La tregua israelí en Líbano ya suma casi 3.500 bombardeos
Casi 3.500 bombardeos durante una tregua. Ese es el resumen. Israel llama alto el fuego a seguir destruyendo Líbano con otro nombre, mientras Washington convierte la paz en una cuestión de intensidad: no parar la guerra, solo hacerla más administrable. Cuando una tregua deja aldeas arrasadas, más de 1 millón de personas desplazadas y una quinta parte del país huyendo, no estamos ante un acuerdo frágil, sino ante una gran mentira.
¿La paz? ¿Qué paz? Irán, Israel y el negocio de fingir que se negocia
La escalada no abre una puerta a la paz: desnuda un tablero donde cada alto el fuego parece una pausa técnica para recolocar misiles, sanciones, petróleo y propaganda.
El acero vasco, las armas de Israel y una jueza que señala lo evidente
Cuando se investiga a activistas, el Estado no suele tener tantos escrúpulos. Cuando el foco se acerca a una gran empresa, al acero, al negocio militar y a Israel, aparece de pronto la delicadeza procesal. Sidenor exportó 42 partidas de acero no aleado a IMI Systems LTD, fabricante israelí de armamento, mientras Gaza estaba bajo investigación internacional por crímenes de lesa humanidad y genocidio. Una jueza ha dicho lo evidente: España no podía mirar hacia otro lado. Tenía que preservar pruebas. Porque el genocidio no se sostiene solo con bombas. También se sostiene con contratos, proveedores, silencios y juzgados que deciden no molestar demasiado.
Reportaje | ¿Todo empezó el 7 de octubre? La historia que quieren que olvides
Este reportaje recorre el origen histórico del conflicto mucho antes del 7 de octubre. Desde el mandato británico y la Declaración Balfour hasta la Nakba, el derecho al retorno y la construcción de un sistema político y legal que permitió expulsar a un pueblo de su tierra mientras se normalizaba el relato de que todo comenzó cuando Palestina respondió.
Netanyahu ya no disimula: Gaza se ocupa por porcentajes
Netanyahu ya no disimula. Gaza se está ocupando por porcentajes: primero el 52%, luego el 60%, ahora ordena avanzar hasta el 70% y, cuando el público le pide el 100%, responde con una broma: “vayamos en orden”.
Eso no es seguridad. Es desposesión administrada. Es convertir un alto el fuego en una coartada para encerrar a 2,1 millones de personas en cada vez menos territorio, mientras el mundo finge sorpresa ante una estrategia que lleva meses desplegándose delante de todos.
Cuando un Gobierno habla de ocupar Gaza por fases, ya no estamos ante una guerra: estamos ante un plan.
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Irlanda golpea al negocio colonial israelí midiendo cada euro
Irlanda acaba de hacer algo que buena parte de Europa lleva años evitando: tocar, aunque sea mínimamente, el negocio que rodea a los asentamientos israelíes en territorio palestino ocupado.
La futura ley, que podría aprobarse antes de mediados de julio, prohibirá la importación de productos procedentes de los asentamientos de Cisjordania. No hablamos de una sanción devastadora. Apenas afecta a mercancías valoradas en unos 200.000 euros anuales. Y sin embargo, la reacción ha sido inmediata: presión de Israel, advertencias de congresistas estadounidenses y campañas de los lobbies empresariales.
Porque el problema nunca ha sido el dinero. El problema es el precedente.
Mientras gran parte de la comunidad internacional considera ilegales los asentamientos según el derecho internacional, la Unión Europea sigue comerciando con normalidad. Condena sobre el papel. Negocio en la práctica. Irlanda ha decidido romper parcialmente esa comodidad.
Eso sí, con límites muy claros. El Gobierno irlandés ha renunciado a incluir los servicios en la prohibición tras las presiones empresariales. Otra vez aparece la misma frontera: los derechos humanos llegan hasta donde no empiezan los beneficios de las multinacionales.
La ministra de Exteriores irlandesa ha señalado directamente el aumento de la violencia de colonos en Cisjordania y la actuación del Gobierno israelí como razones para impulsar la medida. Una acusación poco habitual en una Europa que suele refugiarse en declaraciones ambiguas mientras la ocupación avanza sobre el terreno.
Lo más revelador es que una ley con un impacto económico tan reducido haya provocado semejante ofensiva política. Quizá porque deja al descubierto una realidad incómoda: durante décadas se ha permitido que los asentamientos funcionen como si fueran una actividad económica más, cuando son una pieza central de una ocupación que la mayoría del mundo considera ilegal.
