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De México a Finlandia, el acoso sexual sigue siendo el método más antiguo del patriarcado para disciplinar el poder femenino.
EL “DISCIPLINAMIENTO” DEL PODER FEMENINO
No fue un gesto aislado. Fue una advertencia colectiva. Cuando un hombre se acercó a la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, y la agredió sexualmente ante las cámaras, no solo tocó su cuerpo, tocó una estructura de poder que el patriarcado se niega a soltar. La escena es brutal en su sencillez: un acto de dominio físico para recordar que ninguna mujer, por muy alta que sea su investidura, está a salvo.
Nuria Varela lo llama “reacción violenta ante el acceso al poder”. Las mujeres tardan décadas en abrirse paso en la política y, cuando lo logran, deben soportar un costo adicional: insultos sexualizados, amenazas, difamación, acoso en redes y, como en el caso de Sheinbaum, agresiones directas. No se trata de hechos aislados, sino de un sistema que utiliza la violencia como mensaje.
En 2023 había 36 jefas de Estado o de Gobierno en el mundo; en 2025 solo quedan 25. La tendencia no se explica por casualidad. A medida que las mujeres avanzan, la violencia se sofistica. Desde los insultos dirigidos a políticas españolas —“puta”, “malfollada”, “feminazi”— hasta los ataques digitales analizados por el Centro de Excelencia de la OTAN en Finlandia, el patrón es global. Las agresiones no buscan tanto destruir una carrera como enviar una lección colectiva: “Esto es lo que te puede pasar si te atreves a ocupar ese lugar”.
Ingrid Beck, periodista argentina y autora del informe Violencia de género en línea hacia mujeres con voz pública (ONU Mujeres, 2022), lo define sin rodeos: “Es una acción de disciplinamiento. Su objetivo es corrernos del espacio público”. La agresión a Sheinbaum es solo la forma más visible de esa pedagogía del miedo. Miles de mujeres la sufren cada día, y la mayoría sin cámaras ni titulares.
La directora del Instituto de las Mujeres en España, Cristina Hernández, fue una de las pocas responsables institucionales europeas que reaccionó. Recordó una obviedad que sigue siendo revolucionaria: “El acoso sexual debe nombrarse y entenderse como lo que es, una forma de violencia”. Y planteó una pregunta que desvela la raíz de la desigualdad: ¿Qué pasaría si alguien empujara en público a un presidente varón? ¿Qué consecuencias tendría? La diferencia de reacciones sociales habla por sí sola.
UN PATRÓN GLOBAL DE IMPUNIDAD Y MACHISMO POLÍTICO
De Brasil a Uganda, pasando por España, la violencia contra las mujeres con poder no responde a culturas distintas, sino a un mismo mandato patriarcal global. En 2024, el entonces ministro brasileño de Derechos Humanos, Silvio Almeida, fue acusado por varias colegas de tocamientos reiterados. No perdió su puesto hasta meses después, cuando el escándalo se hizo insostenible. El presidente Lula da Silva —que en 2025 volvió a hacer bromas sobre nombrar mujeres “guapas” para mejorar su relación con el Congreso— demostró cómo incluso gobiernos progresistas normalizan la misoginia institucional.
En Colombia, Gustavo Petro protagonizó otro episodio que reveló esa normalización. Durante un acto oficial, abrazó a una directora de programa y, entre risas, comentó que “todas las ministras son hermosas”. Cuando fue criticado, respondió: “Abrazar no es misoginia”. La escena parecería banal si no fuera porque, detrás de ella, hay una estructura de impunidad: varios hombres de su entorno han sido denunciados por acoso y él los mantiene en el poder.
Esa es la raíz del problema: la violencia no es un exceso individual, es una herramienta política. Se tolera porque resulta funcional. Sirve para disuadir, desgastar, humillar y, sobre todo, recordar que el espacio público sigue teniendo dueño.
El caso de Cristina Fernández de Kirchner lo ilustra con crudeza. Durante años fue llamada “yegua”, “loca” o “chorra”, caricaturizada en portadas sexuales y finalmente atacada con un arma a centímetros del rostro. Sobrevivió porque la pistola falló. Su caso demuestra hasta qué punto la violencia simbólica prepara el terreno para la física. Los insultos, la ridiculización y la patologización del liderazgo femenino son pasos previos de una misma escalada.
Tampoco Europa se libra. Nevenka Fernández, en España, fue la primera política en ganar un juicio por acoso a un superior, pero tuvo que exiliarse. Bibiana Aído abandonó el país tras su paso por el Ministerio de Igualdad, acosada por una campaña misógina. Y Sanna Marin, en Finlandia, fue convertida en blanco de un escrutinio que no juzgaba su gestión sino sus fiestas, su ropa o su cuerpo. Un estudio de la OTAN confirmó que las ministras finlandesas recibieron una cantidad “alarmante” de abusos sexuales en redes durante su mandato.
EL MENSAJE DE SHEINBAUM: ROMPER EL SILENCIO COLECTIVO
México vive una paradoja histórica. Por primera vez tiene una presidenta mujer, pero también uno de los índices más altos de feminicidios del mundo. Según el Instituto Nacional de Estadística, el 45% de las mexicanas ha sufrido acoso sexual, y el 94% no denuncia. En la capital aún son necesarias las secciones exclusivas para mujeres en el transporte público.
En ese contexto, la reacción de Claudia Sheinbaum al denunciar públicamente la agresión tiene un valor político inmenso. No se trata solo de un acto individual, sino de una ruptura colectiva. Como explica Nuria Varela, “romper el mandato del silencio es un proceso político, no solo personal”.
El patriarcado se sostiene sobre un pacto de silencio: que las mujeres callen para no “exagerar”, que los agresores sean protegidos “por su trayectoria”, que los testigos miren hacia otro lado. Sheinbaum, al denunciar, rompió ese pacto. Transformó una humillación en un acto de poder.
Pero también mostró la crudeza del sistema. Su agresión fue vista por millones, y aun así hubo quien la minimizó. Nadie puede imaginar a un presidente varón siendo manoseado en público sin que el país se detuviera. Esa asimetría moral es la prueba más clara de que la violencia contra las mujeres sigue siendo el crimen más justificado del mundo.
Desde Uganda, la abogada Yvonne Mpambara lo resumió esta semana en The Guardian al renunciar a su candidatura presidencial: “Fue la época en que más me faltaron al respeto en mi vida”. Es la misma frase que podrían firmar Sheinbaum, Marin o Kirchner. Distintos países, un mismo sistema.
El mensaje que envían estas agresiones no es nuevo: no importa cuánto avances, siempre habrá una mano que quiera devolverte al lugar de objeto. Lo que cambia es la respuesta. Por primera vez, esa mano se encuentra con mujeres que ya no bajan la cabeza.
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