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El presidente norteamericano convierte su cruzada anti-ecológica en doctrina de Estado: prohíbe los molinos eólicos y entierra el mandato de coches eléctricos en California.
LA OFENSIVA CONTRA LA TRANSICIÓN ENERGÉTICA SE CONVIERTE EN POLÍTICA DE GOBIERNO
Donald Trump ha decidido que el futuro le estorba. Este jueves, con gesto de satisfacción, estampó su firma en una batería de leyes que dinamitan dos de los pilares más elementales de la transición energética en Estados Unidos: el mandato californiano de vehículos eléctricos para 2035 y la expansión de la energía eólica.
Con un lenguaje propio de un showman de Las Vegas más que de un jefe de Estado, Trump proclamó que acababa de “rescatar la industria automovilística estadounidense de la destrucción”. Su gobierno ha anulado la norma que obligaba a que el 100 % de los vehículos nuevos vendidos en California fueran de “emisiones cero” en 2035, un plan que arrastraba además a otros 17 estados, entre ellos Nueva York y Nueva Jersey.
Se trata de un paso atrás histórico. La decisión no solo supone un revés para los intentos de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero en uno de los estados más poblados y avanzados tecnológicamente del país. También manda un mensaje inequívoco: bajo el trumpismo, la descarbonización será saboteada desde el aparato del Estado. Y para blindarlo, el propio Trump se jactó: “No pueden hacer nada al respecto, no pueden llevarnos a los tribunales, es permanente”.
Mientras la industria del automóvil se adapta al cambio de época que exige menos combustibles fósiles, más eficiencia energética y más innovación, Trump prefiere encadenarla al siglo XX. Su lógica: proteger el statu quo de los fabricantes tradicionales a costa del planeta.
El sector ya lo había advertido: “Están construyendo coches para dos países”, decía Trump, refiriéndose a la dualidad normativa que California había abierto con su ejemplo. Su solución: eliminar la diferencia a golpe de decreto. Y que todo el país quede anclado en la dependencia petrolera.
UN PRESIDENTE CONTRA EL VIENTO
Pero si la demolición de la electrificación automovilística resulta grave, lo que vino después rozó la caricatura. Trump anunció también su intención de prohibir la construcción de nuevos aerogeneradores en territorio estadounidense.
Con el tono de quien describe una plaga bíblica, afirmó que los molinos de viento “destruyen el país”, “ensucian los hermosos valles” y que sus aspas oxidadas convierten los paisajes en “desguaces gigantes”. La zona de Palm Springs fue su ejemplo: “Antes parecía un lugar bello. Ahora, es como atravesar un cementerio de chatarra.”
El ataque no es nuevo. En su primer mandato, Trump ya había cargado contra la eólica con argumentos que oscilaban entre la superstición y el disparate. Ahora, el veto a nuevos molinos forma parte de una agenda energética reaccionaria que no disimula sus prioridades: más gas, más petróleo, más nuclear, menos renovables.
“Solo los aprobaremos en caso de emergencia”, dijo el presidente, sin aclarar en qué consistiría tal emergencia. No se trata de una cuestión estética, como pretende hacer creer. Es una cuestión política: Trump quiere frenar la transición energética porque va contra los intereses de sus aliados: el lobby fósil, las grandes petroleras, los inversores en carbón y gas. Y porque constituye una bandera simbólica para su base electoral: una América resentida ante los cambios, atrincherada en la nostalgia industrial.
Lo dramático es que el retroceso se produce cuando el cambio climático es ya una emergencia tangible. Los informes científicos son abrumadores. Según la Agencia Internacional de la Energía, es imprescindible multiplicar por tres la capacidad renovable mundial para mantener la temperatura del planeta bajo control. Estados Unidos, como uno de los mayores emisores, debería liderar este esfuerzo. En su lugar, su presidente opta por declarar la guerra al viento.
El trumpismo no solo niega el futuro. También legisla contra él. Y cada vez que lo hace, acorrala un poco más a las y los trabajadores, a las comunidades vulnerables, a las generaciones que vivirán en un planeta más inestable. Porque detrás del odio a las renovables late otra cosa: el desprecio por cualquier proyecto colectivo de bienestar y sostenibilidad.
Habrá quien vea en estas decisiones un simple gesto electoralista. Se equivocan. Son, en realidad, los cimientos de un modelo económico fósil que Trump quiere blindar para las próximas décadas. Y que se basa, como su retórica, en la mentira sistemática.
Al final, la pregunta no es por qué Trump odia los molinos. La pregunta es: ¿cuántos años más podrá este sistema permitir que un megalómano atrincherado en el siglo pasado siga escribiendo las leyes del presente?
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