29 Jun 2026

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Venezuela bajo los escombros: 1.450 muertos y una reconstrucción que no puede convertirse en negocio
DESTACADA, INTERNACIONAL

Venezuela bajo los escombros: 1.450 muertos y una reconstrucción que no puede convertirse en negocio 

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El doble terremoto del 24 de junio deja una tragedia insoportable: miles de familias damnificadas mientras la ayuda internacional llega contra reloj.

EL TERREMOTO NO DISTINGUE, EL ABANDONO SÍ

Venezuela no está viviendo una cifra. Está viviendo una herida abierta. El doble terremoto de magnitud 7,2 y 7,5 registrado el 24 de junio en la zona costera del país ha dejado ya 1.450 personas fallecidas, 3.150 heridas y 12.721 familias damnificadas. Números enormes, fríos, casi obscenos. Pero debajo de cada número hay una casa partida, una familia esperando una llamada, una persona atrapada, una vida convertida en polvo.

El Ministerio de Exteriores actualizó el balance el 28 de junio: 17 ciudadanos españoles muertos, 150 desaparecidos y 12 personas localizadas bajo los escombros, donde se concentran los equipos de rescate. Antes, el dato había ido subiendo durante el día: 9 fallecidos, 131 desaparecidos, luego 152 desaparecidos, hasta llegar a esos 17 muertos y 150 desaparecidos que ya no permiten hablar de incertidumbre diplomática, sino de dolor colectivo. Hay que decirlo claro. La tragedia no se administra con comunicados. Se acompaña con medios, presencia y respuestas.

La zona de La Guaira, declarada zona de desastre, se ha convertido en el símbolo de un país golpeado por la tierra y por todo lo que llega tarde. Tras casi 72 horas, aumentó el despliegue de maquinaria pesada y de rescatistas internacionales. La esperanza seguía ahí, pequeña, terca, sucia de polvo. La UME rescató a una segunda persona con vida en la zona residencial Vistamar, después de haber sacado a una mujer que había permanecido atrapada 72 horas. A Venezuela viajaron 59 militares de la UME, dos ingenieros del Ejército de Tierra y ocho unidades caninas. Las rescatistas y los rescatistas trabajan donde el reloj ya no mide horas, sino probabilidades.

España ha repatriado ya a parte de su ciudadanía. El primer avión aterrizó en Torrejón de Ardoz con 96 personas, de ellas 76 españolas y otras 20 de Francia, Italia, Portugal, Bélgica, Eslovaquia, Venezuela y Argentina. Otro avión, operado por Iberia, regresó con 29 españoles. Exteriores mantiene abiertas las líneas de emergencia consular. Bien. Pero la pregunta incómoda sigue ahí: cuántas veces se comprueba que los estados tienen una velocidad para mover recursos cuando hay guerra, fronteras o negocios, y otra muy distinta cuando lo que hay son cuerpos bajo hormigón.

No es una frase bonita. Es política material. El desastre natural ocurre en segundos; la desigualdad decide quién lo sobrevive. Decide qué edificio cae antes, qué barrio queda incomunicado, qué familia tiene salida, qué persona puede llamar a una embajada y quién se queda esperando en una acera con una botella de agua y una manta. Las vecinas y los vecinos aparecen siempre antes que los grandes discursos. Siempre. Con cubos, con manos, con miedo. Luego llegan las cámaras, los comunicados, los balances y la solemnidad institucional.

LA AYUDA NO PUEDE SER UN MERCADO SOBRE RUINAS

La ayuda internacional ha empezado a moverse. Perú envió el 28 de junio más de 14 toneladas de ayuda humanitaria en un avión Hércules de la Fuerza Aérea, pese a que las relaciones diplomáticas con Venezuela están rotas desde julio de 2024. También había enviado el viernes un equipo USAR del Cuerpo General de Bomberos Voluntarios, desplegado en estructuras colapsadas de Caraballeda, una de las zonas más afectadas. En Perú viven alrededor de 1,6 millones de migrantes y refugiados venezolanos, cerca del 5% de la población del país. La realidad, otra vez, va por delante de los gobiernos.

Portugal elevó a 7 el número de nacionales muertos y comunicó 44 personas venezolanas de ascendencia lusa fallecidas, entre ellas 7 menores. Además, 84 portugueses y lusodescendientes permanecen en paradero desconocido. Lisboa envió dos aviones, más de 60 especialistas y cerca de 23 toneladas de ayuda humanitaria, sin descartar un tercer envío. Mientras tanto, la India llegó para instalar un hospital de campaña en La Guaira y Costa Rica sumó rescatistas. La solidaridad existe. A veces aparece donde la geopolítica se queda sin coartada.

La Unión Europea, a través de Kaja Kallas, llamó a Delcy Rodríguez para transmitir “plena solidaridad” y movilizó 5 millones de euros en ayuda de emergencia, además del Mecanismo Europeo de Protección Civil y el sistema satelital Copernicus para cartografiar daños. El papa León XIV expresó su cercanía a las hermanas y hermanos venezolanos afectados y agradeció a quienes trabajan en la búsqueda y asistencia. Pedro Sánchez trasladó el pésame por las víctimas españolas y prometió colaboración consular. Palabras necesarias, sí. Insuficientes si no van acompañadas de recursos sostenidos, coordinación real y vigilancia pública.

La Corporación Andina de Fomento, Banco de Desarrollo de América Latina y el Caribe, anunció un fondo multidonante de hasta 200 millones de dólares para recuperación y reconstrucción, con un aporte semilla de 1 millón de dólares no reembolsables. La entidad asegura que no cobrará comisiones por administrar ni implementar los recursos. El fondo prevé tres etapas: atención inmediata, búsqueda y rescate, asistencia humanitaria y servicios esenciales; rehabilitación de infraestructuras críticas; y reconstrucción de zonas devastadas con reducción de riesgos. Sobre el papel, suena razonable. Sobre el terreno, habrá que mirar cada dólar.

Porque las reconstrucciones también son un campo de batalla. No con fusiles, pero sí con contratos, adjudicaciones, deuda, fundaciones, empresas privadas y organismos multilaterales disputando quién pone el logo sobre la ruina. Una catástrofe no puede convertirse en una feria de oportunidades para el capital. No puede ocurrir que las personas damnificadas pierdan primero su casa y después su derecho a decidir cómo se reconstruye su barrio. No puede repetirse el viejo mecanismo: dolor público, negocio privado, memoria borrada.

Venezuela necesita rescate, atención sanitaria, agua, refugios, comida, comunicaciones, escuelas seguras, infraestructuras revisadas y viviendas habitables. Necesita que las niñas y los niños no duerman bajo lonas mientras los despachos calculan rentabilidades. Necesita que las trabajadoras y los trabajadores de emergencia tengan medios. Necesita que las familias sepan dónde están sus desaparecidos. Necesita ayuda sin chantaje, sin propaganda, sin bloqueo moral, sin convertir cada camión en una bandera.

El terremoto del 24 de junio no pidió pasaporte antes de matar. La respuesta tampoco debería pedir obediencia política para salvar. Entre los escombros no hay ideología que valga: hay vidas, y quien especula con ellas ya ha elegido bando.

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