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Kevin Warsh llega a la Reserva Federal tras años orbitando entre multimillonarios, fondos de inversión y el trumpismo que aún se niega a reconocer la derrota electoral de 2020
Donald Trump ya tiene a su hombre dentro de la Reserva Federal. Y no es cualquier hombre. Kevin Warsh, confirmado el 14 de mayo por el Senado de EEUU como nuevo presidente de la Fed, representa exactamente eso que el trumpismo dice combatir mientras lo coloca en los puestos clave: élites financieras, Wall Street, grandes fortunas y obediencia política. Todo junto. Todo mezclado.
Warsh sucede a Jerome Powell después de meses de presión salvaje desde la Casa Blanca. Insultos. Amenazas públicas. Campañas de desgaste. Trump llevaba tiempo obsesionado con controlar la Fed para forzar una bajada de tipos de interés que alivie el coste de la deuda y sostenga artificialmente la economía estadounidense en plena tormenta inflacionaria. Finalmente lo ha conseguido.
Y la gran pregunta ya no es económica. Es política. ¿Va a actuar Warsh como presidente de un banco central o como un subordinado más del trumpismo?
UN PRESIDENTE DE LA FED INCAPAZ DE DECIR QUE TRUMP PERDIÓ LAS ELECCIONES
La escena en el Capitolio fue bastante reveladora. Hace apenas un mes, la senadora demócrata Elizabeth Warren le hizo una pregunta sencilla durante su comparecencia: “¿Perdió Donald Trump las elecciones de 2020?”. Una pregunta objetiva. Fácil. Con respuesta conocida por cualquier persona mínimamente conectada a la realidad.
Warsh no contestó.
Se retorció verbalmente. Habló de instituciones. Dijo que “ese organismo certificó las elecciones hace años”. Pero evitó pronunciar las palabras que Trump odia escuchar: que perdió. Que Joe Biden ganó. Que no hubo fraude masivo. Que el “robo electoral” es una mentira gigantesca utilizada para erosionar la democracia estadounidense.
Warren insistió. Porque entendía perfectamente lo que estaba viendo. No evaluaba conocimientos económicos. Evaluaba valentía. Independencia. Capacidad para plantar cara al poder.
Y Warsh volvió a esquivar la respuesta.
A partir de ahí, representantes demócratas empezaron a llamarle “marioneta” de Trump. Puede sonar duro. Pero cuesta encontrar otro término para describir a alguien incapaz de reconocer públicamente un hecho probado por miedo a incomodar al presidente que le ha colocado en el cargo más importante de la política monetaria mundial.
Ese episodio importa. Mucho. Porque la Reserva Federal no es un ministerio cualquiera. La Fed decide los tipos de interés del dólar. Condiciona hipotecas, salarios, deuda pública, empleo y estabilidad financiera global. Y ahora queda bajo la dirección de un hombre que ni siquiera se atreve a llevar la contraria a Trump en algo tan básico como aceptar el resultado de unas elecciones.
No es un detalle menor. Es un síntoma.
WALL STREET, MILLONARIOS Y EL ASALTO POLÍTICO A LA RESERVA FEDERAL
Kevin Warsh nació en Nueva York en 1970. Estudió en Stanford. Luego en Harvard. Después pasó siete años en Morgan Stanley, uno de los gigantes de Wall Street. El recorrido clásico de las élites estadounidenses que terminan gestionando instituciones públicas mientras hablan de meritocracia desde mansiones rodeadas de jardines privados.
En 2002, George W. Bush lo incorporó a su círculo económico. Ese mismo año se casó con Jane Lauder, heredera del imperio cosmético Estée Lauder. El suegro de Warsh, Ronald Lauder, es uno de los grandes donantes republicanos de EEUU. Dinero, poder político y acceso privilegiado. Otra vez lo mismo. Siempre lo mismo.
Con apenas 35 años, Bush lo colocó en la junta de gobernadores de la Reserva Federal en 2006, convirtiéndolo en el miembro más joven de la historia del organismo. Dos años después explotó la gran crisis financiera global. La misma que arrasó empleos, salarios, viviendas y derechos sociales mientras los responsables financieros salían prácticamente indemnes.
Warsh abandonó la Fed en 2011 criticando las políticas de intervención monetaria destinadas a aliviar la economía. Se opuso a la compra masiva de bonos y al quantitative easing. Defendía una visión dura, ortodoxa, casi religiosa, de la inflación y del papel limitado del sector público. Un “halcón” económico de manual.
Por eso resulta tan grotesco verlo ahora alineado con Trump para pedir bajadas rápidas de tipos. Porque históricamente Warsh siempre priorizó contener la inflación antes que estimular la economía. Y la inflación en EEUU está actualmente en el 3,8%, el nivel más alto desde 2023, lejos todavía del objetivo del 2%.
Pero el trumpismo no funciona con coherencia ideológica. Funciona con lealtades personales.
Warsh ya dejó pistas claras durante el verano en Fox News: “El presidente tiene razón al sentirse frustrado con Jay Powell y la Reserva Federal”. No parecía hablar un futuro presidente independiente de la Fed. Parecía hablar un portavoz de campaña.
Y el contexto económico no es precisamente sencillo. Trump ha desatado guerras arancelarias que han aumentado la incertidumbre global. Bombardeó Irán el 28 de febrero, provocando tensiones internacionales y el bloqueo del estrecho de Ormuz. El empleo estadounidense muestra señales de debilidad, con un paro del 4,3%. El crecimiento del PIB aguanta en el 2,1%, impulsado sobre todo por las empresas de Inteligencia Artificial y la especulación tecnológica.
Todo eso tendrá que gestionarlo Warsh desde este viernes, cuando tome posesión del cargo. Su primera reunión de política monetaria será los días 16 y 17 de junio.
Trump ya avisó en CNBC de qué espera de él. Cuando le preguntaron si se sentiría decepcionado si Warsh no baja los tipos inmediatamente, respondió con una sola palabra: “Sí”.
Ahí está el verdadero problema. La mayor economía del planeta queda en manos de un banquero criado entre multimillonarios y nombrado por un presidente que lleva meses intentando convertir la Reserva Federal en una sucursal política de la Casa Blanca.
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