De la Espriella y la nueva pinza ultra sobre América Latina
Abelardo de la Espriella todavía no ha tomado posesión y ya se mueve como lo que es: una pieza más de una red reaccionaria que ha entendido perfectamente el momento. Su investidura será el 7 de agosto, pero el alineamiento empezó antes. El 21 de junio, tras ganar la segunda vuelta en Colombia, el abogado ultraderechista empezó a recibir felicitaciones, llamadas, guiños y bendiciones políticas de una constelación que no se improvisa. Trump al fondo. Vox al lado. Ayuso sonriendo desde Madrid. Noboa en Ecuador. Mulino en Panamá. Fujimori en Perú. Y Lula como excepción incómoda en Brasil.
No es diplomacia. Es bloque.
La operación tiene una estética conocida: seguridad, libertad, democracia, desarrollo. Palabras grandes para tapar una política pequeña: más frontera, más policía, más mercado, más subordinación a Washington. La ultraderecha ha aprendido a hablar como si defendiera pueblos mientras prepara gobiernos para las élites. Le llaman recuperar credibilidad internacional. Quieren decir volver al redil. Le llaman aliados firmes. Quieren decir socios ideológicos. Le llaman lucha contra el narcotráfico. Quieren decir militarización con permiso de Estados Unidos.
València, Desokupa y pisos turísticos: la ciudad convertida en una máquina de expulsar gente
El caso parece una anécdota grotesca, casi una caricatura de la València especulativa. Pero no lo es. Es una radiografía. Una propietaria extranjera de un piso en Benicalap, situada en Estados Unidos. Una pareja de Letonia y Estados Unidos que ocupaba la vivienda en régimen de alquiler. Una inspección de la Policía Local. Dos trabajadores de Desokupa dentro del inmueble. Un anuncio en Booking. Una multa de 10.000 euros. Y, al fondo, la misma pregunta de siempre: quién manda realmente en la ciudad cuando la vivienda deja de ser un derecho y se convierte en caja registradora.
Según publicó elDiario.es, la Policía Local inspeccionó a finales de febrero un piso turístico en Benicalap y levantó acta por funcionar sin licencia. El inmueble figuraba en el registro autonómico desde 2018, pero carecía de título habilitante y de informe de compatibilidad urbanística. En mayo, el Ayuntamiento cerró el trámite y notificó a la propietaria una sanción de 10.000 euros por falta grave.
Hasta ahí, nada nuevo en una ciudad donde el turismo ilegal ya no entra por la ventana, entra por la puerta grande. Lo escandaloso llega después. La propietaria recurrió la sanción alegando que no controlaba la vivienda, que la pareja inquilina la realquilaba irregularmente desde el inicio, que el contrato era de solo 11 meses y que desde 2024 intentaba recuperar el piso sin éxito. Es decir, una cadena de irregularidades sobre otra cadena de irregularidades. El capitalismo inmobiliario no es un desorden: es un sistema que vive del desorden.
Gigafactorías de IA: el nuevo pelotazo digital que amenaza con convertir territorios enteros en zonas de sacrificio
Europa quiere tener su propia inteligencia artificial. Esa es la frase bonita. La vendible. La que cabe en una rueda de prensa, en un plan estratégico y en un titular amable sobre soberanía tecnológica. Bruselas no quiere depender de Estados Unidos ni de China para entrenar modelos de IA, desplegar sistemas avanzados y sostener su propia infraestructura digital. Hasta ahí, cualquiera entiende el problema.
Pero luego viene la letra pequeña. Y la letra pequeña pesa toneladas.
La Unión Europea ha puesto sobre la mesa 20.000 millones de euros para levantar entre tres y cinco grandes “gigafactorías de IA”. España quiere una. El Gobierno ha decidido correr antes incluso de que Bruselas publique el concurso oficial y ya ha aprobado más de 1.000 millones de euros para apuntalar la candidatura: 719 millones para la sociedad público-privada que gestionaría la infraestructura y otros 300 millones como aportación voluntaria a EuroHPC, el organismo europeo que coordina las inversiones en supercomputación.
