Este medio se sostiene gracias a su comunidad. APOYA EL PERIODISMO INDEPENDIENTE .
La ley contra los productos de los asentamientos ilegales en Cisjordania llegará antes de mediados de julio, limitada a bienes y bajo la presión de Israel, Estados Unidos y los lobbies empresariales.
UNA LEY PEQUEÑA CONTRA UNA OCUPACIÓN GIGANTE
Irlanda quiere aprobar antes de mediados de julio una ley para restringir el comercio de bienes procedentes de los asentamientos israelíes en la Cisjordania ocupada. Lo anunció el 26 de mayo la ministra de Exteriores, Helen McEntee, en una decisión que coloca otra vez a Dublín entre los gobiernos europeos más críticos con la guerra de Israel contra Gaza y con la expansión colonial en territorio palestino.
La medida no cae del cielo. El Gobierno irlandés prometió sancionar los asentamientos israelíes en octubre de 2024, pero el texto quedó atrapado entre dos presiones. Por un lado, la oposición que exigía ampliar la prohibición también al comercio de servicios. Por otro, los grupos empresariales internacionales que querían directamente enterrar la ley. Ahí está siempre la misma escena: cuando se habla de derechos humanos, todo el mundo asiente; cuando se toca una factura, aparecen los abogados, las patronales y los comunicados alarmistas.
Finalmente, el proyecto quedará limitado a bienes. El primer ministro Micheál Martin confirmó la semana pasada que extenderlo a servicios no era “implementable” ni “viable”. Traducido: el capital multinacional ha vuelto a marcar el borde de lo posible. La justicia llega hasta donde no molesta demasiado al negocio.
El impacto económico será mínimo. Según la Oficina Central de Estadísticas de Irlanda, la prohibición afectaría apenas a un puñado de productos importados desde territorios ocupados por Israel, como fruta, por valor de unos 200.000 euros al año, unos 234.660 dólares. Una cifra ridícula frente al tamaño del crimen político que pretende señalar. Pero precisamente por eso resulta tan reveladora la reacción. Israel se opone. Legisladores y legisladoras de Estados Unidos presionan. Los grupos empresariales se movilizan. No porque el golpe económico sea enorme, sino porque el gesto político abre una grieta.
Y las grietas dan miedo.
McEntee fue clara al justificar la medida. Dijo que Irlanda ha defendido una solución pacífica, pero que las últimas acciones del Gobierno israelí, el aumento de la violencia de colonos en Cisjordania y la continuidad de la violencia en Líbano demuestran que Israel no tiene voluntad de tomar ese camino. La frase importa. No habla de excesos aislados. Habla de una dirección política. De un Estado que avanza mientras negocia. Que ocupa mientras dice defenderse. Que castiga mientras exige comprensión.
EUROPA SABE LO QUE PASA, PERO SIGUE MIRANDO LA CUENTA DE RESULTADOS
La mayor parte de la comunidad internacional considera ilegales los asentamientos israelíes en Cisjordania según el derecho internacional. Israel lo niega, invocando vínculos históricos y bíblicos con la tierra y argumentos de seguridad. Es el viejo truco colonial: convertir la ocupación en destino, el despojo en relato y la violencia en necesidad estratégica.
La coalición ultraderechista que gobierna Israel ha facilitado una rápida expansión de los asentamientos. Algunos de sus ministros defienden abiertamente la anexión de Cisjordania. No es una sospecha. No es una interpretación retorcida. Es un programa político. Desde el inicio de la guerra en Gaza, en octubre de 2023, la violencia de colonos contra la población palestina en Cisjordania se ha disparado. Se multiplican los ataques, las expulsiones, el terror cotidiano. El objetivo es simple: hacer la vida imposible hasta que irse parezca la única forma de sobrevivir.
Irlanda espera aprobar la ley junto a Bélgica, Países Bajos y quizá Eslovenia, países que también se han comprometido a introducir prohibiciones. España ya ha aprobado restricciones similares y, según Reuters, es el único Estado miembro de la Unión Europea que lo ha hecho hasta ahora. Esa soledad dice bastante. Europa condena mucho mejor de lo que actúa.
La presión de Estados Unidos pesa especialmente sobre Irlanda. Un grupo de legisladores y legisladoras estadounidenses escribió el año pasado a Micheál Martin advirtiendo de que aprobar esta ley dañaría las relaciones entre ambos países y afectaría a empresas norteamericanas instaladas en Irlanda. No era una preocupación diplomática. Era un aviso económico con membrete político.
Irlanda es vulnerable a esa presión porque las multinacionales, principalmente estadounidenses, tienen un peso enorme en su economía y emplean aproximadamente al 11% de las trabajadoras y trabajadores del país. Ahí está el chantaje moderno, limpio, corporativo. No hace falta mandar tanques. Basta con recordar quién paga nóminas, quién mueve inversión, quién puede convertir una decisión ética en un problema de empleo.
Por eso esta ley es importante y limitada al mismo tiempo. Importante porque rompe la normalidad comercial con territorios ocupados. Limitada porque deja fuera los servicios, donde el poder empresarial se puso nervioso de verdad. Importante porque señala que no puede haber comercio inocente con un sistema de colonización. Limitada porque lo hace con el freno de mano puesto.
El problema de fondo no son los 200.000 euros en fruta. El problema es aceptar que la economía pueda seguir funcionando como si los asentamientos fueran simples direcciones postales y no piezas de una arquitectura de ocupación. El problema es permitir que las empresas hagan caja en territorios arrebatados mientras las cancillerías redactan comunicados de preocupación.