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Trump quiere vender la colonización como “paz” con los polémicos Acuerdos de Abraham
Trump quiere vender como “paz” lo que en realidad es una normalización forzada de la ocupación. Y esta vez ya no cuela tan fácil.
Mientras Gaza sigue siendo arrasada y miles de personas continúan muriendo bajo las bombas, la Casa Blanca presiona a países árabes y musulmanes para que firmen los Acuerdos de Abraham y legitimen el proyecto regional de Israel. Arabia Saudí, Qatar, Egipto, Turquía, Pakistán… todos dentro del paquete diplomático de Trump. Todo mezclado con las negociaciones con Irán. Como si el genocidio fuese solo un detalle incómodo.
La cuestión palestina desaparece del discurso. Otra vez. Se habla de negocios, seguridad y estabilidad. Nunca de derechos. Nunca de ocupación. Nunca de limpieza étnica.
Y aun así lo intentan. Porque necesitan vender una victoria política aunque el suelo siga cubierto de cadáveres.# Trump quiere vender la colonización como “paz” mientras Gaza sigue ardiendo
### La Casa Blanca intenta resucitar los Acuerdos de Abraham como trofeo diplomático, aunque el genocidio en Gaza ha hecho saltar por los aires cualquier ficción de normalidad en Oriente Medio.
Donald Trump vuelve a hacer lo que mejor sabe hacer: envolver intereses geopolíticos y alianzas militares en palabras bonitas. “Paz”. “Acuerdos históricos”. “Normalización”. Su nueva obsesión pasa por relanzar los Acuerdos de Abraham, aquellos pactos impulsados en septiembre de 2020 para que varios países árabes reconocieran oficialmente al Estado de Israel. Pero el contexto ya no es el mismo. Ni mucho menos.
Mientras Gaza acumula decenas de miles de muertos, ciudades enteras reducidas a escombros y una hambruna provocada deliberadamente, Trump intenta vender otra vez la misma operación política: consolidar la integración regional de Israel sin resolver la ocupación de Palestina. O dicho de forma más clara, convertir la colonización en un hecho irreversible y obligar al mundo árabe a aceptarlo.
El presidente estadounidense ha ido incluso más lejos esta semana. En una reunión de su gabinete celebrada el 26 de mayo, vinculó abiertamente un posible acuerdo con Irán al hecho de que varios países musulmanes firmen los Acuerdos de Abraham. Arabia Saudí, Qatar, Pakistán, Turquía, Egipto y Jordania están en la lista. “Creo que esos países nos lo deben”, afirmó Trump, según CNN. Una frase que resume bastante bien la lógica imperial que atraviesa toda esta estrategia.
## LOS ACUERDOS DE ABRAHAM NUNCA FUERON SOBRE LA PAZ
Los Acuerdos de Abraham siempre se presentaron como un supuesto avance histórico para estabilizar Oriente Medio. La realidad era bastante menos romántica. Se trataba de acuerdos bilaterales para normalizar relaciones diplomáticas, económicas y militares entre Israel y varios países árabes, dejando fuera la raíz del conflicto: la ocupación, la limpieza étnica y el sistema de apartheid impuesto al pueblo palestino desde 1948.
Ese detalle. El fundamental. Desaparecía del relato oficial.
En septiembre de 2020, Emiratos Árabes Unidos y Bahréin firmaron los acuerdos en una ceremonia cuidadosamente diseñada en la Casa Blanca. Después llegaron Marruecos y Sudán, aunque este último nunca formalizó plenamente el proceso debido a la guerra interna iniciada en 2023. Washington vendió aquellos pactos como una nueva era de convivencia regional. En realidad, suponían romper el consenso histórico de la Liga Árabe, que durante décadas había condicionado el reconocimiento de Israel a la creación de un Estado palestino.
Jared Kushner, yerno de Trump y arquitecto político de los acuerdos, diseñó una estrategia muy concreta: integrar económicamente a Israel en la región, fortalecer alianzas militares contra Irán y convertir la cuestión palestina en un asunto secundario. Una molestia. Algo a gestionar mediáticamente mientras el negocio seguía adelante.
Y funcionó. Especialmente con Emiratos Árabes Unidos. Abu Dabi amplió relaciones comerciales, abrió las puertas al turismo israelí y profundizó la cooperación militar incluso durante las fases más brutales del genocidio en Gaza. Ni siquiera las imágenes de hospitales bombardeados o niños muriendo de hambre alteraron sustancialmente esa relación.
Porque los Acuerdos de Abraham nunca exigieron justicia. Solo obediencia geopolítica.
