26 May 2026

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Por qué la extrema derecha odia tanto la cultura
DESTACADA, POLÍTICA ESTATAL

Por qué la extrema derecha odia tanto la cultura 

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La guerra contra libros, memoria, cine, feminismo y escuela pública no es una anécdota: es el intento de fabricar una sociedad obediente.

NO ODIAN LA CULTURA: ODIAN LA CULTURA QUE PIENSA

La extrema derecha no odia la cultura. Odia la cultura cuando deja de ser adorno. Odia los libros cuando incomodan, la memoria cuando señala responsables, el cine cuando muestra a las y los invisibles, el feminismo cuando desmonta jerarquías y la escuela pública cuando enseña a pensar sin pedir permiso. No es una cuestión estética. Es política pura. La cultura les molesta cuando deja de decorar el poder y empieza a discutirlo.

Por eso la batalla no va de una obra de teatro, una película o una biblioteca concreta. Va de controlar el relato común. Va de decidir qué puede leer una niña, qué puede explicar una profesora, qué memoria merece una placa, qué película puede proyectarse y qué palabra se convierte en sospechosa. El mecanismo es viejo: primero llaman “adoctrinamiento” a cualquier cosa que no encaje en su catecismo. Luego gritan “libertad”. Después llegan los vetos.

España ya lo ha visto. El 5 de julio de 2023, RTVE recogía la denuncia de profesionales de la cultura ante el “retorno de la censura” tras cancelaciones en ayuntamientos gobernados por PP y Vox. Entre los casos aparecían Orlando, adaptación de Virginia Woolf, y El mar: visión de unos niños que no lo han visto nunca, obra sobre el maestro republicano Antoni Benaiges. No eran piezas incendiarias. Eran cultura. Precisamente por eso molestaban.

El caso de Orlando fue especialmente transparente. En Valdemorillo, la obra fue cancelada después de que Vox entrara en el gobierno municipal. La historia de Virginia Woolf, atravesada por la identidad, el género y la transformación, tocaba demasiados nervios para quienes quieren una sociedad quieta, obediente y binaria. Aquel mismo verano, El País documentó también la retirada de la proyección de Lightyear en Santa Cruz de Bezana, después de la polémica por un beso entre dos mujeres. Feminismo, diversidad, infancia y cultura pública. Ahí se les ve el temblor.

También en Briviesca, el 4 de julio de 2023, La Vanguardia informó de la cancelación de funciones de El mar, una obra de Xavier Bobés y Alberto Conejero sobre un maestro republicano fusilado en la Guerra Civil. El director vinculó la decisión al contenido de memoria histórica. La obra recordaba a Antoni Benaiges, un maestro que en 1936 prometió llevar a sus alumnas y alumnos a ver el mar antes de ser asesinado. Qué peligro. Un maestro, una promesa y la memoria de un crimen.

No son accidentes. Son señales. En La Rioja, el PP retiró en 2023 el nombre de Almudena Grandes de la principal biblioteca pública autonómica, alegando razones técnicas. Siempre hay una excusa administrativa para tapar una decisión ideológica. Siempre aparece el expediente cuando lo que se está borrando es una autora incómoda para la derecha española.

LIBROS, ESCUELA Y MEMORIA: EL MAPA DE UNA OFENSIVA

Lo que ocurre en España forma parte de una corriente internacional. En Estados Unidos, PEN America registró 6.870 casos de prohibición de libros durante el curso 2024-2025, repartidos en 23 estados y 87 distritos escolares. Desde julio de 2021, su índice suma 22.810 casos en 45 estados y 451 distritos. Las cifras no hablan de una fiebre moral espontánea. Hablan de una maquinaria organizada contra el acceso a relatos diversos.

El curso anterior, 2023-2024, las prohibiciones superaron las 10.000, más del doble que el año previo. Entre los libros atacados aparecen obras con temática LGTBI, historias sobre racismo, relatos de personas migrantes, textos sobre discapacidad, activismo social o violencia. Es decir: todo aquello que permite a las y los estudiantes entender que el mundo no empieza ni acaba en la familia tradicional, la bandera y el mercado.

La filósofa Martha C. Nussbaum lleva años avisando de esto en Not for Profit: Why Democracy Needs the Humanities. Su tesis es sencilla y demoledora: si la educación se reduce a producir mano de obra útil para el crecimiento económico, la democracia se queda sin ciudadanía crítica. Las humanidades, las artes y la imaginación no son adornos. Son defensas frente al autoritarismo y frente a una sociedad convertida en fábrica de obediencia.

Jason Stanley, profesor de Yale y autor de How Fascism Works y Erasing History, ha insistido en la relación entre ataques a la educación, manipulación del pasado y métodos autoritarios. Su idea central es incómoda para la derecha: los regímenes reaccionarios necesitan reescribir la historia para controlar el futuro. Por eso van contra universidades, escuelas, bibliotecas y profesorado. No porque sean neutrales. Porque saben que ahí se disputa la conciencia pública.

La UNESCO, en la Declaración de Mondiacult 2022, situó la cultura como un bien público global y vinculó los derechos culturales con sociedades más inclusivas. Esa definición importa. Porque desmonta la mentira neoliberal de que la cultura es solo ocio, industria o entretenimiento para quien pueda pagarlo. La cultura es un derecho, no un capricho subvencionado. Y por eso la extrema derecha la quiere jerarquizada, domesticada y sometida al mercado.

El odio a la cultura no es odio al teatro en abstracto. Es odio a una obra de Lydia Cacho cuando habla de violencia sexual. Es odio a una película infantil si aparecen dos mujeres besándose. Es odio a una biblioteca si lleva el nombre de Almudena Grandes. Es odio a un maestro republicano si su historia obliga a mirar 1936 sin la coartada de la equidistancia. Es odio al feminismo porque pone nombre a lo que antes llamaban costumbre. Es odio a la escuela pública porque mezcla clases sociales y rompe herencias.

Ahí está el núcleo. La extrema derecha no quiere una cultura libre. Quiere una cultura de escaparate: Cervantes sin conflicto, Lorca sin fusilamiento, Miguel Hernández sin cárcel, patria sin cunetas, tradición sin mujeres, historia sin colonias, escuela sin pensamiento crítico y cine sin pobres. Quieren patrimonio sin memoria y democracia sin ciudadanía incómoda.

La censura moderna no siempre entra con uniforme. A veces entra como “falta de presupuesto”, “problemas técnicos”, “no es del gusto del público”, “protección de la infancia” o “neutralidad educativa”. Pero el resultado es el mismo: menos voces, menos preguntas, menos imaginación política. Una sociedad más pequeña. Más dócil.

Y eso conviene al capitalismo autoritario. Gente que trabaja demasiado para leer. Familias que no pueden pagar teatro. Barrios sin bibliotecas. Escuelas públicas debilitadas. Artistas precarizadas y precarizados hasta la autocensura. Todo convertido en mercancía. Todo medido por rentabilidad. Todo bajo sospecha si no produce beneficio o propaganda.

Por eso defender la cultura no es defender un lujo. Es defender una trinchera democrática. Libros, aulas, archivos, cines, teatros, canciones, editoriales pequeñas, memoria, feminismo y escuela pública. Todo eso les molesta porque todavía puede encender algo. Y lo saben. La cultura no les da miedo cuando entretiene; les da miedo cuando despierta.

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