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Washington intensifica la ofensiva mientras la economía global se resiente y sus aliados se desmarcan
La lógica de esta guerra ya no es estratégica, es ideológica. En marzo de 2026, con el conflicto en Irán entrando en su tercera semana, Donald Trump ha decidido redoblar la presión militar en lugar de frenar una escalada que ya está pasando factura a la economía global y aislando a Estados Unidos de sus propios aliados. No es una operación quirúrgica ni una intervención limitada. Es una huida hacia adelante.
El dato es incontestable. El estrecho de Ormuz, por donde circula alrededor del 20% del petróleo mundial y el 25% del gas natural licuado, está bloqueado de facto por Irán. La respuesta de Washington no ha sido desescalar, sino intensificar los bombardeos y presionar a Europa, Japón, Corea del Sur y China para formar una coalición militar que reabra el paso. Todo mientras Trump insiste en que “no necesita a nadie”. La contradicción no es menor. Es la prueba de una estrategia errática sostenida sobre la propaganda.
UNA GUERRA QUE CASTIGA A LA POBLACIÓN Y BENEFICIA AL COMPLEJO MILITAR
Las consecuencias económicas ya son visibles y cuantificables. Con el barril de petróleo superando los 100 dólares, Estados Unidos ha visto cómo el precio de la gasolina sube cerca de un 25% en cuestión de días. Esto no es un efecto colateral. Es el corazón del problema. Una economía profundamente dependiente del consumo energético no puede sostener una guerra que dispara sus propios costes estructurales.
A escala global, el impacto es aún más profundo. La interrupción del tráfico marítimo en Ormuz amenaza cadenas de suministro enteras, encarece el transporte y tensiona mercados que ya venían debilitados por años de crisis acumuladas. Según análisis energéticos internacionales, cada semana de bloqueo implica pérdidas de miles de millones de dólares para economías dependientes del Golfo Pérsico. La guerra no solo destruye infraestructuras, también reorganiza el sufrimiento económico hacia las clases trabajadoras.
Mientras tanto, el discurso oficial en Washington se mantiene intacto. Trump presume de haber destruido más de 7.000 objetivos en Irán y de haber debilitado significativamente su capacidad militar. Pero esa narrativa oculta lo esencial: el conflicto no está más cerca de terminar. Al contrario. El cierre del estrecho demuestra que Irán conserva capacidad de respuesta suficiente para alterar el equilibrio global. Y lo está haciendo.
La historia reciente debería servir de advertencia. Afganistán, Irak, Libia. Intervenciones rápidas que se transformaron en conflictos prolongados, costosos y socialmente devastadores. El paralelismo con Vietnam empieza a dejar de ser una metáfora retórica para convertirse en una posibilidad tangible. Una guerra que se alarga, que no logra objetivos políticos claros y que termina drenando recursos económicos mientras erosiona la legitimidad internacional.
EUROPA DICE NO Y WASHINGTON SE QUEDA SOLO
El otro gran dato de esta crisis es político. Estados Unidos no solo enfrenta dificultades militares y económicas. También enfrenta un aislamiento creciente. En 17 de marzo de 2026, la Unión Europea, junto a países como Alemania, Italia, Japón o Australia, ha dejado claro que no participará en la operación para reabrir Ormuz. El mensaje ha sido directo: “no es nuestra guerra”.
La negativa europea no es anecdótica. Es un punto de inflexión. Durante décadas, la política exterior estadounidense ha descansado sobre la idea de alianzas automáticas, especialmente en el marco de la OTAN. Hoy, esa lógica se resquebraja. Incluso Reino Unido, tradicional socio incondicional, ha evitado implicarse en una escalada que considera impredecible.
Trump ha respondido con amenazas veladas. Ha insinuado consecuencias para el futuro de la OTAN y ha vuelto a cuestionar el compromiso de Estados Unidos con la defensa europea. Pero ese chantaje revela más debilidad que fuerza. Cuando una potencia necesita presionar a sus aliados para sostener una guerra, es que esa guerra ya está perdida en el terreno político.
España, además, ha marcado una línea especialmente clara al negarse a permitir el uso de las bases de Rota y Morón, lo que añade tensión bilateral y evidencia una fractura dentro del bloque occidental. No es solo un desacuerdo táctico. Es un rechazo a la lógica de intervención permanente.
En paralelo, Trump intenta involucrar a China, recordando que obtiene cerca del 90% de su petróleo a través de esa ruta. Pero la respuesta ha sido cauta. Pekín mantiene canales abiertos, pero evita comprometerse en una operación militar liderada por Washington. Nadie quiere cargar con una guerra que no ha decidido.
El resultado es un escenario cada vez más claro. Estados Unidos intensifica la ofensiva mientras pierde apoyos. La economía global se resiente mientras los mercados energéticos se desestabilizan. Y el conflicto se enquista en un punto donde cada nueva decisión aumenta el coste sin acercar ninguna solución.
La pregunta ya no es si esta guerra puede ganarse, sino cuánto tiempo tardará en convertirse en otro desastre histórico pagado por la gente común mientras quienes la impulsan nunca pisan el frente.
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