Cepeda reconoce la victoria de De la Espriella: Colombia entra en cuatro años de oscuridad
Cepeda aceptó el resultado “como un acto de responsabilidad democrática” y para contribuir a “la convivencia, a la paz y al diálogo”. Ahí hay una diferencia esencial. La izquierda, incluso derrotada por menos de un punto, elige sostener el suelo democrático. La ultraderecha, cuando pierde, suele acusar fraude, señalar enemigos internos, inventar conspiraciones y convertir la derrota en gasolina para el odio. Lo hemos visto demasiadas veces. En Estados Unidos, en Brasil, en Europa, en todas partes donde el trumpismo ha dejado su peste política.
Aceptar una derrota no significa bendecir el proyecto ganador. No significa silencio. No significa resignación. Significa reconocer una cifra y prepararse para defender todo lo que esa cifra amenaza. Porque De la Espriella no llega solo. Llega con una cultura política detrás, con una red internacional detrás y con un programa de restauración autoritaria que no necesita esconder demasiado sus intenciones.
Venezuela tiembla: dos terremotos, edificios caídos y un país obligado a sobrevivir otra vez
Venezuela sufrió este 24 de junio dos golpes sísmicos consecutivos que han sacudido no solo la costa central del país, sino también la idea miserable de que las tragedias naturales llegan a territorios neutros. No llegan a territorios neutros. Llegan a ciudades con edificios envejecidos, servicios públicos castigados, familias empobrecidas, hospitales al límite y barrios donde la vida cotidiana ya era una prueba de resistencia antes de que el suelo empezara a moverse.
El primer terremoto fue registrado por el Servicio Geológico de Estados Unidos a las 18:04, con una magnitud de 7,2, cerca de San Felipe, en el estado de Yaracuy, a unos 280 kilómetros al oeste de Caracas. Casi inmediatamente después, un segundo terremoto, todavía más fuerte, golpeó la misma zona: magnitud 7,5, con epicentro cerca de Yumare. Antes, las primeras mediciones hablaron de 7,1 en las inmediaciones de Morón, en Carabobo. Las cifras se revisan, sí. Pero la destrucción no espera a que los organismos técnicos terminen de ajustar decimales.
Trump insulta a España y Rutte agacha la cabeza: la OTAN como patio trasero de la Casa Blanca
Donald Trump volvió a hacer lo que mejor sabe hacer cuando se sienta ante las cámaras: humillar, amenazar y llamar liderazgo a una mezcla bastante vulgar de matonismo y negocio militar. Esta vez fue en el Despacho Oval, el 24 de junio, con Mark Rutte al lado, secretario general de la OTAN, mirando como quien presencia un atropello diplomático y decide que lo prudente es no molestar al conductor.
El presidente de Estados Unidos cargó contra Italia, Reino Unido, Alemania, Francia y España. No con una discrepancia política. No con una crítica razonada. Con desprecio. “Me ha decepcionado Italia”, dijo. “Me ha decepcionado el Reino Unido. Nos ha decepcionado Alemania y Francia. Nos han decepcionado la mayoría de ellos. España es un auténtico desastre. España es terrible, no quieren pagar nada”. Así habla el supuesto líder del “mundo libre” cuando sus socios no aplauden lo bastante rápido una guerra ilegal.
El estanque podrido de Trump: 2.028 pies de ego, chapuza y poder
Donald Trump quería una imagen. Otra. Porque su política, muchas veces, funciona así: primero la imagen, luego el relato, después la amenaza y, si todo sale mal, la culpa siempre es de alguien más. El Reflecting Pool del Lincoln Memorial, ese espejo de agua que une simbólicamente el Monumento a Washington con la estatua de Abraham Lincoln, debía convertirse en una exhibición de mando, limpieza, grandeza nacional y pintura azul “American flag”. Una postal para vender gestión. Una piscina ideológica.
Pero el agua no obedeció.
El análisis publicado por The Guardian el 23 de junio describe una escena casi demasiado perfecta para ser real: el estanque, de 2.028 pies, convertido en una masa verde por una floración de algas, con olor desagradable, turistas haciendo fotos, equipos de televisión entrevistando a visitantes y la obra de 14,7 millones de dólares reducida a espectáculo de fracaso público. No es una anécdota menor. Es una maqueta del poder cuando se cree constructor y solo sabe posar junto a los escombros.
