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El presentador de ‘El Intermedio’ denuncia la fascistización del país, acusa a PP y Vox de alimentar el odio y advierte del desprecio social hacia uno de los mayores logros colectivos: una sanidad pública que salva miles de vidas cada día
Hay algo profundamente enfermo en una sociedad que empieza a asumir como normal que insultar, señalar o agredir a alguien “por ser rojo” forme parte del paisaje político. Algo roto. Y eso fue precisamente lo que verbalizó El Gran Wyoming en su entrevista en el programa La noche de Aimar, emitida la madrugada del 14 de mayo. No habló solo de televisión. Habló de miedo, de violencia y de cómo la extrema derecha ha conseguido desplazar los límites de lo aceptable mientras buena parte del sistema mediático y político mira hacia otro lado.
Wyoming explicó que, tras 40 años en televisión, nunca había vivido una agresión como la que sufrió recientemente en la calle. Y lo dijo con una ironía amarga que ya ni siquiera parece exagerada: “Agradezco a la derecha de este país que gobierna con la extrema derecha que haya introducido la violencia en la calle”. Una frase demoledora. Porque no habla de un hecho aislado. Habla de clima político. De impunidad. De cómo se ha convertido el odio en una herramienta rentable.
El conductor de El Intermedio apuntó directamente a la alianza entre PP y Vox y dejó una pregunta que desmonta años de supuesta distancia entre ambos partidos: “¿Cuándo molestó Vox al PP, si Abascal nació y creció allí?”. Difícil resumir mejor décadas de connivencia ideológica maquillada de moderación institucional. Porque la extrema derecha española no cayó del cielo. Salió de una derecha que nunca rompió del todo con ciertas inercias autoritarias y que ahora se siente cómoda compartiendo gobiernos, discursos y enemigos comunes.
LA NORMALIZACIÓN DEL ODIO COMO ESPECTÁCULO POLÍTICO
Lo inquietante no es solo que existan discursos ultras. Eso ha pasado antes. Lo verdaderamente grave es la naturalidad con la que se consumen. La banalización constante. El espectáculo diario de tertulias donde se juega con derechos humanos como quien comenta un partido de fútbol.
Wyoming fue más allá al afirmar que “España se ha fascistizado tan radicalmente” que ya resulta imposible mantener una política democrática normalizada con fuerzas que, según él, no creen realmente en esa democracia. Y cuesta no entender de qué habla cuando se observa el deterioro del debate público. La persecución constante al periodismo incómodo. Los bulos convertidos en campaña permanente. La criminalización de colectivos vulnerables. La agresividad verbal convertida en identidad política.
Mientras tanto, una parte de los grandes medios sigue funcionando como maquinaria de distracción masiva. Wyoming también cargó contra la cobertura interesada de casos de corrupción como el de Koldo y Ábalos. No para defenderlos. Todo lo contrario. Dijo claramente que quien robe debe ser detenido y encarcelado. Pero denunció el doble rasero histórico de una parte del ecosistema mediático y judicial español: “El problema es que si llevas una chapa del PP a lo mejor te libras”.
No es una frase inocente. Llega después de décadas de escándalos vinculados al PP que incluyeron cajas B, financiación ilegal, espionaje político y condenas judiciales históricas. Algunas ya parecen incluso olvidadas en el ruido diario. O blanqueadas. Porque en España hay corrupciones que abren informativos durante meses y otras que acaban enterradas bajo toneladas de propaganda y patriotismo de pulsera.
DESMANTELAR LA SANIDAD PÚBLICA PARA HACER NEGOCIO
Pero el momento más duro de la entrevista llegó cuando Wyoming habló de la sanidad pública. Ahí desapareció casi toda la ironía. Quedó la indignación. Y también el miedo real a que se esté destruyendo uno de los pilares fundamentales de la vida colectiva.
“La gente no tiene ni puta idea de lo que nos estamos jugando ahí”, afirmó. Y cuesta discutirlo viendo el deterioro progresivo de la atención primaria, las listas de espera disparadas y el trasvase constante de recursos públicos hacia empresas privadas. Un negocio gigantesco. Porque cada hospital privatizado, cada seguro sanitario vendido por miedo y cada recorte tiene beneficiarios concretos. Muy concretos.
Wyoming lanzó una frase que resume el absurdo de este momento político: “A la gente le deberían contar, al abrir los informativos todos los días, el número de cánceres que están curando”. Ahí está el núcleo del problema. La sanidad pública solo parece existir cuando falla. Nunca cuando salva vidas. Nunca cuando miles de profesionales sostienen el sistema con jornadas imposibles y plantillas agotadas.
El presentador comparó la situación con Estados Unidos y recordó algo que demasiada gente prefiere ignorar: en el modelo estadounidense, millones de personas viven aterradas ante la posibilidad de enfermar. Allí un cáncer puede significar la ruina económica o directamente la muerte por falta de cobertura. Y aun así, buena parte de la derecha europea sigue intentando importar ese modelo poco a poco. Sin decirlo demasiado alto. Privatizando por desgaste. Haciendo que lo público funcione peor para justificar después que lo privado entre “a rescatarlo”.
Ese es el gran negocio. Convertir derechos en mercados cautivos.
Wyoming también mostró su incredulidad ante quienes creen que sus hijos podrán pagar una sanidad privada eternamente. Como si la precariedad creciente, los salarios congelados y el coste brutal de la vivienda no fueran ya suficientes señales de alarma. Hay una parte de las clases medias votando contra sí mismas convencidas de que nunca caerán. Hasta que caen.
Y quizá por eso acabó reconociendo que él mismo sería “más jodido” en un programa propio que en El Intermedio, aunque asumió que un formato así no tendría espacio en la televisión tradicional. Demasiado incómodo. Demasiado directo. Porque en un ecosistema mediático cada vez más domesticado por intereses empresariales, financieros y políticos, decir ciertas verdades empieza a convertirse en un acto casi subversivo.
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