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Trump, Milei y Orbán son parte de una nueva ola de gobiernos que protegen los beneficios de las petroleras mientras condenan a millones de personas a morir asfixiadas, abrasadas o enfermas.
EL NEGOCIO DEL CALOR Y LA MUERTE
Más de 500.000 personas mueren cada año por el calor. Medio millón de cuerpos abrasados por una emergencia climática que ya no puede llamarse “crisis”, sino sistema. El informe Lancet Countdown 2025, elaborado por 128 expertos y expertas de 71 entidades académicas y agencias de la ONU, ha puesto cifras a lo que el capitalismo global intenta ocultar bajo un aire acondicionado: la inacción política y el negacionismo climático matan.
El documento confirma un aumento del 23% en las muertes relacionadas con el calor desde los años noventa. En España, el número se ha duplicado: 5.800 fallecimientos anuales, una estadística tan invisible como incómoda para un gobierno que sigue subvencionando los combustibles fósiles con 6.810 millones de dólares. El calor ya no es una sensación. Es un diagnóstico.
El 60% de las señales que relacionan clima y salud están en niveles récord. Los autores del informe lo explican sin rodeos: mientras la ciencia exige medidas urgentes, los gobiernos optan por proteger a quienes más contaminan. En 2024, los préstamos bancarios al sector fósil aumentaron un 29%, hasta los 611.000 millones de dólares, superando la financiación verde en un 15%. La banca se ha convertido en el sistema circulatorio del colapso.
Y no lo hacen solos. Shell, BP, ExxonMobil y Chevron ya han renunciado o retrasado sus compromisos climáticos, aprovechando el nuevo contexto político dominado por figuras como Donald Trump, Javier Milei y Viktor Orbán, que han institucionalizado el negacionismo como doctrina de Estado. El resultado: a marzo de 2025, las 100 principales petroleras planean producir un 189% más de lo que permite el objetivo de 1,5 ºC.
La fórmula es simple: si el planeta se calienta, los beneficios también.
LOS NUEVOS NEGACIONISTAS Y SU HERENCIA TÓXICA
El negacionismo climático actual ya no niega la ciencia: la ridiculiza, la censura o la ignora. Trump volvió a sacar a EE. UU. del Acuerdo de París, eliminó departamentos de salud ambiental y destruyó programas de investigación pública. Milei hizo lo mismo en Argentina, disolviendo el Ministerio de Ambiente y eliminando el presupuesto para control de incendios. Orbán en Hungría ha seguido el mismo camino, bloqueando directivas climáticas europeas y reduciendo los impuestos a las energéticas.
Como señala Marina Romanello, directora ejecutiva del Lancet Countdown, “tenemos los datos, pero las políticas van en sentido contrario a la evidencia”. No es casualidad: es ideología. Es la alianza entre los gobiernos del odio y las industrias del humo.
En 2024, la contaminación por incendios forestales provocó 154.000 muertes, mil de ellas en España. 2,5 millones de personas murieron por la quema de combustibles fósiles, 22.000 de ellas también aquí. Detrás de cada cifra hay pulmones enfermos, cosechas arruinadas, ciudades sin sombra.
Mientras tanto, los populismos reaccionarios venden “libertad” para justificar la impunidad de las petroleras. Libertad para contaminar. Libertad para destruir. Libertad para matar sin responsabilidad.
Y todo esto sucede mientras los gobiernos destinaron casi un billón de dólares en subsidios a las energías sucias en 2023, tras la invasión rusa de Ucrania. La guerra sirvió de excusa perfecta para mantener el petróleo fluyendo y las conciencias apagadas.
Pero el calor no negocia. El calor mata. Y lo hace especialmente entre quienes menos culpa tienen: las personas mayores, las trabajadoras agrícolas, las comunidades empobrecidas. Las mismas que nunca aparecen en los foros económicos donde se decide su destino.
LA ESPERANZA ESTÁ ABAJO, NO ARRIBA
Mientras los gobiernos ceden al chantaje fósil, son las comunidades locales y algunos ayuntamientos quienes actúan. “Están viendo los impactos con sus propios ojos y están dando un paso al frente”, afirma Romanello. Ciudades que apuestan por el transporte público gratuito, cooperativas energéticas, redes vecinales de climatización solidaria. El cambio climático no se combate en Davos, se combate en los barrios.
Hay un dato que ofrece un respiro: la electricidad renovable alcanzó el 12,1% de la generación global en 2022, una cifra récord. Gracias a ello, los fallecimientos por partículas finas descendieron un 5,8% entre 2010 y 2022, es decir, 160.000 vidas salvadas. No por milagro, sino por política pública.
Cada kilovatio limpio salva vidas. Cada subvención al carbón las destruye.
El informe Lancet Countdown 2025 no es solo una alerta científica. Es un acta de acusación. Y sus culpables tienen nombre, cargo y accionariado. Mientras Trump, Milei y Orbán promueven su cruzada negacionista, los bancos siguen financiando el desastre, las petroleras consolidan su dominio y los gobiernos europeos se felicitan por “avances” simbólicos.
Pero las cifras ya no son sostenibles ni políticamente ni moralmente.
El calor que hoy mata medio millón de personas al año no es un accidente climático. Es un asesinato planificado.
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