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La escalada no abre una puerta a la paz: desnuda un tablero donde cada alto el fuego parece una pausa técnica para recolocar misiles, sanciones, petróleo y propaganda.
LA PAZ COMO DECORADO DE GUERRA
Irán e Israel han anunciado un cese de los ataques. Dicho así, suena casi tranquilizador. Como si bastara una frase diplomática para tapar meses de fuego, cálculo militar y desprecio por la vida de los pueblos. Pero la realidad es bastante más sucia: el regreso de Irán a los enfrentamientos militares a gran escala con Israel ha agravado una guerra que empezó en febrero, ha convertido por primera vez los ataques israelíes contra Hizbulá en un casus belli directo para Teherán y ha vuelto a meter a los hutíes de Yemen en el tablero. La paz, si se le puede llamar así, llega con la puerta abierta a más combates. Paz de cartón. Paz para titulares.
La imagen de Donald Trump pidiendo en redes sociales que Irán e Israel dejen de dispararse no proyecta autoridad. Proyecta otra cosa: desconcierto. El presidente estadounidense, empeñado en venderse como domador del caos, aparece otra vez como lo que es, un gestor de incendios que no controla ni las brasas. Cuando Washington tiene que suplicar públicamente que sus aliados y enemigos bajen el dedo del gatillo, el imperio no está ordenando el mundo: está intentando que no se le caiga encima.
Teherán también juega su partida. Hay sectores que quieren convertir este momento en un punto de no retorno, alimentados por la sensación de éxito militar y por el control del estrecho de Ormuz. Una minoría desea romper las negociaciones de alto el fuego con EEUU, justo lo que lleva semanas presionando. Pero no todo Irán va en esa dirección. Otras voces, más frías, creen que puede aprovechar las tensiones entre Israel y EEUU para acelerar un acuerdo con un Trump desesperado por salir de una guerra que ya muestra la impotencia diplomática y militar estadounidense.
Ahí está la contradicción. Irán anuncia que dejará sus operaciones si no hay nuevos ataques israelíes, y ese matiz lo dice casi todo. Los partidarios de la guerra total no son mayoría, pero tampoco son fantasmas. Hesamodin Ashna, asesor del expresidente Hassan Rouhani, lo ha planteado con crudeza: la cohesión social y la confianza dentro de Irán siguen siendo frágiles. No es un detalle menor. La devolución de activos congelados y el levantamiento gradual de sanciones estadounidenses aparecen como condiciones imprescindibles para rescatar una economía al borde del colapso. Las protestas de enero no brotaron del aire. Brotan de la miseria, de los precios, de la asfixia. Y las sanciones, como siempre, no castigan a los generales. Castigan a la gente.
Esmail Bagaei, portavoz del Ministerio de Exteriores iraní, tuvo que caminar por una cuerda muy fina en Teherán. Por un lado, puso en duda que Netanyahu hubiera orquestado los ataques desafiando a Trump. Por otro, sugirió que Israel podría estar intentando sabotear las negociaciones con EEUU por miedo a un acuerdo que debilitara su posición. Y fue rotundo al acusar a Washington de estar implicado: “Nadie en nuestra región cree que el régimen sionista llevaría a cabo una acción sin la coordinación y cooperación previas de Estados Unidos”. La frase tiene veneno político, pero también una lógica histórica: Israel actúa con una impunidad que no cae del cielo. Tiene padrinos. Tiene armas. Tiene cobertura.
ORMUZ, EL MAR ROJO Y LA ECONOMÍA DEL CHANTAJE
El centro de la negociación no está solo en los comunicados, sino en los mapas. Irán mantiene exigencias constantes: un alto el fuego en Líbano que incluya la retirada de las fuerzas israelíes, el desbloqueo de la mitad de sus activos congelados, unos 12.000 millones de dólares, algún tipo de control sobre el estrecho de Ormuz y conversaciones posteriores para garantizar a EEUU que no busca un arma nuclear, incluida la dilución de sus reservas de uranio altamente enriquecido. Trump, según el relato de la negociación, habría estado cerca de aceptar esas condiciones. Ahora busca cómo envolverlas para que no parezcan una derrota ante su opinión pública. La política exterior convertida en maquillaje.
El problema para Occidente es evidente: la batalla de los bloqueos en el estrecho de Ormuz se inclina hacia Irán. Ormuz mueve alrededor del 20% del comercio marítimo mundial vinculado a esa ruta energética. Si las reservas globales de petróleo se agotan poco a poco, la sacudida puede golpear desde Japón hasta Brasil. El régimen iraní puede soportar una economía militarizada y castigada durante más tiempo del que las democracias occidentales soportan una subida sostenida del precio del petróleo. El capitalismo global habla de estabilidad, pero tiembla cuando se le toca la arteria del crudo.
La entrada de los hutíes complica todavía más el tablero. El movimiento de Yemen había bloqueado desde noviembre de 2023 buques con destino a puertos israelíes en el mar Rojo, lo que contribuyó a la quiebra del puerto israelí de Eilat. En 2024, el número de barcos que atravesaban el canal de Suez cayó a menos de la mitad, con una pérdida masiva de ingresos para Egipto. Ahora los hutíes vuelven a aparecer. Y la pregunta no es menor: si amplían el bloqueo más allá del transporte israelí, el golpe ya no será simbólico. Será global.
El estrecho de Bab al-Mandab, que conecta el mar Rojo con el golfo de Adén, ha funcionado como una válvula de escape para los exportadores de petróleo. Arabia Saudí aumentó el flujo por su oleoducto este-oeste tras el cierre de Ormuz, desviando millones de barriles diarios hacia el mar Rojo. Los hutíes no han dicho que vayan a bloquear ese flujo. Todavía. Pero la sola posibilidad basta para poner nerviosos a gobiernos, navieras y mercados. La ruta del mar Rojo representa el 15% del comercio marítimo mundial. Ormuz, alrededor del 20%. Cerrar ambas vías a la vez sería dinamitar la circulación económica global y empujar todavía más tráfico hacia el cabo de Buena Esperanza, rodeando Sudáfrica.
Y aquí aparece la obscenidad de fondo. Mientras se habla de “negociaciones de paz”, lo que realmente se negocia es quién controla los estrechos, quién desbloquea activos, quién vende energía, quién sostiene a sus aliados armados y quién paga el precio. Las poblaciones civiles quedan al final de la página. Siempre al final. Las y los trabajadores iraníes, las familias libanesas, la población yemení, las comunidades palestinas, las personas atrapadas bajo los bombardeos o bajo las sanciones, todas convertidas en notas al pie de un informe estratégico.
Hassan Ahmadian lo resumió desde la lógica de la confrontación: “La era de la paciencia estratégica ha terminado y no hay vuelta atrás”. Esa frase debería helar la sangre. No porque Irán sea una víctima inocente ni porque sus aliados representen una alternativa emancipadora sin sombras, sino porque anuncia una región donde cada actor cree que retroceder es morir. Israel practica la huida hacia adelante. EEUU intenta salvar su autoridad. Irán muestra las garras. Los hutíes calculan. Netanyahu sabotea cualquier salida que limite su poder. Trump improvisa como si el mundo fuera un plató.
Lo llaman paz porque decir reparto armado del mundo queda feo en portada.
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