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El movimiento MAGA vive su mayor fractura interna desde el asalto al Capitolio. La entrevista entre Tucker Carlson y Nick Fuentes destapa el sustrato ideológico supremacista del trumpismo, apoyado por la Heritage Foundation, cerebro del Proyecto 2025.
EL FANGO DEL SUPREMACISMO SALE A LA SUPERFICIE
La derecha trumpista ha entrado en guerra consigo misma. No por principios democráticos, sino por exceso de espejo. El encuentro entre Tucker Carlson y el neonazi Nick Fuentes ha desnudado el rostro real de un movimiento que lleva años alimentando el odio y jugando a ocultarlo bajo la bandera del “patriotismo cristiano”.
La entrevista de dos horas publicada el 27 de octubre de 2025 mostró a un Carlson complaciente, asentando con calma las barbaridades antisemitas de Fuentes, un supremacista blanco que idolatra a Stalin, desprecia a las mujeres y considera que “la comunidad judía organizada” es la principal amenaza para Estados Unidos. La escena no se desarrolló en un foro marginal, sino bajo el aval de Kevin Roberts, presidente de la Heritage Foundation, el think tank que redactó el Proyecto 2025, la hoja de ruta para el regreso de Trump al poder: 900 páginas de autoritarismo envuelto en moral familiar, nacionalismo religioso y represión estatal.
Carlson, otrora estrella de Fox News y uno de los agitadores más poderosos del ecosistema MAGA, ya había tanteado las teorías conspirativas sobre “la mano negra judía” tras el caso Epstein. Su tesis: que el Mossad estaba detrás de los archivos secretos del pederasta y que Washington los ocultaba por intereses israelíes. Ahora, con el genocidio en Gaza como fondo, el antisemitismo se convierte en la fractura más visible de la ultraderecha estadounidense.
“Hoy Tucker Carlson es el antisemita más peligroso de Estados Unidos”, ha dicho el congresista republicano Randy Fine, tras escuchar la entrevista. Pero lo más grave no son sus palabras, sino los aplausos que siguen recibiendo dentro del trumpismo.
EL PROYECTO 2025 Y LA GUERRA DENTRO DEL MAGA
La Heritage Foundation nació en los años 70 al calor del neoliberalismo de Nixon y Reagan, pero con Trump mutó en laboratorio de fundamentalismo. Su Proyecto 2025 propone eliminar agencias públicas, privatizar servicios sociales, perseguir a minorías sexuales y blindar el poder presidencial. Tucker Carlson fue su altavoz ideal: el hombre que podía convertir el fascismo de think tank en “sentido común americano”.
Por eso la entrevista con Fuentes ha desatado un terremoto. Cinco miembros del grupo de trabajo contra el antisemitismo de Heritage dimitieron, mientras varios senadores republicanos denunciaron el silencio cómplice de Roberts. Pero el director no se retractó. Publicó un vídeo defendiendo a Carlson y acusando a sus críticos de “caer en la cultura de la cancelación”. “El antisemitismo es reprobable, pero los conservadores no tienen por qué apoyar siempre a Israel”, afirmó, mezclando la crítica geopolítica legítima con la retórica supremacista.
Dentro del MAGA, el choque tiene forma de purga. Carlson, Candace Owens, Steve Bannon y el propio Fuentes abanderan una corriente “nacionalista cristiana” que acusa a Israel de corromper la política exterior estadounidense. Frente a ellos, los viejos republicanos proisraelíes —Ted Cruz, Mike Johnson, el lobby evangélico— intentan contener la hemorragia, alarmados por la deriva neonazi de sus propias bases.
El senador Cruz lo resumió así: “Si te sientas con alguien que dice que Hitler era genial y no dices nada, eres cómplice.” Pero el problema es que la complicidad lleva años institucionalizada. Desde el asalto al Capitolio, el trumpismo ha blanqueado símbolos fascistas, negado genocidios, y convertido la libertad de expresión en un escudo para la violencia política.
Trump, mientras tanto, ha alimentado el fuego. Acusa a los demócratas de “odiar a Israel”, pero llama “judíos estúpidos” a quienes no le votan. Persigue las protestas universitarias contra el genocidio en Gaza y amenaza con cortar su financiación pública por “antisemitismo”. En su lógica, el enemigo cambia de rostro según convenga: progresistas, migrantes, musulmanes, o ahora, judíos que no se alinean con su causa.
UNA DERECHA QUE SE MIRA AL ESPEJO Y NO SE RECONOCE
La guerra civil del trumpismo no es un accidente: es el resultado natural de una política que se alimenta del resentimiento y necesita enemigos para existir. Lo que antes eran márgenes radicales hoy ocupa el corazón de la derecha estadounidense. La frontera entre el racismo y la doctrina política ha desaparecido.
Tucker Carlson fue la voz que enseñó a millones de personas a desconfiar de los pobres, de las mujeres, de los migrantes, de los negros, de los palestinos. Ahora su propio mundo lo devora. “No es MAGA”, dicen algunos republicanos. Pero lo cierto es que sin Carlson no habría MAGA. Sin sus horas de propaganda, el supremacismo no habría alcanzado la normalidad televisiva que hoy disfruta.
El Proyecto 2025, diseñado por Heritage y abrazado por Trump, busca institucionalizar ese odio: reemplazar democracia por obediencia, disidencia por castigo, diversidad por pureza. No es casualidad que el movimiento que se dice “anticancelación” viva de cancelar vidas ajenas.
Lo que arde en Estados Unidos no es sólo una disputa ideológica, es una advertencia global: cuando el odio se convierte en programa político, siempre acaba volviéndose contra quien lo siembra.
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