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Mientras Washington interviene militarmente en Oriente Próximo, el imperio empresarial del presidente estadounidense multiplica sus beneficios gracias a las mismas monarquías del Golfo que financian sus proyectos.
El poder político y el negocio privado siempre han convivido en la historia del capitalismo. Pero pocas veces se han entrelazado de forma tan descarada como en el caso de Donald Trump. Desde su regreso a la Casa Blanca en enero de 2025, el presidente de Estados Unidos no solo dirige la política exterior de la primera potencia mundial en Oriente Próximo. También encabeza una red de intereses empresariales que se expande precisamente en esa misma región.
Trump heredó el oficio de su padre, Fred Trump, un promotor inmobiliario que levantó miles de viviendas en Brooklyn y Queens para la clase media. El hijo decidió jugar en otra liga. Durante las décadas siguientes convirtió su nombre en una marca global vinculada al lujo, a los rascacielos dorados y a una visión del capitalismo sin frenos. En 1987, cuando publicó The Art of the Deal, ya presumía de una filosofía que resumía bien su trayectoria: pensar siempre a lo grande.
Casi cuarenta años después, el imperio Trump ha dejado de depender únicamente del ladrillo neoyorquino. Su fortuna se estima entre 6.500 y 7.500 millones de dólares, según cálculos de Forbes y The New York Times. Y una parte creciente de ese patrimonio procede ahora del Golfo Pérsico, donde su apellido se ha convertido en una franquicia que monarquías petroleras y fondos de inversión compran para asociarlo con hoteles de lujo, complejos residenciales o campos de golf.
El problema es que el mismo hombre que firma esos negocios es también quien decide la política exterior de Estados Unidos en la región.
UN PRESIDENTE QUE NEGOCIA DONDE HACE LA GUERRA
La expansión empresarial de la familia Trump en Oriente Próximo no es nueva, pero se ha acelerado desde su regreso al poder. Según un análisis de la organización estadounidense Citizens for Responsibility and Ethics in Washington (CREW), el presidente podría obtener más de 400 millones de dólares de ingresos procedentes de proyectos inmobiliarios en el extranjero durante su segundo mandato.
La cifra es significativa por una razón evidente. Durante su primer mandato, entre 2017 y 2021, Trump ya había ingresado más de 140 millones de dólares gracias a negocios fuera de Estados Unidos. Ahora la escala es muy distinta. La presidencia no ha frenado sus intereses privados. Más bien parece haberlos impulsado.
El modelo es sencillo. Trump no necesita construir cada edificio ni financiar cada proyecto. Basta con alquilar su apellido. Empresas y gobiernos pagan millones por usar la marca Trump como símbolo de exclusividad. Así han surgido resorts, torres residenciales y campos de golf en ciudades como Dubái, Doha, Abu Dabi, Riad o Yeda.
La proximidad con las monarquías del Golfo ha alcanzado incluso gestos difíciles de disimular. La familia real de Qatar llegó a regalar a Trump un Boeing 747 valorado en unos 400 millones de dólares para sustituir el Air Force One. Desde la Casa Blanca se negó cualquier irregularidad. Pero el mensaje político es claro: los vínculos entre negocios privados y poder estatal son cada vez más estrechos.
En teoría, los presidentes estadounidenses deben evitar conflictos de intereses. En la práctica, la legislación apenas regula la actividad empresarial del ocupante del Despacho Oval. Trump se ha beneficiado de ese vacío. Y ni siquiera lo oculta. En una entrevista con The New York Times, reconoció que decidió mantener sus negocios internacionales porque, según dijo, “entendí que a nadie le importaba”.
EL IMPERIO FAMILIAR SE EXPANDE ENTRE PETRODÓLARES Y CRIPTOMONEDAS
Mientras Trump gobierna, sus hijos dirigen el negocio. Desde que llegó a la Casa Blanca por primera vez en enero de 2017, Donald Jr. y Eric Trump asumieron el control de la Trump Organization, la empresa que articula el entramado empresarial familiar.
En los últimos años, ese entramado ha firmado acuerdos con gobiernos y entidades vinculadas a las monarquías del Golfo por cientos de millones. Solo en Emiratos Árabes Unidos, según datos recopilados por Forbes, se han cerrado más de 500 millones de dólares en acuerdos inmobiliarios durante el último año.
El patrimonio personal de Trump también ha crecido con rapidez. The New York Times calcula que su fortuna aumentó 1.400 millones de dólares en el último año. The New Yorker eleva esa cifra hasta 4.000 millones. Buena parte de ese incremento procede de dos sectores emergentes: los activos digitales y las criptomonedas.
La familia Trump ha encontrado en estos mercados una vía rápida para multiplicar ingresos. Donald Jr. y Eric han impulsado proyectos relacionados con la minería de bitcoin y con la tokenización de activos. También lanzaron World Liberty Financial, una plataforma que gestiona la criptomoneda USD1, vinculada al dólar.
Las inversiones procedentes del Golfo han sido decisivas. La empresa MGX, vinculada a las élites de Abu Dabi, utilizó esa criptodivisa para participar en una operación de 2.000 millones de dólares en la plataforma de intercambio Binance.
El ecosistema empresarial también conecta con la política exterior. Jared Kushner, yerno de Trump y figura clave en las negociaciones diplomáticas en Oriente Próximo, dirige el fondo Affinity Partners, que ha captado más de 5.000 millones de dólares de inversores del Golfo, entre ellos el poderoso fondo soberano saudí PIF.
La red se extiende además al terreno judicial y financiero. En octubre, Trump concedió un indulto al fundador de Binance, Changpeng Zhao, condenado por facilitar operaciones de blanqueo de capitales a través de su plataforma. Zhao se había declarado culpable de permitir transferencias vinculadas a organizaciones criminales y redes ilegales.
El caso resume la lógica que atraviesa toda esta arquitectura de poder. El mismo círculo de empresarios, inversores y aliados políticos aparece en la diplomacia, en los negocios inmobiliarios, en las criptomonedas y en las decisiones judiciales.
Para Robert Weissman, copresidente de la organización Public Citizen, la cuestión es sencilla: cuando una ciudadanía elige a un presidente espera que gobierne para el interés público. No para convertir el despacho más poderoso del planeta en una plataforma de expansión de su imperio privado.
En el Golfo Pérsico, sin embargo, la línea entre la política exterior de Estados Unidos y los negocios de la familia Trump se ha vuelto tan difusa que ya resulta casi imposible distinguir dónde termina la geopolítica y dónde empieza el negocio. Y quizá ese era exactamente el plan.
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