La industria del entretenimiento convierte el ocio en un negocio para ricos y desesperados
Hay monólogos que hacen gracia. Y luego están los que dejan un regusto amargo porque dicen en voz alta algo que millones de personas llevan meses mascando con rabia. Eso hizo Henar Álvarez en Al cielo con ella. Reírse, sí. Pero sobre todo señalar una estafa normalizada. Una más. Otra de esas trampas del capitalismo contemporáneo que se disfrazan de modernidad mientras vacían bolsillos a velocidad industrial.
Porque ya no hablamos solo de conciertos. Hablamos de un sistema entero construido para expulsar a la mayoría del derecho a disfrutar. A descansar. A vivir un poco.
Henar lo resumió con una frase demoledora: “Hemos pasado del timo de la estampita al timo de la entradita”. Y cuesta encontrar una definición mejor para lo que ocurre hoy con la música en directo. Colas virtuales eternas. Plataformas saturadas. Reventas inmediatas. Entradas a 200, 300 o hasta 400 euros para artistas mainstream mientras miles de personas pelean por un hueco digital como si estuvieran solicitando ayuda humanitaria.
Todo muy tecnológico. Muy eficiente. Muy siglo XXI. La misma lógica de siempre, eso sí: quien tiene dinero entra. Quien no, mira desde fuera.
Y luego está el insulto añadido. Los llamados “precios dinámicos”. Ese eufemismo obsceno con el que algunas plataformas justifican subir el coste de las entradas si detectan mucha demanda. Traducido al castellano real: si mucha gente quiere ir, te cobramos más porque podemos. Es la especulación convertida en algoritmo. El fondo buitre aplicado al ocio. La Uberización emocional de la cultura.
EL OCIO COMO PRIVILEGIO Y LA INDUSTRIA COMO DEPREDADOR
El monólogo de Henar no apuntaba solo a las plataformas de reventa. Iba bastante más lejos. Contra una lógica social que convierte cualquier mínimo respiro en un lujo reservado para quien pueda pagarlo.
Y ahí estuvo especialmente fina. Porque el problema ya no son únicamente los festivales imposibles o las giras mastodónticas. Es la sensación permanente de que todo cuesta dinero. Todo. Sentarte en una terraza. Respirar un poco. Estar sola en una mesa. Pasar una tarde sin producir.
“En esta sociedad o estás produciendo o estás gastando”, dijo. Y cuesta discutirlo viendo cómo funcionan las ciudades convertidas en parques temáticos para consumidores. Madrid es un ejemplo perfecto: cemento, calor insoportable, parques cerrados en plena ola térmica y terrazas donde hasta ocupar una silla parece un privilegio sujeto a rentabilidad.
La industria cultural, mientras tanto, sigue vendiendo cercanía emocional mientras exprime a sus fans hasta el último céntimo. Y aquí Henar tocó otra fibra sensible: la decepción con artistas que permiten este modelo. Porque no hablamos solo de intermediarios. Hay artistas multimillonarios que aceptan sistemas de precios abusivos mientras construyen discursos públicos sobre comunidad, autenticidad y amor por sus seguidores.
Muy emotivo todo hasta que llega Ticketmaster.
El sarcasmo de Henar fue especialmente duro con eso. “Que venga Karol G a verme a mí”, soltó tras describir horas enteras refrescando pantallas para terminar sin entrada o pagando cifras delirantes. Y la broma funciona porque detrás hay agotamiento real. Gente organizándose en grupos familiares para intentar comprar entradas. Personas perdiendo mañanas enteras en colas virtuales. Trabajadoras y trabajadores ajustando vacaciones o sueldos para ver durante dos horas a artistas que después desaparecen durante años o convierten las giras en “residencias” fijas obligando a pagar alojamiento, vuelos y hoteles.
El ocio ya no descansa a nadie. Agota.
Y mientras eso pasa, las plataformas de reventa convierten cada lanzamiento en una operación financiera. Compran masivamente entradas mediante bots y las revenden minutos después a precios disparados. Legal o semilegal. Qué más da. Nadie parece dispuesto a meter mano de verdad a un negocio multimillonario construido sobre la ansiedad colectiva y el miedo a quedarse fuera.
La cultura como bolsa especulativa. Qué época tan miserable.
UNA GENERACIÓN EXPRIMIDA HASTA POR DIVERTIRSE
Hay algo especialmente brutal en el éxito de este tipo de discursos. Que conectan porque describen una sensación compartida. La de vivir permanentemente exprimidas y exprimidos.
Trabajos precarios. Alquileres imposibles. Comida más cara. Transporte disparado. Y cuando llega el momento de desconectar, aparece otra factura. Otra suscripción. Otra cola. Otro abuso.
Por eso el monólogo funciona más allá del humor. Porque retrata una generación que siente que le han robado incluso el derecho a aburrirse tranquila. Personas que tienen que calcular si pueden permitirse una cerveza, un concierto o un tren mientras las grandes empresas culturales baten récords de beneficios y los fondos de inversión compran festivales como quien compra bloques de viviendas.
Todo convertido en activo financiero. También la música.
Y en medio de esa sensación asfixiante, Henar Álvarez hace algo que mucha gente lleva tiempo echando de menos en televisión: señalar responsables sin disfrazarlo de neutralidad. Reírse del absurdo. Decir que esto no es normal. Que pagar cientos de euros por unas entradas mientras la reventa hace negocio obsceno delante de todo el mundo no es modernidad. Es saqueo con luces LED.
Por eso dolió tanto el remate sobre Bad Bunny o la comparación con Felipe González. Porque detrás de la broma hay una idea muy concreta: la decepción permanente de quienes crecieron creyendo que ciertas cosas eran colectivas y hoy descubren que todo está privatizado, monetizado y vigilado por algoritmos.
Hasta el tiempo libre.
Hasta bailar.
Hasta sentarse sola en una terraza sin que alguien calcule cuánto dinero generas por minuto.
Y mientras tanto siguen diciendo que vivamos experiencias. Claro. A ser posible financiadas a plazos.
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