## GAZA HA DESTROZADO LA FICCIÓN DIPLOMÁTICA DE WASHINGTON
Trump sueña ahora con una “versión ampliada” de aquellos acuerdos. Lo hace después de no haber conseguido grandes resultados políticos ni en Gaza ni en la ofensiva contra Irán iniciada por EEUU e Israel el pasado 28 de febrero. Necesita una victoria. Aunque sea propagandística.
La analista Lucy Kurtzer-Ellenbogen, del Middle East Institute, lo resumía estos días con bastante claridad: Trump sigue considerando los Acuerdos de Abraham “el principal logro de política exterior” de su primer mandato. Y ampliar esa red de reconocimientos le permitiría volver a presentarse como gran negociador internacional. Aunque el precio sea consolidar la impunidad israelí.
El problema para Washington es que la realidad regional ya no encaja con el relato de 2020.
Arabia Saudí sigue siendo la gran pieza que EEUU quiere capturar. No solo por petróleo o influencia estratégica. También por el peso simbólico que tiene custodiar La Meca y Medina. Durante años, tanto Trump como Joe Biden intentaron convencer a Riad para normalizar relaciones con Israel. Estuvieron cerca antes del 7 de octubre de 2023. Después llegó Gaza. Y todo cambió.
Hoy, aceptar públicamente esos acuerdos tendría un coste político enorme para cualquier gobierno árabe. Las imágenes del genocidio han generado una indignación masiva en sociedades donde la causa palestina sigue siendo profundamente popular. Incluso Egipto y Jordania, que ya tienen tratados de paz con Israel desde 1979 y 1994 respectivamente, saben que adherirse formalmente a los Acuerdos de Abraham sería explosivo a nivel interno.
Pakistán ha sido el único país que ha respondido de manera frontal. Su ministro de Defensa, Khawaja Asif, rechazó públicamente cualquier posibilidad de sumarse a la iniciativa, afirmando que contradice los “principios fundamentales” del país. Fuentes pakistaníes citadas por Reuters fueron todavía más claras: las negociaciones con Irán y los Acuerdos de Abraham “no están interrelacionados ni pueden estarlo”.
Ahí está el fondo del asunto. Trump intenta utilizar la guerra y las negociaciones nucleares como herramienta para redibujar políticamente Oriente Medio a favor de Israel. No habla de derechos humanos. No habla de ocupación. No habla de las decenas de miles de personas asesinadas en Gaza.
Habla de negocios. De alianzas. De vender estabilidad mientras se normaliza la barbarie.
El activista israelí Jeff Halper lo definía hace meses de una forma brutalmente precisa: “La única forma de completar con éxito un proyecto colonial es conseguir normalizarlo”. Eso son los Acuerdos de Abraham. La fase final de una colonización presentada como diplomacia moderna.
Y quizá por eso ahora cuesta tanto venderla. Porque Gaza ha hecho algo que Washington y Tel Aviv llevaban años intentando evitar: arrancar la máscara.
Europa abre la puerta al negocio del genocidio mientras acelera su rearme
Europa habla de derechos humanos mientras financia empresas vinculadas al negocio de la guerra en Palestina.
Sí. Con dinero público europeo. Con programas de innovación. Con contratos militares. Con filiales opacas y empresas de vigilancia que llevan años siendo denunciadas por organizaciones internacionales.
El nuevo informe sobre la expansión de compañías israelíes en la UE deja una pregunta incómoda: ¿cuánto del rearme europeo termina alimentando tecnologías probadas sobre población civil palestina?
No es teoría. Son nombres, cifras, fondos europeos y estructuras creadas para esquivar controles. Y mientras Gaza sigue siendo arrasada, Europa sigue haciendo negocios.
Loiu no se tapa con ETA: el Gobierno vasco intenta convertir los porrazos a la Flotilla en un problema de orden público
La Ertzaintza cargó contra quienes recibían a activistas de la Flotilla. El Gobierno vasco pidió perdón, sí. Pero después hizo lo de siempre: hablar de “orden público”, señalar a la “extrema izquierda” y sacar ETA del cajón para embarrar el debate.
Porque cuando el poder no puede borrar las imágenes, intenta cambiar el marco.
Hubo 4 detenidos, 7 agentes de baja según el consejero y una explicación oficial que huele demasiado a coartada. Lo que vimos fue otra cosa: porrazos contra la solidaridad con Palestina. Y eso no se maquilla con tecnicismos.
¿Molesta más una protesta que un genocidio?
Ben Gvir o la obscenidad convertida en ministerio
El hombre que humilla activistas maniatados, reparte rifles y celebra sogas representa hoy el rostro más brutal del Gobierno de Netanyahu.
