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De pequeños nos enseñaron que los monstruos eran imaginarios. La vida adulta nos obligó a descubrir que simplemente habían aprendido a gobernar.
De niños y niñas nos contaban una historia tranquilizadora: los monstruos no existían. Aquella frase cumplía una función protectora. Servía para disipar el miedo nocturno, para cerrar los cuentos antes de dormir y para convencernos de que el mundo era, en el fondo, un lugar razonable. Los monstruos pertenecían a la fantasía, a los relatos antiguos o a las películas. Eran criaturas grotescas que habitaban en cuevas o castillos, nunca en los despachos donde se toman decisiones reales.
Con el tiempo descubrimos que aquella frase era, en el mejor de los casos, incompleta. No porque el mundo esté lleno de criaturas sobrenaturales, sino porque los monstruos reales no tienen aspecto monstruoso. No enseñan colmillos ni caminan entre sombras. Se presentan a elecciones, pronuncian discursos y se fotografían con otros líderes. La vida adulta, en ese sentido, tiene algo de despertar incómodo: el momento en que comprendemos que la barbarie no desapareció con los cuentos infantiles, sino que se reorganizó dentro de las instituciones.
La historia moderna debería habernos preparado para reconocer esa realidad. El siglo XX dejó pruebas suficientes de que la civilización no inmuniza contra la crueldad. Auschwitz, Hiroshima, las dictaduras latinoamericanas o los genocidios africanos demostraron que la violencia extrema puede surgir en sociedades que se consideran avanzadas. Sin embargo, cada generación parece convencerse de que aquello pertenece a un pasado superado, como si la historia hubiese establecido un límite moral definitivo. Esa confianza ingenua es, quizá, una de las condiciones que permiten que los monstruos regresen.
En nuestro tiempo, los nombres cambian, pero la lógica permanece. Benjamin Netanyahu encarna uno de esos rostros contemporáneos del poder que han convertido la violencia sistemática en una estrategia política sostenida. Bajo su liderazgo, la devastación de Gaza se ha transformado en una operación que ya no puede explicarse únicamente en términos de guerra convencional. Las denuncias de organizaciones humanitarias, las investigaciones de juristas internacionales y las imágenes que circulan por el mundo describen una realidad en la que el hambre, la destrucción de infraestructuras civiles y la muerte de miles de personas forman parte de un mismo dispositivo de control. La monstruosidad, en este caso, no reside solo en la violencia, sino en la racionalidad fría con la que se administra.
Los monstruos modernos rara vez se presentan como tales. Al contrario, suelen hablar el lenguaje de la seguridad, la defensa o la estabilidad. El poder contemporáneo ha aprendido a justificar la brutalidad mediante discursos aparentemente técnicos, burocráticos o estratégicos. Las decisiones más devastadoras pueden presentarse como simples medidas de protección nacional. Esa es una de las transformaciones más inquietantes de la política contemporánea: la capacidad de convertir el horror en procedimiento.
Donald Trump representa otro tipo de monstruosidad política, menos silenciosa pero igualmente corrosiva. Su estilo no se basa tanto en la administración fría de la violencia como en la normalización de la agresividad permanente. Trump convirtió el insulto, la mentira sistemática y la glorificación de la fuerza en herramientas de liderazgo político. Bajo su influencia, la política dejó de ser un espacio de deliberación para convertirse en una competición de brutalidad simbólica, donde el adversario es retratado como enemigo absoluto y la empatía aparece como una debilidad.
El problema, sin embargo, no se limita a las figuras principales del escenario global. La historia política muestra que los grandes monstruos rara vez gobiernan en soledad. Necesitan imitadores, intérpretes y amplificadores. Necesitan políticos dispuestos a reproducir sus discursos en otros contextos, adaptándolos a las dinámicas locales. En Europa, figuras como Santiago Abascal han construido su carrera precisamente sobre esa lógica de imitación ideológica. No se trata de reproducir exactamente los mismos conflictos, sino de trasladar el mismo marco mental: la política como guerra cultural permanente, la construcción de enemigos internos y la nostalgia por un orden autoritario presentado como salvación.
Este fenómeno revela algo importante sobre la naturaleza del monstruo político contemporáneo. No siempre surge como una anomalía aislada. Más bien aparece como el resultado de un ecosistema político y mediático que recompensa el extremismo, la simplificación y el odio. Los llamados “monstruos de medio pelo” cumplen un papel fundamental en ese proceso, porque se encargan de convertir las ideas más radicales en discursos cotidianos. Lo que ayer parecía impensable termina presentándose como una opinión más dentro del debate público.
La filósofa Hannah Arendt describió un fenómeno parecido cuando habló de la banalidad del mal. Su tesis no consistía en afirmar que el mal fuera trivial, sino en señalar que podía instalarse en la vida cotidiana mediante la obediencia, la rutina y la aceptación social. Los monstruos, en ese sentido, no necesitan ser figuras excepcionales. Pueden ser dirigentes mediocres que simplemente encuentran un contexto favorable para desplegar su brutalidad.
Ese contexto incluye algo todavía más incómodo: la existencia de seguidores dispuestos a justificar o celebrar esas políticas. Ningún monstruo político llega al poder sin una base social que lo legitime. La deshumanización del adversario, la aceptación de la violencia o la indiferencia ante el sufrimiento ajeno requieren un proceso previo de normalización cultural. Cuando una parte significativa de la sociedad empieza a aceptar que algunas vidas valen menos que otras, el terreno está preparado.
Quizá por eso la metáfora infantil del monstruo resulta, en el fondo, tan reveladora. Los cuentos nos enseñaban a reconocer a la criatura peligrosa porque su aspecto era inconfundible. La realidad adulta es más difícil de interpretar, porque los monstruos se parecen demasiado a nosotros. Son dirigentes elegidos, comentaristas mediáticos, líderes políticos que hablan de orden, seguridad o tradición.
La lección más incómoda de la madurez política consiste precisamente en aceptar esa ambigüedad. Los monstruos no desaparecieron cuando dejamos de creer en ellos. Simplemente aprendieron a hablar el lenguaje del poder.
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