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El presidente que presume de mandar “todas las jugadas” no logra frenar los bombardeos israelíes y, al mismo tiempo, acelera acuerdos opacos para deportar personas a terceros países africanos, incluida República Centroafricana.
NETANYAHU BOMBARDEA, TRUMP PRESUME Y LA REALIDAD LE CONTESTA
Trump quiso vender autoridad. Otra vez. Dijo que Netanyahu no decide, que quien “toma todas las decisiones” es él, que las nuevas hostilidades entre Israel e Irán no afectarían sus conversaciones con Teherán. Un gesto de mando, de presidente imperial, de tipo que mira al mundo como si fuera una mesa de casino privada. Pero pocas horas después, Israel volvió a bombardear objetivos militares en el centro y el oeste de Irán. La puesta en escena duró menos que un titular.
La secuencia es obscena por sencilla. Trump habría pedido a Netanyahu que frenara nuevos ataques porque Washington estaba “cerca” de lograr algo con Irán. Israel bombardeó igualmente. Antes, según Reuters, también había atacado el área de Beirut por primera vez desde que EE.UU. anunció un plan de tregua para Líbano la semana anterior. Es decir, Trump no aparece como árbitro de la paz. Aparece como lo que es: el jefe de una potencia que alimenta la guerra y luego finge sorpresa cuando la guerra se comporta como guerra.
No es un matiz diplomático. Es una fotografía política. El presidente estadounidense insiste en que controla el tablero mientras su principal aliado en Oriente Medio sigue abriendo frentes, empujando la región hacia una nueva espiral y convirtiendo cualquier negociación en papel mojado. Irán respondió con misiles contra objetivos israelíes, Israel habló de interceptaciones, sonaron sirenas en Tel Aviv y el petróleo Brent volvió a situarse por encima de los 96 dólares el barril. Así funciona el orden imperial: primero se disparan los misiles, luego sube el petróleo, después suben los alimentos y al final paga quien no decidió nada.
Trump no está siendo “superado” por Netanyahu en un sentido inocente. No es un espectador impotente. EE.UU. sostiene política, militar y diplomáticamente a Israel desde hace décadas. La diferencia ahora es que el teatro se ve demasiado. Washington le pide prudencia a Netanyahu mientras lo protege. Le exige contención mientras mantiene intacta la arquitectura de impunidad. Le llama “aliado estratégico” a un Gobierno que ha convertido la guerra permanente en método de supervivencia política.
Y mientras el foco se desplaza hacia Irán, el genocidio en Gaza sigue como fondo moral de todo esto. No desaparece porque cambie la portada. No desaparece porque los mercados miren a Ormuz. No desaparece porque Trump prefiera hablar de acuerdos, activos congelados, sanciones o “paz”. Gaza sigue siendo el lugar donde se mide la mentira occidental. La mentira de los derechos humanos selectivos. La mentira de la legalidad internacional administrada a conveniencia. La mentira de una potencia que dice contener incendios mientras reparte gasolina.
LA OTRA CARA DEL IMPERIO: DEPORTAR PERSONAS AL SUR GLOBAL
La segunda imagen de Trump es igual de brutal, aunque tenga menos explosiones. República Centroafricana ha aceptado recibir migrantes de otros países deportados por EE.UU., según dos fuentes citadas por Reuters. No personas centroafricanas retornadas a su país. No. Personas de terceros países enviadas a un Estado empobrecido, atravesado por ciclos de violencia e instrumentalizado como terminal de deportación.
Washington ya ha enviado deportados de terceros países a República Democrática del Congo, Ghana, Sierra Leona y Guinea Ecuatorial mediante acuerdos opacos. Los demócratas del Senado han denunciado que estos pactos han costado decenas de millones de dólares. Las organizaciones de derechos humanos alertan de lo evidente: estos acuerdos permiten rodear protecciones legales obtenidas en tribunales migratorios estadounidenses. Dicho de forma menos educada: EE.UU. busca en África la forma de hacer lo que sus propios tribunales no le permiten hacer directamente.