Trump había prometido limpiar, embellecer y reforzar el Reflecting Pool. Dijo que estaba deteriorado por la dejadez de presidentes anteriores. Muy suyo. La culpa siempre viene heredada, incluso cuando la chapuza lleva su firma fresca. Según el artículo, adjudicó el contrato sin concurso a una empresa que, de acuerdo con su propia explicación, ya había trabajado en piscinas de uno de sus clubs de golf. El Estado como extensión del resort privado. La democracia como mantenimiento de club.
La rehabilitación debía estar lista para el 250 aniversario de la independencia de Estados Unidos, el 4 de julio. Todo muy solemne, todo muy bandera, todo muy azul imperial. Pero en cuestión de semanas, el supuesto símbolo renovado acabó cubierto de algas. El viernes anterior al reportaje, se observó incluso una pieza de unos 4 pies del nuevo revestimiento azul oscuro flotando parcialmente en el agua. El decorado se despegaba. Literalmente.
Y aquí aparece la parte más trumpista de todas. Ante la humillación, el presidente no asumió el ridículo. Denunció sabotaje. Afirmó que vándalos habían causado un corte de 300 pies en el estanque, que lo habían contaminado ilegalmente con productos químicos y que habían marcado un “86 47” gigante en el césped cercano, una referencia usada como jerga para deshacerse de Trump. Según el propio relato, al menos 5 personas fueron arrestadas, entre ellas el ex piragüista olímpico David Hearn, que negó públicamente los cargos. Trump amenazó con 10 años de cárcel.
Diez años por tocar la pintura que se cae. Ahí está el país que vende libertad mientras convierte una chapuza estética en asunto policial. Cuando el poder no puede tapar su incompetencia, criminaliza a quien la señala.
EL ESTANQUE QUE REFLEJA DEMASIADO
El Reflecting Pool no es cualquier estanque. Es el lugar desde el que multitudes escucharon a Martin Luther King pronunciar “I have a dream”. Es un espacio cargado de memoria democrática, lucha civil, dignidad colectiva. Y ahora, bajo la mirada de Lincoln, aparece como un charco turbio de propaganda mal ejecutada, residuos flotantes y hojas atrapadas en una esquina. Un pato muerto llegó a hacerse viral en redes, según recoge el análisis. La imagen es brutal porque no necesita editorial. Se explica sola.
No es que el estanque sea el mayor problema de Estados Unidos. El propio texto lo sitúa junto a asuntos mucho más graves: la negociación para acabar la guerra en Irán, la inflación elevada y unas elecciones de medio mandato en el horizonte. Pero precisamente por eso funciona como símbolo. Porque el trumpismo no es solo la gran amenaza autoritaria en discursos inflamados. También es esto: una obra pública convertida en capricho personal, un contrato discutible, una estética patriótica pegada con prisa, una crisis inventada para ocultar la crisis real.
George Derek Musgrove, historiador y coautor de Chocolate City: A History of Race and Democracy in the Nation’s Capital, lo resume con dureza: Trump quiso usar el estanque para avergonzar a la administración Obama, desviar la atención de la guerra en Irán y abrazar su identidad de constructor. Pero al imponer una solución que no resolvía el problema de las algas y entregar un contrato sin concurso a una empresa cuestionada por su experiencia, el asunto empezó a oler a corrupción. No solo a agua estancada. A régimen.
La empresa responsable, Atlantic Industrial Coatings, defendió que las zonas necesitadas de reparación eran “una parte muy pequeña” del proyecto total de 7 acres, es decir, 2,83 hectáreas, y que no demostraban un fallo del revestimiento. Es la defensa habitual de la chapuza: no miren el desastre completo, miren solo el porcentaje. Pero la política no se mide únicamente en metros cuadrados dañados. Se mide en lo que revela. Y esto revela mucho.
Trump ha querido rehacer Washington a su imagen. Derribó el Ala Este de la Casa Blanca para abrir paso a un salón de baile, tomó el control del John F. Kennedy Center for the Performing Arts, aunque después su nombre fue retirado de la fachada, y presentó planes para un arco triunfal. Monumentos, mármol, salones, nombres dorados. La pulsión imperial de quien confunde gobernar con marcar territorio.
Sidney Blumenthal, biógrafo de Lincoln y antiguo asesor de Bill y Hillary Clinton, lo formuló de manera demoledora: Trump quería un monumento para sí mismo en Washington y por fin lo tiene. Es este estanque. Una metáfora perfecta de cleptocracia, fracaso, incompetencia y desastre ante el Lincoln Memorial.
