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Los ‘active clubs’ convierten las artes marciales en un mecanismo de reclutamiento neonazi y confirman que el fascismo contemporáneo se reinventa como cultura física y viral.
EL CUERPO COMO INSTRUMENTO DE IDEOLOGÍA
El fascismo nunca fue solo un proyecto político. Siempre fue también una pedagogía del cuerpo. De los desfiles nazis a la estética del hombre nuevo mussoliniano, la ultraderecha construyó su imaginario sobre la exaltación de la fuerza física y la disciplina viril.
Hoy, en pleno siglo XXI, esa lógica muta y se adapta. La investigación del Proyecto Global contra el Odio y el Extremismo (GPAHE) revela que los llamados ‘active clubs’ ya se han extendido a 27 países desde 2023. Canadá, Suecia, Finlandia, Reino Unido, Australia, Suiza y, de manera alarmante, Chile y Colombia, son ya territorios de expansión de estos grupos.
Su origen se remonta a Estados Unidos y a la figura de Rob Rundo, un neonazi condenado en 2024 por incitar disturbios en mítines políticos. Lo que Rundo comprendió fue que un gimnasio podía funcionar como un aula política más eficaz que cualquier panfleto. El entrenamiento se convierte en rito iniciático y la camaradería en plataforma de adoctrinamiento. El tatami desplaza al mitin como espacio de formación ideológica.
LA MUTACIÓN DEL FASCISMO: DEL PANFLETO A TELEGRAM
El atractivo de los ‘active clubs’ reside en la confluencia de tres elementos:
- El culto al cuerpo como símbolo de fortaleza frente a una sociedad que identifican con la decadencia.
- Las redes sociales como mecanismo de viralización y reclutamiento, con Telegram como principal nodo de propaganda.
- El entrenamiento de combate como preparación no solo física, sino política: los adeptos se conciben como futuros soldados en una “guerra racial” que los grupos de extrema derecha presentan como inevitable.
Los investigadores del GPAHE hablan de una “metástasis” del neonazismo. A diferencia de los partidos, estos clubes no necesitan estructura centralizada. Funcionan en células locales, con autonomía, pero interconectadas a través de una red global de propaganda. Una suerte de internacional fascista descentralizada.
El ejemplo de Thomas Sewell en Australia confirma la deriva. Sewell, neonazi violento, llegó a intentar reclutar al autor de la masacre de Christchurch. Sus torneos de artes marciales no eran competiciones deportivas, sino espacios de radicalización camuflados.
El fenómeno se alimenta además de la estética de la Ultimate Fighting Championship (UFC) y de la cultura del combate. Aunque la UFC no es un espacio fascista, sus códigos visuales han sido apropiados como parte del imaginario de resistencia viril. Se construye así un vínculo perverso entre deporte, espectáculo y adoctrinamiento.
JUVENTUDES HITLERIANAS 2.0
El riesgo es profundo. Lo que emerge no son simples gimnasios de boxeo con jóvenes radicalizados, sino estructuras de socialización política que combinan lo físico y lo ideológico. El GPAHE lo advierte sin ambigüedad: estamos asistiendo al nacimiento de unas Juventudes Hitlerianas 2.0, capaces de seducir a adolescentes desorientados con promesas de fuerza, disciplina y comunidad.
No se trata de un fenómeno marginal, sino de un nuevo lenguaje del fascismo, adaptado a las condiciones culturales y tecnológicas de la modernidad: el vídeo viral sustituye al discurso, el entrenamiento sustituye al mitin, la red social sustituye al panfleto.
El fascismo contemporáneo ya no se reconoce por sus uniformes, sino por sus guantes de MMA.
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