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La favorita del festival no solo puede impedir la victoria israelí: también podría provocar que Israel renuncie a participar el próximo año por miedo al rechazo social y político.
EUROVISIÓN YA NO PUEDE ESCONDER SU CRISIS POLÍTICA
Eurovisión lleva años intentando venderse como un espectáculo “apolítico”. Una marca blanca de la convivencia europea. Purpurina, banderas, lágrimas y patrocinadores. Pero la realidad hace tiempo que rompió esa escenografía. Y este año vuelve a quedar claro. Finlandia no solo encabeza las apuestas para ganar el festival con Liekinheitin (“lanzallamas”), interpretada por Pete Parkkonen y Linda Lampenius. También se ha convertido en el símbolo de algo mucho más incómodo para la organización: el creciente rechazo popular a la presencia de Israel en el certamen mientras continúa el genocidio en Gaza.
El medio israelí Ynet, el digital más leído del país, reconoce abiertamente la preocupación dentro de la delegación israelí. No por la canción. No por la calidad musical. Por el clima político. Por el aislamiento creciente. Por la posibilidad de que, si Finlandia gana, Israel tenga que acudir el próximo año a un país donde las protestas y la hostilidad social hacia su participación podrían ser todavía mayores.
“Si gana el candidato finlandés, será muy difícil para nosotros”, admitió una fuente cercana a la delegación israelí al citado medio. Una frase demoledora. Porque revela algo evidente: Israel ya no vive Eurovisión como un festival cultural, sino como una batalla diplomática y propagandística.
Y no es paranoia. Malmö 2024 marcó un antes y un después. Manifestaciones masivas. Protestas dentro y fuera del recinto. Artistas incómodos. Delegaciones molestas. Público dividido. Una presión social imposible de maquillar con cámaras rápidas y discursos institucionales sobre “unidad”. Desde entonces, la tensión no ha hecho más que crecer.
Mikko Silvennoinen, comentarista de Eurovisión para la televisión pública finlandesa YLE desde hace una década, intenta rebajar el conflicto asegurando que “Finlandia no es Malmö”. Pero incluso esa frase confirma el problema. Porque ya nadie discute que Malmö fue un desastre político para la organización. Ya nadie puede fingir normalidad.
La Unión Europea de Radiodifusión (UER) tampoco ayuda demasiado a sostener la ficción. Hace apenas unos días confirmó haber enviado una “advertencia formal” a Israel por pedir voto masivo para su representante, Noam Bettan. Y las sospechas no son nuevas. Son recurrentes. Persistentes.
La sensación de que Israel utiliza Eurovisión como herramienta de blanqueamiento internacional ya está instalada entre una parte importante del público europeo.
EL TELEVOTO, LA PROPAGANDA Y EL MIEDO A FINLANDIA
El problema para la UER es que las grietas empiezan a ser demasiado visibles. Especialmente en el televoto.
Durante años, Eurovisión convirtió el voto popular en un producto emocional perfecto para monetizar participación. Más SMS. Más aplicaciones. Más ingresos. Lo que no esperaban era que el televoto terminara transformándose en un campo de disputa política internacional. Y ahí están ahora. Atrapados.
Las investigaciones sobre las campañas israelíes llevan tiempo acumulándose. La propia UER publicó en 2025 reportajes que vinculaban al Gobierno israelí con la financiación de promociones internacionales para influir en el voto. Esta semana, además, The New York Times aportó cifras concretas que desmontan cualquier idea de espontaneidad: hasta 100.000 euros invertidos para promocionar el voto israelí en 2018, año en que Israel ganó el festival.
Más aún. Según esos datos, apenas unas 500 personas habrían bastado para otorgar los 12 puntos del televoto español a Israel el año pasado. Un margen ridículo para un sistema presentado como “la voz de Europa”. Ridículo y preocupante.
Mientras tanto, al otro lado, crece un fenómeno completamente distinto. Mucho más orgánico. Mucho más difícil de controlar. Miles de eurofans que han decidido utilizar el voto como herramienta política de rechazo a Israel. Ya ocurrió con Croacia y Suiza en 2024. Con Austria y Estonia en 2025. Ahora le toca a Finlandia.
El periodista Jordi Ramos, desplazado a Viena para RAC1, lo resume sin rodeos: “Finlandia es la opción obvia para quienes quieren hacer de su voto un voto político en favor de Palestina”. Y eso cambia completamente el tablero.
Porque Pete Parkkonen y Linda Lampenius no son favoritos solo por contexto político. Sería injusto simplificarlo así. Han construido una candidatura muy sólida. Ganaron la preselección finlandesa arrasando en televoto y jurado profesional. El videoclip de Liekinheitin está entre los cinco más vistos del canal oficial de Eurovisión en YouTube. En Spotify se mantiene entre las canciones más escuchadas de esta edición.
Y sobre el escenario funcionan. Funcionan mucho.
La actuación tiene fuerza, una estética diseñada al milímetro y un elemento diferencial que la UER normalmente prohíbe: el violín en directo de Linda Lampenius. Finlandia pidió autorización específica y la consiguió. “Para Linda, el violín es su voz”, defiende Silvennoinen. Y se nota. Porque aporta tensión, dramatismo y personalidad a una edición bastante gris.
También influye el contexto general del festival. La ausencia de países como España, históricamente uno de los grandes motores de público y ambiente, ha dejado una edición mucho más apagada. Viena es enorme. Más fría. Más dispersa. Se percibe desgaste. Cansancio.
Y quizá ahí esté el verdadero problema de Eurovisión. No en Finlandia. No en Israel. Sino en la imposibilidad de seguir fingiendo que un macroevento televisivo atravesado por guerras, propaganda institucional, campañas masivas de manipulación del voto y protestas internacionales puede seguir vendiéndose como simple entretenimiento neutro.
Porque cuando un festival necesita advertencias formales por campañas políticas encubiertas, cuando delegaciones reconocen miedo a acudir a determinados países y cuando parte del público vota pensando en Gaza antes que en las canciones, ya no estamos hablando solo de música.
Estamos viendo cómo el escaparate empieza a resquebrajarse. Y esta vez el ruido ya no puede taparse con confeti.
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