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De entre todas las transformaciones que están sucediendo en nuestra sociedad en los últimos años, hay un fenómeno que parece preocupar especialmente a los españoles, o al menos eso reflejan las encuestas de las que nos hablan en los distintos medios de comunicación: el auge de la extrema derecha entre nuestros jóvenes. Todos los periódicos, radios o cadenas de televisión dedican mucho tiempo a analizar las causas de este supuesto viraje de nuestra juventud hacia posiciones ultra o directamente fascistas, insistiendo en términos como desilusión, hartazgo o desmotivación. Se suele hablar de las escasas perspectivas de futuro que tienen o de que los mensajes que reciben de la extrema derecha son atractivos por suponer rebeldía y oposición al sistema. Y ahí es donde las cosas no terminan de encajar.
Son violentos, sólo eso, y abrazarán cualquier doctrina que les permita seguir siéndolo. Son violentos y gozan de una impunidad que les permite pasearse por nuestras calles e imponer las consignas de sus líderes a base de bates, no necesitan echarse al monte.
Los análisis que se hacen de todo esto incluyen casi siempre una generalización malintencionada, ya que no distinguen entre lo que es un sector de la juventud que comulga con las opciones de derechas más o menos extremas, y otro que directamente bebe del fascismo irracional y lo manifiesta en actitudes violentas. Son dos aspectos siempre presentes, pero que juntos y tratados como uno solo parecen tener mayor relevancia. No hay la menor duda de que en España estamos viviendo una reacción política, judicial y mediática a todo lo que suponga progreso y avances sociales. Y dentro de este contexto es donde se enmarca la necesidad de convencer a los jóvenes de cuál es el camino a seguir. Los medios no hacen análisis críticos, sino que hablan de esta supuesta tendencia como de algo normal, que simplemente está pasando, sin hacer la pedagogía necesaria para que todo aquél joven que les escucha o les lee aprenda, si no lo sabía ya, lo que el fascismo supone y, especialmente, lo que supuso en nuestro país. No acompañan sus análisis con explicaciones sobre lo que fue el franquismo, lo que supuso de atraso en todos los sentidos, lo que representó de represión por sexo, pensamiento, ideología o religión. Es muy simple, tan sólo habría que explicarles lo que suponía durante la dictadura ser mujer, ser negro, ser homosexual o ser ateo… ¿Imaginan ser una mujer negra, lesbiana y atea?
Efectivamente, hay jóvenes españoles que simpatizan, militan y votan a partidos de derechas. Siempre han estado ahí, han crecido en ambientes en los que, por profesión o por posición, sus intereses se ven defendidos por formaciones conservadoras. Si creces aprendiendo que eres un privilegiado, y que tus privilegios dependen de que en tu país siga existiendo desigualdad, qué duda cabe de que seguirás defendiendo esa postura, aunque sólo sea porque ni en tu entorno familiar ni educativo te enfrentarás a otras realidades. La importancia de unos buenos servicios públicos y el valor de la integración no estarán en tu día a día y sólo los verás como obstáculos. Pero, insisto, no estamos hablando de ningún concepto novedoso. Son los jóvenes votantes de derechas. Nada más.
Y después están los otros. Los cachorros del fascismo. No surgen de una reflexión, ni siquiera egoísta. No son fruto de una defensa de un modo de vida ni de una ideología. Son simplemente violentos, nada más. Y tampoco son nuevos. Llevan años llenando los campos de fútbol, con más o menos connivencia de los clubes. Pero no van al fútbol porque les guste el deporte como espectáculo, van porque ellos quieren ser el espectáculo. Van porque ahí pueden desarrollar la única actividad que les motiva: la violencia. Si pierden hay violencia, y si ganan hay violencia. Si te enfrentas a ellos habrá violencia, pero si no te enfrentas, te buscarán y la habrá igual. Al final de los partidos van de caza… Y ahora les han abierto el campo. Sus tres consignas aprendidas a duras penas ya no bastan en un ámbito limitado, sino que hay que llevarlas a lo cotidiano. Basta con mirar las imágenes y hacerse algunas preguntas. ¿Alguien piensa realmente que su simpatía por la ultraderecha es fruto de lo que nos cuentan los medios? ¿Están desencantados, desilusionados o reivindican alguna mejora para su futuro? ¿Acaso se les ve preocupados por el acceso a la vivienda? ¿Creen que el deterioro de las universidades públicas les impide labrarse un futuro profesional? Cuando vemos un neonazi presumiendo de sus tatuajes y con el brazo derecho en alto diciendo palabras en alemán, idioma que que ni entiende, ¿nos lo imaginamos preocupado por la corrupción instalada en la política? Son racistas, machistas, homófobos y odian a los de izquierdas porque contra eso se puede ejercer la violencia. A una persona racializada, a una mujer, a un homosexual y a un rojo se les puede zurrar. Se juntan en escuadras para desalojar a gente de sus viviendas porque ahí puede surgir un enfrentamiento, les da igual si el propietario es una banco, un fondo buitre o un particular. Si van habrá conflicto, y ellos sabrán convertir ese conflicto en un enfrentamiento físico. No, señores de los medios de mayoría conservadora. Ni los analicen como fruto de la situación política o económica ni los mezclen con los meros votantes de la derecha. Son violentos, sólo eso, y abrazarán cualquier doctrina que les permita seguir siéndolo. Son tan violentos como lo fueron los etarras, pero gozan de una impunidad que les permite pasearse por nuestras calles e imponer las consignas de sus líderes a base de bates, no necesitan echarse al monte.
El apoyo que se hace desde muchos sectores, mediáticos y políticos, a personajes como Vito Quiles o Dani Desokupa, junto con ciertos influencers andorranos de adopción, han hecho que ser facha equivalga a ser rebelde.
¿Hemos fracasado como educadores? Sin duda. A día de hoy, en nuestras aulas sigue sin explicarse el franquismo ni la realidad del golpe de estado del 36, y la presencia de elementos como la religión en los centros públicos no ayuda. Pero no nos engañemos, el apoyo que se hace desde muchos sectores, mediáticos y políticos, a personajes como Vito Quiles o Dani Desokupa, junto con ciertos influencers andorranos de adopción, han hecho que ser facha equivalga a ser rebelde. Pero sería tan sencillo como mostrar la realidad. Por cada acto de ultraderecha en los que podemos ver jóvenes, se produce otro de corte antifascista con muchos más participantes. Y los podemos ver en innumerables acciones solidarias, aportando donde se necesita solidaridad, poniendo su cuerpo para defender las causas más justas y nobles. Detrás de cada tragedia de las muchas que vivimos veremos siempre chicos y chicas dejando sus energías de la mejor manera posible, ayudando, aportando. Pero, por cada minuto de los medios mostrando esta realidad, tenemos veinte explicándonos que nuestros jóvenes son fachas. Para que se normalice, para que lo vean bien, para que se logre el objetivo, que no es otro que retroceder en derechos sin que haya respuesta.
A nosotros ya nos vencieron con dos coches, un mes de vacaciones y una hipoteca. Ahora quieren que nuestros hijos aprendan que ser feminista, ecologista, inmigrante, transexual o de izquierdas atenta contra la patria y la bandera, que son lo importante. Pero ya no es su tiempo, éstas son sus últimas bocanadas y los jóvenes, como siempre, sabrán hacerse el camino que necesitan para que este tiempo no haya sido tiempo perdido.
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