La maquinaria tiene fechas y nombres. El acuerdo con República Centroafricana se discutió el 18 de mayo en Bangui durante una reunión con una delegación estadounidense encabezada por Christian Jové Ehrhardt, alto cargo del Departamento de Estado en el área de Población, Refugiados y Migración. No se sabe aún cuántas personas serán enviadas, ni de qué nacionalidades, ni cuándo saldrán los vuelos. Esa opacidad no es un defecto del sistema. Es parte del sistema.
Hay ya un caso que enseña por dónde iba la operación. El 22 de mayo, el juez federal Lee Rosenthal dictó una orden temporal para bloquear la deportación de un ciudadano turco después de que las autoridades estadounidenses planearan enviarlo a República Centroafricana el 26 de mayo. No hacía falta que la persona fuera centroafricana. Bastaba con que hubiera un país dispuesto a recibirla. Esa es la lógica. No justicia. No protección. No derecho. Logística del desarraigo.
República Centroafricana no aparece aquí por casualidad. Es un país de 5,5 millones de habitantes, marcado por repetidos ciclos de inestabilidad desde su independencia de Francia en 1960, con una mayoría social empobrecida y un Gobierno que ha buscado apoyo ruso en seguridad mientras intenta reabrir canales con Occidente por minerales críticos. El colonialismo cambia de traje, pero no de apetito. Ayer eran concesiones, bases y empresas extractivas. Hoy también son acuerdos migratorios, financiación internacional y cuerpos desplazados.
El Departamento de Seguridad Nacional sostiene que todas las personas deportadas reciben “debido proceso”. Es la frase de manual. Limpia, burocrática, perfectamente diseñada para no enseñar el horror. Pero Reuters recuerda que, en muchos casos, las personas afectadas habían obtenido protecciones legales en EE.UU. contra la repatriación. Y el informe de la minoría demócrata del Comité de Relaciones Exteriores del Senado fue más allá: estimó que, hasta enero, la Administración Trump había gastado más de 7,2 millones de dólares en vuelos de deportación a terceros países y había entregado más de 32 millones directamente a cinco gobiernos para aceptar nacionales de terceros países.
La cifra debería bastar para desmontar la farsa. No es eficiencia. No es austeridad. No es “orden fronterizo”. Es una política carísima, cruel y deliberadamente confusa. El propio informe del Senado hablaba de vuelos que podían costar más de 32.000 dólares por hora, de operaciones con pequeños grupos de migrantes y de al menos un caso en el que se habría pagado más de 1 millón de dólares por persona recibida. La crueldad, cuando se viste de gestión, también factura. Y factura muy bien.
Lo de Trump no es una contradicción. Es un programa. Hacia fuera, guerra, sanciones, amenazas y subordinación de pueblos enteros a la agenda militar estadounidense. Hacia dentro, racismo institucional, deportaciones opacas y castigo contra quienes cruzan fronteras huyendo precisamente de muchos de los desastres que el Norte global ayudó a fabricar. Hambre, guerras, golpes, saqueo, extractivismo, crisis climática, deuda. Luego llega Washington, levanta un muro moral y llama “ilegales” a las víctimas.
Hay una palabra que atraviesa las dos escenas: impunidad. Netanyahu bombardea pese al supuesto aviso de Trump. Trump deporta a terceros países africanos pese a las protecciones legales que muchas personas habían conseguido. En un caso, el poder militar decide por encima de la diplomacia. En el otro, el poder administrativo busca atajos por encima del derecho. Distintos instrumentos, misma lógica.
La imagen final no es la de un presidente fuerte. Es la de un imperio nervioso, brutal y cada vez menos capaz de ocultar sus costuras. No controla la guerra que alimenta y no respeta los derechos que dice defender. Sólo cambia de escenario: de Irán a Bangui, de Beirut a un avión de deportación, de Gaza a una orden judicial ignorada hasta que alguien consigue frenarla.
Y siempre la misma gente debajo. Los pueblos bombardeados. Las personas desplazadas. Las y los migrantes convertidos en carga diplomática. Los países empobrecidos usados como almacén de seres humanos. El imperio no está perdiendo los papeles. Está enseñando cuáles eran sus papeles desde el principio.
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