04 Jun 2026

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Europa descubre que la soberanía tecnológica no se mendiga a Silicon Valley: la dependencia digital es una bomba de relojería
INTERNACIONAL

Europa descubre que la soberanía tecnológica no se mendiga a Silicon Valley: la dependencia digital es una bomba de relojería 

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Bruselas pide protección frente a modelos como Mythos mientras retrasa sus propias normas y sigue firmando cheques a los mismos gigantes que la dejan expuesta.

MYTHOS Y LA DEPENDENCIA QUE EUROPA FINGIÓ NO VER

El aviso llega tarde, como casi siempre. Las capitales europeas reclaman ahora a Bruselas más protección frente a modelos de inteligencia artificial como Mythos, el sistema de Anthropic capaz de detectar con precisión vulnerabilidades en defensas, bancos e infraestructuras sensibles. Lo hacen después de años entregando la soberanía tecnológica europea a un puñado de corporaciones estadounidenses y después de aceptar, con una disciplina casi colonial, que la nube, los datos, los servidores y buena parte de la seguridad digital del continente dependan de empresas que no responden ante la ciudadanía europea, sino ante sus accionistas y ante Washington.

El mensaje político es claro: la Unión Europea quiere una armadura legal, sí, pero también quiere capacidades propias. El problema es que una armadura no sirve de mucho si quien fabrica las llaves vive al otro lado del Atlántico. El Banco Central Europeo ya encendió las alarmas hace dos semanas, al pedir a la banca planes de contingencia ante tecnologías como Mythos. Este miércoles, Frank Elderson, vicepresidente del Consejo de Supervisión del BCE, fue más lejos y pidió preparación ante posibles “graves perturbaciones” provocadas por este programa estadounidense o por sistemas similares que podrían aparecer en un plazo corto.

La frase de Elderson no era retórica. Era una advertencia institucional. “Es una situación urgente”, señaló en la newsletter del BCE publicada este miércoles, antes de insistir en que Europa debe estar preparada para futuros modelos cada vez más avanzados. Traducido: lo que hoy parece una amenaza sofisticada mañana puede ser una herramienta ordinaria de presión económica, sabotaje o chantaje. Y cuando una tecnología puede encontrar agujeros en los sistemas más delicados de un país, no estamos hablando de innovación simpática para congresos de Davos. Estamos hablando de poder. Poder desnudo. Poder privatizado. Poder vendido como progreso.

Teresa Ribera, vicepresidenta ejecutiva de la Comisión Europea, lo dijo la víspera en un foro del Parlamento Europeo sobre soberanía tecnológica: “No podemos normalizar” este tipo de amenazas. También defendió que Europa necesita desarrollar capacidades propias y no permitir que terceros influyan en sus decisiones, su economía o sus servicios. Bien. Correcto. Necesario. Pero llega la parte incómoda: mientras Bruselas pronuncia discursos solemnes sobre soberanía, Anthropic se niega a dar acceso a Mythos a la Comisión Europea pese a casi media docena de reuniones y a los supuestos “buenos contactos” mantenidos.

El contraste es brutal. OpenAI sí ha anunciado acceso a sus nuevos modelos, incluido ChatGPT 5.5 Cyber, para empresas europeas como Deutsche Telekom, BBVA, Telefónica o la británica Sophos. Anthropic, en cambio, solo ha abierto Mythos a compañías estadounidenses como Apple, Amazon, Google, Microsoft, Nvidia o JP Morgan. Es decir, la empresa que dice trabajar con “socios de confianza” considera confiables a los gigantes tecnológicos y financieros de Estados Unidos, pero no a la Comisión Europea. La eurodiputada holandesa Kim Van Sparrentak lo resumió con precisión: para Anthropic, Google sí es de confianza. Europa, al parecer, no.

Ahí está la radiografía del capitalismo tecnológico contemporáneo. No gobiernan las leyes. Gobierna el acceso. No decide la ciudadanía. Deciden los monopolios. Y Europa, que presume de regular el mundo, descubre ahora que no puede regular del todo aquello que no controla materialmente.

