuso encaja ahí con precisión. Su viaje a México no buscaba tender puentes. Buscaba abrir una grieta. No pretendía dialogar con la memoria mexicana. Pretendía imponerle un marco españolista, orgulloso de sí mismo y ciego ante las heridas que produjo.
La presidenta de México, Claudia Sheinbaum, respondió con claridad al recordar que la conquista no puede separarse de la violencia, el esclavismo y el exterminio. Y ahí se rompió el decorado. Porque Ayuso esperaba aplauso, o al menos bronca útil. Lo que encontró fue algo peor para su personaje: una realidad política que no se arrodilló ante su teatro.
Después llegó el relato del boicot. La supuesta persecución. La denuncia de presiones. La maquinaria victimista de siempre. Cuando la provocación no obtiene veneración, se presenta como censura. Cuando el discurso colonial genera rechazo, se vende como ataque a la libertad.
Ayuso no fue silenciada. Fue contestada. Y eso, para cierta derecha, ya es intolerable.
POLÍTICA DEL CLICK
Lo más revelador no es que Ayuso regresara antes de tiempo. Lo importante es qué revela esa retirada. La presidenta madrileña no soporta un escenario donde no controla el encuadre. En Madrid gobierna con una red mediática dispuesta a convertir cualquier tropiezo en gesta. En México descubrió que fuera de esa burbuja su épica se desinfla.
El episodio deja una imagen política precisa: una dirigente que viaja al extranjero para inflamar el pasado mientras en su comunidad se deterioran los servicios públicos, se encarece la vivienda y se normaliza la desigualdad como paisaje. La señora que presume de libertad suele olvidar que la libertad sin derechos es solo propaganda con buena iluminación.
Este viaje no fue un accidente. Fue método. Ayuso representa una derecha que ya no necesita proponer nada. Le basta con producir enemigos. Hoy México. Ayer el feminismo. Mañana las y los migrantes, las y los sanitarios que protestan, las y los docentes que denuncian abandono, las y los periodistas que preguntan demasiado.
La política se reduce así a una secuencia de choques calculados. Se provoca. Se recibe respuesta. Se grita persecución. Se recauda adhesión emocional. Es capitalismo de la atención aplicado al poder público: convertir instituciones en fábricas de indignación rentable.
Pero esta vez la operación dejó una grieta visible. Porque no hubo grandeza. Hubo desmesura. No hubo diplomacia. Hubo propaganda. No hubo valentía. Hubo una dirigente intentando envolver en bandera lo que no fue más que un fracaso político.
Ayuso fue a México a posar como estadista y volvió como personaje de su propio espectáculo.
Y cuando una presidenta necesita inventarse un imperio para no hablar de su gobierno, el problema no está en México: está en la Puerta del Sol.
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