Y quizá ahí esté la clave. El Reflecting Pool ya no refleja a Lincoln ni a la nación que quiso contarse a sí misma una historia de emancipación imperfecta. Refleja otra cosa. Refleja a un poder obsesionado con el brillo, incapaz de gestionar el barro, dispuesto a llamar vandalismo a su propia torpeza y justicia a la intimidación policial. Refleja el capitalismo de la apariencia: millones para barnizar una postal mientras el fondo se pudre.
Trump quería un espejo azul patriótico. Ha conseguido un charco verde que devuelve exactamente lo que es.
Lo que se viene en Colombia: ultraderecha, cárcel y petróleo
Colombia acaba de asomarse a una etapa peligrosísima. No a un giro moderado. No a una corrección de rumbo. A una entrada de la ultraderecha por la puerta grande, con estética de salvador nacional, discurso de guerra interna y programa económico hecho a medida de quienes siempre confunden patria con propiedad privada. Abelardo De La Espriella, abogado, empresario, millonario, cantante de vallenato, ciudadano de Colombia, Estados Unidos e Italia, se proclama vencedor tras la segunda vuelta del 21 de junio, según el preconteo. Tiene 47 años, cuatro hijos, barba de catálogo, relojes de lujo y un apodo construido para el mitin: “El Tigre”.
Conviene decirlo sin anestesia: esto no es derecha clásica, es ultraderecha latinoamericana con perfume caro y agenda de castigo social.
Trump amenaza, Irán se levanta de la mesa y la diplomacia vuelve a quedar secuestrada por el matón de siempre
Irán interrumpió este domingo 21 de junio las conversaciones con Estados Unidos en Suiza después de que Donald Trump volviera a hacer lo que mejor sabe hacer: convertir una negociación internacional en una demostración de chulería imperial. La delegación iraní abandonó el lugar de las reuniones en Bürgenstock, según informó la agencia oficial IRNA, después de reunirse con el intermediario qatarí. Las conversaciones se desarrollaban con mediación de Qatar y Pakistán. No hablamos de un malentendido protocolario. Hablamos de una potencia nuclear amenazando públicamente a otro Estado mientras sus representantes siguen sentados en una mesa que, supuestamente, debía servir para desescalar.
El mensaje de Trump en Truth Social fue una pieza clásica del manual mafioso de Washington: si Irán no detiene a sus “proxies pagados” y evita que “causen problemas”, Estados Unidos volverá a golpear “muy fuerte”, incluso “más fuerte” que la semana anterior. La frase no es diplomacia. Es amenaza. Es ruido de botas. Es la forma obscena en que el poder estadounidense pretende seguir dictando al mundo quién puede defenderse, quién debe arrodillarse y quién tiene derecho a existir sin pedir permiso.
El pacto entre EE.UU. e Irán redibuja Oriente Medio y deja a Israel mirando el desastre
El acuerdo entre Estados Unidos e Irán, firmado el 18 de junio por Donald Trump y Masoud Pezeshkian, ya tiene su etiqueta grandilocuente: el “gran pacto”, el “acuerdo del siglo”, la jugada histórica que supuestamente cerraría una etapa de guerra y abriría otra de negociación. La liturgia también fue cuidadosamente escogida. Trump lo formalizó en Versalles, al margen de la cumbre del G7, como si el decorado imperial pudiera maquillar lo evidente: las potencias no reconstruyen el orden internacional, lo reparten.
Es el primer pacto firmado por un presidente estadounidense y un presidente iraní desde la Revolución Islámica de 1979. No es un detalle menor. Tiene 14 puntos, prolonga el alto el fuego durante 60 días, incluye a Líbano y abre la puerta a negociar un arreglo permanente, incluido el programa nuclear iraní. Dicho así parece diplomacia. Pero la diplomacia, cuando llega después de miles de muertos, suele ser el nombre elegante del fracaso moral.