BRUSELAS LEGISLA, PERO TAMBIÉN RETROCEDE

La Comisión presume de haber aprobado la Ley de Inteligencia Artificial y la Ley de Ciberresiliencia. Y tiene parte de razón: sin esas normas, Europa estaría aún más desnuda. Pero la autocomplacencia empieza a sonar obscena cuando esa misma Comisión impulsa una ola de “simplificación” normativa que debilita precisamente las herramientas que dice defender. La palabra “simplificación” funciona aquí como tantas otras trampas del lenguaje tecnocrático: parece eficiencia, pero a menudo significa desarme. Parece agilidad, pero huele a concesión.

La paradoja es grosera. La misma semana en la que los ministros de Economía y Finanzas debatían los riesgos de modelos como Mythos para la seguridad económica europea, los Estados miembros y el Parlamento Europeo cerraban un acuerdo para retrasar de forma significativa la aplicación de la prohibición de sistemas de IA de alto riesgo. Las obligaciones empezarán a regir solo a partir del 2 de diciembre de 2027, año y medio más tarde de lo previsto inicialmente. Van Sparrentak recordó el dato clave: eso es exactamente lo que la Administración Trump había pedido en una carta a la Comisión Europea.

No hace falta gritar para entender la gravedad. Europa está mirando el precipicio y, al mismo tiempo, aflojando el freno. Ibán García del Blanco, exeurodiputado socialista y hoy director para asuntos internacionales de Lasker, lo expresó con ironía amarga: por un lado nos felicitamos, por otro tenemos miedo de aplicar nuestra propia normativa. Su diagnóstico fue aún más claro: con esta supuesta simplificación, Europa “se está pegando un tiro”.

La palabra que sobrevuela todo esto es apaciguamiento. Y el apaciguamiento, cuando enfrente hay una administración estadounidense dispuesta a convertir la tecnología en instrumento de dominio, no es prudencia. Es debilidad con traje institucional. Cori Crider, directora ejecutiva del Future of Technology Institute, lo dijo sin anestesia tras participar en el foro de Bruselas: “El apaciguamiento no sirve como estrategia”. Su instituto publicó recientemente un informe que alerta de que los sistemas de defensa y seguridad europeos dependen peligrosamente de la infraestructura en la nube de Estados Unidos, dejando capacidades críticas expuestas a sanciones, interrupciones o incluso a un “interruptor de emergencia” ordenado desde Washington.

La imagen es insoportable: Europa pagando por su propia vulnerabilidad. Dinero público convertido en renta para oligarcas tecnológicos. Hospitales, bancos, transportes, administraciones y sistemas de defensa funcionando sobre infraestructuras que pueden ser condicionadas por intereses ajenos. Luego vendrán los discursos sobre competitividad, innovación y mercado libre. Ya los conocemos. Cuando el mercado manda sobre la democracia, la democracia acaba pidiendo permiso para respirar.

Crider plantea una salida evidente: gastar el dinero público de otra manera, invertir en infraestructura propia, hacer cumplir la ley, romper monopolios y permitir que las empresas europeas tengan una oportunidad real. No se trata de levantar una isla, sino de negociar de pie. Dejar de ir a Washington con la gorra en la mano. Dejar de confundir cooperación con subordinación.

Van Sparrentak añadió otro aviso que Bruselas no debería despachar como exageración: por segundo año consecutivo, la Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos deja claro, según la eurodiputada, que su objetivo es provocar un cambio de régimen en Europa. Y si alguien quiere sembrar caos, pocas herramientas hay más eficaces que atacar sistemas de transporte, bancos o servicios básicos. No hace falta imaginar tanques. Basta con apagar nodos, romper cadenas y abrir grietas.

Vera Franz, directora ejecutiva del Economic Democracy Project de la London School of Economics, lo dejó en una frase que debería colgarse en la puerta de cada despacho europeo: Europa puede ser más valiente y usar su influencia, o puede seguir firmando cheques a los oligarcas tecnológicos mientras ve cómo su democracia se apaga poco a poco. Porque una democracia que externaliza sus nervios, sus datos y sus defensas no está modernizándose: está alquilando su propia rendición.

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