Irlanda da un paso. Pequeño, tardío, insuficiente, pero real. Y por eso molesta tanto. Porque en un continente acostumbrado a confundir prudencia con cobardía, incluso una sanción mínima puede sonar como una blasfemia contra el verdadero dios de la Unión Europea: el mercado.
Cuando hasta una prohibición de 200.000 euros provoca amenazas, queda claro que el problema nunca fue el comercio, sino quién tiene derecho a tocar los beneficios de la ocupación.
Este periodismo no lo financian bancos ni partidos
Lo sostienen personas como tú. En un contexto de ruido, propaganda y desinformación, hacer periodismo crítico, independiente y sin miedo tiene un coste.
Si este artículo te ha servido, te ha informado o te ha hecho pensar, puedes ayudarnos a seguir publicando.
Cada aportación cuenta. Sin intermediarios. Sin líneas rojas impuestas. Solo periodismo sostenido por su comunidad.
Related posts
SÍGUENOS
Luciana Gatti entra en política porque el Congreso brasileño está legislando la catástrofe
Luciana Gatti lleva más de 30 años estudiando la Amazonia y los gases que aceleran el calentamiento global. Es investigadora principal del Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales de Brasil, el INPE, y coordina su Laboratorio de Gases de Efecto Invernadero. No es una tertuliana reciclada, una celebridad buscando foco ni una profesional de la política fabricada en un despacho. Es una científica que ha dedicado décadas a medir cómo uno de los mayores reguladores climáticos del planeta está dejando de funcionar.
Ahora ha decidido presentarse al Congreso.
Gatti anunció el 13 de julio su precandidatura a diputada federal por São Paulo dentro del Partido Socialismo y Libertad, el PSOL. Las candidaturas deberán registrarse oficialmente antes del 15 de agosto y la primera vuelta de las elecciones brasileñas se celebrará el 4 de octubre. Su objetivo es llevar la ciencia al lugar donde se aprueban las leyes que están acelerando el desastre. Porque publicar investigaciones sirve de poco cuando quienes legislan las ignoran, las niegan o directamente trabajan para las empresas responsables.
Ecuador abandona la Amazonia al oro ilegal y deja solos a quienes la protegen
La Amazonia ecuatoriana está siendo devorada por la minería ilegal mientras el Estado llega tarde, responde a medias o directamente mira hacia otro lado. Retroexcavadoras, dragas, campamentos clandestinos y grupos armados avanzan sobre territorios indígenas y áreas protegidas. Frente a ellos, 598 guardaparques abandonados a su suerte, sin capacidad legal para incautar maquinaria y sin medios para enfrentarse a organizaciones que llevan fusiles.
En el Parque Nacional Sumaco Napo-Galeras, varios trabajadores fueron interceptados durante una inspección por hombres fuertemente armados que afirmaron proporcionar seguridad a los mineros. Les quitaron los teléfonos, el GPS y la cámara. Quienes debían representar la autoridad ambiental terminaron desarmados, retenidos y obligados a explicar qué hacían dentro del espacio que estaban protegiendo. Los delincuentes pedían cuentas a los guardaparques y no al revés.
Ayuso convierte la cultura madrileña en un photocall pagado con dinero público
La política cultural de Isabel Díaz Ayuso tiene una regla bastante sencilla: para las creadoras y creadores corrientes existen formularios, convocatorias, límites presupuestarios y meses de espera; para las celebridades dispuestas a promocionar Madrid y posar junto al poder aparecen patrocinios millonarios, espacios públicos y contratos diseñados específicamente para ellas.
No es mecenazgo. Tampoco es una defensa desinteresada de la cultura. Es dinero público utilizado para comprar prestigio, propaganda turística y fotografías institucionales. La obra artística queda reducida a soporte publicitario y las administraciones se comportan como una agencia de representación financiada por las y los contribuyentes.
Nacho Cano fue durante años el mejor ejemplo de este modelo. Ahora Woody Allen recoge el testigo con un proyecto que recibirá 3 millones de euros de la Comunidad y del Ayuntamiento de Madrid. Dos nombres famosos, dos operaciones presentadas como apoyo cultural y una misma lógica: socializar el coste para que el beneficio político y empresarial quede en pocas manos.
15.000 personas ya han visto cómo la fe se convierte en poder
El último ReportajeSR analiza cómo determinados sectores del evangelismo conservador dejaron de limitarse a los templos para convertirse en una maquinaria política al servicio de la extrema derecha. De Trump a Bolsonaro, de Milei a Vox: redes comunitarias, guerras culturales, dinero, medios y religión convertidos en infraestructura electoral.
Presentado por Léa Gugelmann, el reportaje ya ha superado las 15.000 visualizaciones desde su estreno. Porque para entender el auge de la extrema derecha no basta con mirar a sus candidatos: también hay que observar quién construye sus discursos, moviliza sus bases y presenta el autoritarismo como una misión divina.
Vídeo | Sadismo en primera persona
Un turista graba el encierro de San Fermín como si estuviera en una atracción. Adrenalina, golpes, risas y animales convertidos en decorado para conseguir un vídeo viral. No está viviendo una tradición: está consumiendo sufrimiento como entretenimiento.
Además, corre con una cámara cuando está prohibido hacerlo, poniendo en peligro a quienes tiene alrededor. La turistificación añade otra capa de irresponsabilidad a una barbaridad ya normalizada: venir, beber, molestar, jugar con la vida ajena y marcharse con unos cuantos clics. El sadismo también se graba en primera persona.
Seguir
Seguir
Seguir
Subscribe
Seguir