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Xbox despide a 3.200 personas: el riesgo era de los jefes, la factura es de la plantilla
Xbox acaba de confirmar la mayor reestructuración de su historia. El 6 de julio, Asha Sharma comunicó a la plantilla que la división reducirá aproximadamente 3.200 puestos durante el año fiscal 2027, con 1.600 despidos inmediatos y cuatro estudios saliendo de Xbox hacia nueva gestión. Microsoft, en paralelo, recorta unos 4.800 empleos en total, alrededor del 2% de su plantilla global. No es una anécdota. Es una purga empresarial envuelta en lenguaje de consultora.
La frase oficial es casi una confesión: “nuestro negocio hoy no es saludable”. La dirección reconoce márgenes entre 3 y 10 veces inferiores a los de negocios comparables, una base instalada menor, costes más altos y una apuesta por Game Pass, el modelo multiplataforma y una cartera más amplia de contenidos que “no creció al ritmo esperado”. Dicho sin barniz corporativo: los jefes imaginaron una máquina de crecimiento infinito, compraron estudios, multiplicaron equipos, alargaron inversiones y ahora explican que se equivocaron. Pero quienes salen por la puerta no son quienes vendieron la fantasía. Son trabajadoras y trabajadores que hicieron exactamente lo que les dijeron.
Sony quiere matar el disco: juegos digitales para ricos y propiedad de mentira
Sony ya ha puesto fecha al entierro del formato físico. En su propia web de PlayStation avisa de que, desde enero de 2028, los nuevos juegos lanzados para PlayStation se podrán comprar en PlayStation Store y en tiendas, pero solo en formato digital. Los discos de juegos publicados antes de esa fecha seguirán funcionando, sí. Ese matiz importa. Pero el camino está marcado: el futuro que Sony quiere vender no cabe en una estantería, cabe en una cuenta, en una contraseña, en un servidor y en unas condiciones de uso que casi nadie lee porque están escritas precisamente para que casi nadie las lea.
La compañía lo presenta como adaptación al consumo. Reuters informó el 1 de julio de que Sony dejará de producir discos físicos para los nuevos lanzamientos de PlayStation desde enero de 2028, en un giro que llega después de que cerca del 80% de sus ventas completas de juegos en el año fiscal 2025 fueran digitales. La cifra parece aplastante. Lo digital ya domina. Pero una cosa es que millones de personas compren digital porque es cómodo, porque hay rebajas puntuales o porque las empresas empujan el mercado hacia ahí; otra muy distinta es convertir esa tendencia en una jaula.
Organizaciones sociales señalan a Indra por engordar con el negocio de la guerra
La campaña Desarmando Indra llevó el 30 de junio a la Junta General de Accionistas una denuncia incómoda: la empresa crece mientras crecen el rearme, las fronteras militarizadas y el genocidio contra el pueblo palestino. INDRA, BENEFICIOS Y ARMAS: EL NEGOCIO QUE SIEMPRE ENCUENTRA PRESUPUESTO…
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Nuestro vídeo sobre el gesto de Hossam Hassan contra el racismo ya supera más de 1 millón de reproducciones en apenas unas horas en nuestras redes. Y no es casualidad. La escena resume, en pocos segundos, una de las grandes hipocresías del fútbol global: la FIFA puede inventar símbolos, campañas y protocolos contra el racismo, pero cuando alguien los usa para denunciar una situación incómoda, el sistema mira hacia otro lado.
Vídeo | Votar al lobo: cuando la clase trabajadora compra el discurso de quienes la quieren más débil
Es el gran éxito político de la derecha: lograr que parte de la clase trabajadora mire hacia abajo con rabia y hacia arriba con obediencia. Que se enfade más con quien cobra una ayuda que con quien especula con su vivienda. Que sospeche más de una baja médica que de los beneficios empresariales. Que crea que pedir derechos es ser vago, pero acumular millones es mérito.
Nuestro vídeo lo resume sin anestesia: votar al lobo tiene consecuencias. No para los de arriba, que siempre tienen salida. Las consecuencias las pagan quienes dependen de un salario, de una sanidad pública, de una pensión, de un convenio, de una baja, de una vivienda digna.
Porque la política no es una camiseta de fútbol. No se vota para quedar bien con el jefe, ni para parecer más “moderado”, ni para repetir lo que dice la tertulia de la mañana. Se vota sabiendo de qué lado cae cada medida cuando llega la factura.
Si trabajas para vivir, no votes a quienes gobiernan para que otros vivan de tu trabajo.
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