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Luciana Gatti entra en política porque el Congreso brasileño está legislando la catástrofe
Luciana Gatti lleva más de 30 años estudiando la Amazonia y los gases que aceleran el calentamiento global. Es investigadora principal del Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales de Brasil, el INPE, y coordina su Laboratorio de Gases de Efecto Invernadero. No es una tertuliana reciclada, una celebridad buscando foco ni una profesional de la política fabricada en un despacho. Es una científica que ha dedicado décadas a medir cómo uno de los mayores reguladores climáticos del planeta está dejando de funcionar.
Ahora ha decidido presentarse al Congreso.
Gatti anunció el 13 de julio su precandidatura a diputada federal por São Paulo dentro del Partido Socialismo y Libertad, el PSOL. Las candidaturas deberán registrarse oficialmente antes del 15 de agosto y la primera vuelta de las elecciones brasileñas se celebrará el 4 de octubre. Su objetivo es llevar la ciencia al lugar donde se aprueban las leyes que están acelerando el desastre. Porque publicar investigaciones sirve de poco cuando quienes legislan las ignoran, las niegan o directamente trabajan para las empresas responsables.
Ecuador abandona la Amazonia al oro ilegal y deja solos a quienes la protegen
La Amazonia ecuatoriana está siendo devorada por la minería ilegal mientras el Estado llega tarde, responde a medias o directamente mira hacia otro lado. Retroexcavadoras, dragas, campamentos clandestinos y grupos armados avanzan sobre territorios indígenas y áreas protegidas. Frente a ellos, 598 guardaparques abandonados a su suerte, sin capacidad legal para incautar maquinaria y sin medios para enfrentarse a organizaciones que llevan fusiles.
En el Parque Nacional Sumaco Napo-Galeras, varios trabajadores fueron interceptados durante una inspección por hombres fuertemente armados que afirmaron proporcionar seguridad a los mineros. Les quitaron los teléfonos, el GPS y la cámara. Quienes debían representar la autoridad ambiental terminaron desarmados, retenidos y obligados a explicar qué hacían dentro del espacio que estaban protegiendo. Los delincuentes pedían cuentas a los guardaparques y no al revés.
Ayuso convierte la cultura madrileña en un photocall pagado con dinero público
La política cultural de Isabel Díaz Ayuso tiene una regla bastante sencilla: para las creadoras y creadores corrientes existen formularios, convocatorias, límites presupuestarios y meses de espera; para las celebridades dispuestas a promocionar Madrid y posar junto al poder aparecen patrocinios millonarios, espacios públicos y contratos diseñados específicamente para ellas.
No es mecenazgo. Tampoco es una defensa desinteresada de la cultura. Es dinero público utilizado para comprar prestigio, propaganda turística y fotografías institucionales. La obra artística queda reducida a soporte publicitario y las administraciones se comportan como una agencia de representación financiada por las y los contribuyentes.
Nacho Cano fue durante años el mejor ejemplo de este modelo. Ahora Woody Allen recoge el testigo con un proyecto que recibirá 3 millones de euros de la Comunidad y del Ayuntamiento de Madrid. Dos nombres famosos, dos operaciones presentadas como apoyo cultural y una misma lógica: socializar el coste para que el beneficio político y empresarial quede en pocas manos.
15.000 personas ya han visto cómo la fe se convierte en poder
El último ReportajeSR analiza cómo determinados sectores del evangelismo conservador dejaron de limitarse a los templos para convertirse en una maquinaria política al servicio de la extrema derecha. De Trump a Bolsonaro, de Milei a Vox: redes comunitarias, guerras culturales, dinero, medios y religión convertidos en infraestructura electoral.
Presentado por Léa Gugelmann, el reportaje ya ha superado las 15.000 visualizaciones desde su estreno. Porque para entender el auge de la extrema derecha no basta con mirar a sus candidatos: también hay que observar quién construye sus discursos, moviliza sus bases y presenta el autoritarismo como una misión divina.
Vídeo | Sadismo en primera persona
Un turista graba el encierro de San Fermín como si estuviera en una atracción. Adrenalina, golpes, risas y animales convertidos en decorado para conseguir un vídeo viral. No está viviendo una tradición: está consumiendo sufrimiento como entretenimiento.
Además, corre con una cámara cuando está prohibido hacerlo, poniendo en peligro a quienes tiene alrededor. La turistificación añade otra capa de irresponsabilidad a una barbaridad ya normalizada: venir, beber, molestar, jugar con la vida ajena y marcharse con unos cuantos clics. El sadismo también se graba en primera persona.
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