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Mientras Washington improvisa, la ultraderecha israelí empuja una transformación violenta de Oriente Medio basada en la supremacía militar, el debilitamiento de sus rivales y el control territorial.
La guerra abierta entre Israel e Irán no es un episodio aislado ni un simple choque militar. Es la expresión de un proyecto geopolítico mucho más profundo. Un proyecto que combina supremacía militar, rediseño regional y caos estratégico como herramienta de poder. Mientras Estados Unidos oscila entre la improvisación y la presión interna, sectores del Gobierno israelí llevan décadas defendiendo una visión clara: dominar Oriente Medio debilitando o fragmentando a sus adversarios.
Las declaraciones del secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, el 2 de marzo, ante la Comisión de Inteligencia del Congreso, dejaron entrever hasta qué punto Washington ha actuado sin una estrategia coherente. Rubio reconoció que el Gobierno sabía que Israel iba a tomar medidas que provocarían una respuesta iraní contra fuerzas estadounidenses. La intervención preventiva de Estados Unidos, según explicó, buscaba evitar mayores bajas.
La revelación abrió una pregunta incómoda: ¿Estados Unidos lidera la estrategia o simplemente sigue los movimientos de Israel? Las declaraciones posteriores de Donald Trump y de otros responsables de su Administración no ayudaron a aclararlo. Los mensajes sobre los objetivos de la guerra, su duración o la posibilidad de desplegar tropas han sido contradictorios.
Benjamin Netanyahu, en cambio, ha sido mucho más explícito. El 1 de marzo, el primer ministro israelí afirmó que los ataques contra Irán se realizaban con la ayuda de Estados Unidos y con el respaldo de Trump. Añadió algo aún más revelador: llevaba 40 años defendiendo una guerra contra Irán y ahora, con esta alianza, podía cumplir ese objetivo.
Ese camino se abrió cuando Trump decidió en 2018 romper el acuerdo nuclear firmado en 2015 entre Estados Unidos, Irán, Francia, Reino Unido, Alemania, Rusia, China y la Unión Europea. Aquel pacto limitaba de forma estricta el programa nuclear iraní bajo supervisión internacional. Netanyahu celebró su ruptura. El equilibrio diplomático fue sustituido por una escalada permanente.
UNA REGIÓN REDISEÑADA A TRAVÉS DE LA GUERRA
La visión estratégica israelí quedó clara cuando Netanyahu presentó el 22 de septiembre de 2023 su plan para un “nuevo Oriente Medio”. Según el primer ministro, el objetivo era transformar una región marcada por el conflicto en un espacio de prosperidad y estabilidad. Sin embargo, la vía elegida para lograrlo ha sido la expansión militar y el debilitamiento sistemático de los rivales.
En agosto de 2024, Netanyahu afirmó que Israel combatía en siete frentes simultáneos: Gaza, Cisjordania, Líbano, Siria, Irak y Yemen, además de un octavo frente “por la verdad” en el ámbito diplomático y comunicativo. Una estrategia de guerra múltiple destinada a desmontar el llamado “Eje de la Resistencia” liderado por Irán.
El ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023 sirvió como detonante para una ofensiva israelí que se extendió rápidamente por toda la región. Gaza fue devastada durante dos años de bombardeos y operaciones militares. A pesar de la posterior liberación de rehenes israelíes y del intercambio de prisioneros palestinos, el alto el fuego nunca fue respetado plenamente por el ejército israelí.
En Líbano, Israel ha continuado bombardeando el sur del país y zonas de Beirut con el objetivo de presionar al Gobierno libanés para desarmar a Hizbulá. La estrategia no solo busca neutralizar a esta organización, sino romper la red de alianzas que conecta a Irán con sus aliados regionales.
La caída del régimen de Bashar al Asad en 2024, tras 13 años de guerra civil iniciada en 2011, también alteró el equilibrio regional. El nuevo Gobierno sirio intentó mantener relaciones pacíficas con Israel, pero Netanyahu ordenó bombardeos sobre depósitos militares y ocupó territorios fronterizos. La prioridad no era estabilizar Siria, sino impedir que Irán recuperara influencia.
Con Siria debilitada y con los ataques contra los hutíes en Yemen, el corredor geográfico que conectaba Irán con Irak, Siria y Líbano quedó seriamente dañado. El llamado Eje de la Resistencia perdió su continuidad territorial.
Al mismo tiempo, dentro de Israel se ha fortalecido un discurso que presenta estas operaciones como la consolidación definitiva del país como potencia dominante de Oriente Medio. Algunos analistas israelíes hablan abiertamente de una “superpotencia regional” capaz de redefinir las estructuras de poder del área.
HEGEMONÍA MILITAR O CAOS REGIONAL
Sin embargo, el proyecto israelí enfrenta obstáculos estructurales. El primero es demográfico. Israel cuenta con unos 10 millones de habitantes frente a los aproximadamente 350 millones de árabes de Oriente Medio y los 93 millones de iraníes. Dominar la región únicamente mediante poder militar resulta extremadamente difícil.
Los ataques selectivos contra líderes enemigos o instalaciones militares pueden debilitar a adversarios concretos. Pero no permiten sostener una ocupación permanente ni construir un orden regional estable.
Además, varios actores clave han empezado a mostrar reticencias. Arabia Saudí, pieza central en los acuerdos regionales promovidos por Washington, se ha distanciado de Israel desde el inicio de la guerra en Gaza. Riad ha reiterado que no normalizará relaciones con Israel mientras continúe la ofensiva contra la población palestina y no se avance hacia la creación de un Estado palestino.
Egipto y Jordania también han rechazado presiones israelíes para aceptar desplazamientos masivos de palestinos desde Gaza. La expulsión de población civil se ha convertido en una línea roja para varios gobiernos árabes.
En Estados Unidos, el apoyo político tampoco es tan sólido como en el pasado. Sectores del movimiento Make America Great Again (MAGA) han criticado a Trump por lo que consideran una subordinación a los intereses de Israel. Paralelamente, las nuevas generaciones de votantes demócratas y parte de la comunidad judía estadounidense han aumentado sus críticas a la política israelí.
En este contexto, algunos analistas consideran que el verdadero objetivo de Netanyahu no es necesariamente instaurar un nuevo orden regional estable, sino debilitar a sus rivales hasta generar una situación de fragmentación permanente. Un Oriente Medio dividido en Estados debilitados sería incapaz de desafiar la superioridad militar israelí.
Según varios expertos, un Irán desestabilizado internamente podría desencadenar una cascada de crisis en toda la región. Migraciones masivas, conflictos sectarios y Estados fallidos se extenderían desde el Golfo hasta el Mediterráneo. Turquía, Arabia Saudí y Egipto quedarían atrapados en una región cada vez más inestable.
Ese escenario de caos permanente permitiría a Israel consolidar su control sobre Cisjordania y Gaza mientras mantiene una posición de supremacía militar sobre sus vecinos.
Mientras tanto, en Washington continúa el debate sobre hasta qué punto Estados Unidos debe implicarse en ese proyecto. Algunos sectores conservadores, como la fundación Heritage —arquitecta del programa Project 2025—, proponen transformar la relación bilateral y convertir a Israel en socio estratégico privilegiado con acceso a las armas más avanzadas, sistemas de defensa antimisiles y capacidades de inteligencia artificial militar.
Otros temen que la alianza arrastre a Estados Unidos hacia una cadena interminable de conflictos regionales.
Porque la pregunta que planea sobre toda esta estrategia no es militar, sino política. Hasta qué punto un proyecto basado en el poder militar, la fragmentación regional y la dominación territorial puede producir algo distinto del caos permanente.
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