El presidente de Estados Unidos convierte la intervención en un gesto de orgullo mientras asfixia a la isla con bloqueo y presión económica
Donald Trump ya no se esconde. El 16 de marzo, desde el Despacho Oval, afirmó que sería “un gran honor” para él “tomar Cuba”. No habló de cooperación, ni de diplomacia, ni de respeto a la soberanía. Habló de tomar un país. De poseerlo. De intervenirlo. Y lo hizo con una naturalidad que revela hasta qué punto el imperialismo ya ni siquiera necesita disfrazarse.
Las palabras no son menores. “Sería un gran honor” implica algo más que una amenaza. Es una declaración de intención convertida en orgullo político. Trump no plantea una acción incómoda o inevitable, sino una oportunidad deseable. Un logro personal. Un trofeo. La colonización convertida en mérito.
El contexto agrava la gravedad. Ese mismo día, Cuba sufría un apagón total tras la desconexión de su sistema eléctrico, una crisis directamente vinculada al endurecimiento del bloqueo energético impulsado por Estados Unidos desde 2026. La isla no colapsa sola. Se la empuja. Se la presiona. Se la estrangula. Y después se la señala como “Estado fallido”.
Primero se provoca el daño. Luego se justifica la intervención.
EL LENGUAJE DEL PODER: DE PAÍS A BOTÍN
Trump no improvisa. Cuando describe Cuba como un lugar “sin dinero” pero con “tierra linda” y “buen clima”, está haciendo algo muy concreto: reducir un país a su valor económico. No habla de su población. No habla de derechos. Habla de oportunidades de negocio. Turismo. Inversión. Rentabilidad.
Ese lenguaje no es casual. Es el mismo que ha acompañado históricamente a las intervenciones estadounidenses en América Latina. Se deshumaniza el territorio, se simplifica su realidad y se convierte en un activo disponible. Un espacio a reorganizar en función del capital.
Durante más de 60 años, el embargo estadounidense ha limitado el desarrollo de la economía cubana. En 2025 y 2026, la presión se ha intensificado con restricciones energéticas que han dejado a la población sin acceso estable a electricidad, transporte o servicios básicos. No es una crisis natural. Es una crisis inducida.
Y en ese escenario, Trump introduce su narrativa: Cuba está rota, Cuba no funciona, Cuba necesita ser “tomada”.
La solución coincide sospechosamente con los intereses de quien ha provocado el problema.
No es un error. Es un modelo.
INTERVENIR, CONTROLAR, RENTABILIZAR
Cuando Trump afirma que puede “hacer lo que quiera” con Cuba, no está exagerando. Está expresando una lógica profundamente arraigada en la política exterior estadounidense: la idea de que el poder permite decidir sobre otros territorios.
No aclara si “tomar Cuba” significa una intervención militar, un cambio de régimen o una colonización económica progresiva. No hace falta. Todas esas opciones forman parte del mismo marco. Controlar para abrir mercado.
El precedente es claro. América Latina ha sido durante décadas un laboratorio de este tipo de operaciones. Golpes de Estado, sanciones económicas, intervenciones encubiertas y reformas impuestas. Desde Guatemala en 1954 hasta las presiones actuales sobre Venezuela, el patrón no ha cambiado. Solo se ha refinado.
Hoy la ocupación no siempre llega con tanques. Llega con deuda, con sanciones, con tratados desiguales, con presión financiera. Llega con la promesa de inversión y la amenaza de aislamiento.
Mientras tanto, en Cuba, la población enfrenta el impacto real: escasez, cortes eléctricos, deterioro de servicios básicos. Y en medio de ese desgaste, el Gobierno se ve obligado a abrir parcialmente su economía, permitiendo inversiones de la diáspora y nuevas formas de propiedad privada.
No es una apertura libre. Es una apertura bajo presión.
Ahí es donde el discurso de Trump encuentra su terreno. Porque la crisis se convierte en argumento. El sufrimiento se convierte en justificación. Y la intervención se presenta como solución inevitable.
Pero no lo es.
Es una elección política. Una estrategia. Un modelo de dominación que convierte países en oportunidades de negocio y conflictos en escenarios de expansión económica.
Hablar de “honor” al referirse a la toma de un país no es una provocación. Es la normalización de la conquista en pleno siglo XXI.
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